
A Mandingo
Hace rato que no sé de ti, de modo que entro al estudio a buscarte.
–Amore –te llamo–, cosa fai?
Estás frente a la computadora y te das vuelta en la silla giratoria. Me diriges una mirada de desprecio absoluto. No tengo tiempo de preguntarte qué te sucede porque veo que estás desnudo y que tienes una formidable erección. ¡Ah, qué delicia! La excitación me recorre la columna como si fuera un latigazo.
Nunca antes te había visto tan tieso, tan grande, tan grueso. Tan fugaz como un reflejo, mi coño se humedece. Me estremezco. No recuerdo haberme mojado jamás de esa manera. No cabe duda, es tu hombría allí expuesta, que me provoca.
Busco tus ojos con los míos, pero es en vano. Tienes la vista perdida en algún punto detrás de mí y tus provocativos ojos verdes son ahora dos tizones que te abrasan las pupilas. ¡No importa! No puedo apartar mi mirada de tu erección.
Me despojo del negligé que llevo puesto y me acerco a ti ardiendo de deseo. Estiras los brazos hacia mí, me agarras con fuerza y me atraes violentamente hacia tu cuerpo. Me paras frente a ti y me bajas la cabeza. Hincas tus dientes en mi cerviz. Con gusto entrego mi nuca a tu boca agresiva. ¡Muerde, muerde fuerte! Sométeme a dentelladas. Sabes muy bien que así me dominas. Aunque, date cuenta, no estoy oponiendo la menor resistencia. Puedes hacer conmigo lo que quieras. ¡Sigue!
Temblorosa, me quedo esperando a que lamas y beses la marca que dejaste, que me alivies el dolor. Pero no haces nada ni dices una sola palabra. ¿Dónde están las amadas ternezas que sueles susurrar a mi oído con tu mejor voz de seductor italiano? Sí, debo admitirlo, echo de menos esos dulces “bella”, “cucciolo”, “mia passione” que me vas regalando con cada beso, con cada lamida.
Definitivamente estás furioso. ¿Por qué? No sé y, a ser sincera, no me interesa en lo más mínimo.
Imperioso, casi brutal, tiras de mi brazo y me arrodillas ante ti. Es justo lo que quiero. Desde que te vi, ansío tomar tu falo entre mis manos y llevármelo a la boca. Y eso estoy haciendo en este momento. Maliciosa, busco tu mirada y de nuevo me la escondes. Bien, ¿quieres jugar al duro? Por mí no hay problema. Pero, te advierto, podrías llevarte una sorpresa…
Para desesperarte, no te toco. Me regalo varios segundos sólo para observar tu sexo, mientras me mojo los labios y aspiro profundo para oler las gotas de ese líquido traslúcido que asoma. Conociéndote sé que quieres que me trague toda tu hombría de una sola vez y te chupe con fuerza. Saco la lengua y la paso, despacio y suave, por el glande enrojecido. ¡Ah! Qué bueno. Otra vez más logré estremecerte.
Lamo con calculada lentitud entre el glande y el asta, jugueteo con tus testículos. Siento su peso en mis manos. Sí, están llenos, están listos. Quiero exprimirlos, vaciarlos. Quiero tu semen. Estoy lista para ir por él.
Sólo entonces abro la boca por completo y te engullo. Succiono. Mi boca se ha sublevado, ávida y exigente. Mis dedos buscan ese punto que te hace suspirar y estremecerte.
Sé de los ramalazos de placer que te fustigan el cuerpo, soy su artífice. Vamos, hombre, regálame tus jadeos. Deja escapar ese gemido que tienes ahogado en la garganta. Tiembla bajo el azote de mi lengua. Goza con mis dedos.
¿Qué ocurre? ¿Prefrieres seguir haciendo el duro?
Tiras de mis cabellos y empujas esa hombría dentro de mi boca. No te la haré fácil, bribón. Ahí va. Presiono de nuevo el perineo. Acometes otra vez, empecinado.
¿Y si me aventuro un poco más allá?
Lo intento…
Estás furioso, ¿eh? Te incorporas y me pones de pie. Me tomas por los codos y me das la vuelta, de espaldas a ti. Esas tenazas que tienes por manos me agarran, no puedo liberarme. Pegado por detrás a mi cuerpo, me obligas a dar varios pasos contigo. Siento cada uno de tus relieves y tus honduras. Tu altura te permite mantener la cabeza apoyada en la mía y siento tu aliento caliente en mis cabellos. La cerviz aún me escuece, parte dolor, parte placer. Tu verga sigue clavada en mis riñones. ¿Quieres que la sienta allí, eh? ¿Que enloquezca con la espera? ¿Que sepa lo que me tienes reservado?
Me afirmas contra la pared, me inmovilizas con uno de tus brazos en la espalda. Una de tus piernas separa las mías y por puro instinto las flexiono. Ha llegado el momento, ya siento tus dos dedos en mi coño húmedo. Los mojas, y sabes muy bien para qué. Vas a lubricarme para penetrarme, pero no por allí. Me mojas, me abres, me preparas como el animal del sacrificio.
Cuando crees que es suficiente, con esa misma mano ungida con mi humedad, me tapas la boca y sin más, me enculas.
Embistes con fuerza. Lo sé, si me duele, no te importa. Puedo sentir tus bolas chocar contra mis nalgas. Tú sabes por qué me tapaste la boca, bien que lo sabes. Quiero gritar y lo adivinas. Retiras la mano y siento la boca pringosa. Retiras apenas tu falo al mismo tiempo, y me arrancas un quejido.
–Ti fa male? –me preguntas.
Hasta el momento, no habías dicho una sola palabra. No llego a contestar. Apenas si amago un gesto con la cabeza, y otra vez esas tus manos me sujetan las caderas y me abren las nalgas. Acometes de nuevo y esta vez, con más fuerza.
Ahora sí, no puedo reprimir el grito.
¿Tu respuesta? Me tiras del cabello, mi cabeza hacia atrás, sometida, indefensa.
Con tu boca en mi oreja, me gruñes una orden:
–Stai zitta! –ruges.
Cada palabra, una amenaza. Pero no te voy a dar el gusto. No quiero complacerte y de silencio, nada. Si se me antoja gritar, grito. Del fondo del dolor brota un orgasmo. Me atraviesa el cuerpo. No es un orgasmo, es un rayo. Es el rugir de un trueno, es el fulgor de un relámpago traspasándome el cuerpo.
–¡Ah, Dios! –grito.
Pero esta vez no quieres que me calle. Reconoces cada ramalazo de placer, los estabas esperando. Presiento que estás por llegar también, y me agito. Sé cómo se te esponja aún más la verga cuando estalla. Tu respiración, más agitada, me lo anuncia.
No te privas de nada, primitivo. Me magreas los senos, me los aprietas, hundes tus dedos en la carne blanca y clavas tus uñas. Y entonces, en tu embestida final, arremetes con una fuerza para mí desconocida.
Acabas. Me anegas.
Esta vez mi grito no es grito, es alarido. Penetras más, vas a fondo, no puedo más, me estás partiendo. Siento que me deshago, me derrito, mi cuerpo tiembla, las piernas se me ablandan, sacudo la cabeza. Es demasiado.
No puedo más. No te detengas.
Antes de salirte del canal, tu boca en mi oreja y tu voz de acero que me dice:
–Non farlo mai piú, puttana! –y me sueltas.
Te llegas hasta el baño, abres la llave de la ducha y empiezas a silbar el "Nessum dorma". En el cuarto, me dejo caer al suelo. De todas las óperas, ¿por qué tienes que escoger precisamente esa? Sabes que adoro "Turandot", y ese final.
Sentarme es un esfuerzo, pero me siento. Recojo las rodillas, apoyo la cabeza a la pared y cierro los ojos. Sigues silbando. Quiero recordar qué hice en los últimos días. Me pregunto cuál actitud te despertó la ira. ¡Ah! Si tan sólo supiera qué te provocó esa furia. Pero por más que busco y rebusco, no encuentro.
De pronto, sólo escucho la cascada de la ducha, dejas de silbar. Casi no tengo fuerzas para levantarme, pero las consigo. Entonces llega tu voz. ¡No te bastó con silbar, ahora también cantas! Para ponerme en pie, me apoyo en la pared, temo caerme. Cuando escucho el prolongado "All'alba vinceró!”, te adivino satisfecho, forzando la garganta para el repetido final: "Vinceró! Vinceró!”
En ese instante, estiro los brazos, doy un respingo y una sonrisa me cabriolea en los labios.
Para que me escuches, por sobre el ruido del agua de la ducha te grito:
–¡Si tan solo supiera qué fue lo que hice, con gusto lo haría de nuevo!
Durante un instante, silencio. Después, la ducha también enmudece. Y mi coño que vuelve a humedecerse.
¿Quieres más? –me digo–. Aquí te espero…
4 comentarios:
Esto me encanta del relato, despues de tanto follar, con dolor, con brutalidad, el coño no tiene suficiente, se humedece, abre sus labios, invita a visitarlo, nunca tiene bastante, es un real sueño!!!
un beso ardiente
Si siempre es un placer leerte hoy lei tu blog acompañanada y no sabes como nos gusto hacerlo (leerte, claro)... Jajaja.
Un beso.
Intensivo,
Fuerte....
estimulante,
grosero...
divino imaginarte asi rendida , dispuesta a más , abierta e humeda...
Por muchos motivos, este es uno de mis relatos favoritos y está dedicado a un hombre que merece por completo ese apodo que aparece en el epígrafe. En el momento de su publicación en el blog de Colección Voyeur suscitó muchos comentarios y hubo quien me preguntó si yo era un hombre escondido tras el nombre de una mujer, criticando mi modo "grosero y vulgar" de escribir (esas son sus palabras, por supuesto). Me alegra ver que también generó el interés de quienes me visitan por acá.
Besos
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