miércoles, 30 de mayo de 2007

Hallazgos



Porque siempre se consigue,
incluso donde menos se espera...

Hace algunos días tuve que hacer un trabajo de investigación con una de mis compañeras del postgrado. Se llama Alicia y me atrae con una fuerza que sencillamente no logro entender. Esos pícaros ojos oscuros y brillantes que tiene, revelan un carácter travieso, bien dispuesto a la aventura. El lustre de sus piernas, largas y morenas, me quita el aliento cada vez que se pone una de esas minifaldas realmente diminutas y se mueve con ademanes provocadores, muy consciente del interés que suscita a su alrededor. La forma en que bate su formidable melena negra me turba de una manera que no soy capaz de explicar.

Pero no es sólo su hermosura, me fascinan su inteligencia y un buen humor inalterable. Me basta con escuchar su risa franca, espontánea y fuerte para sentir un sabroso cosquilleo en el cuerpo. La he observado –sí que la he observado–, y ese mohín de dificultad que hace al escuchar ciertos planteamientos de los profesores pudiera parecer fingido, aunque por lo general va acompañado de una acotación tan acertada que nos pone a todos a pensar un largo rato. Traté de acercarme a ella en varias oportunidades, pero una y otra vez evitó mis avances. Así que desistí de mis intenciones, aunque sin sustraerme a la fascinación que me causa.
Por eso me sorprendió el martes pasado, cuando al terminar la clase caminó decidida y coqueta hacia mí y tras saludarme me propuso, viéndome directamente a los ojos:

–Quiero hacer este trabajo contigo.

Debo haber puesto una cara de absoluto desconcierto, porque se rió, acarició con suma ternura una de mis mejillas y me dijo:

–¡Y cierra esa deliciosa boca que tienes! –No me quedó más que preguntarle dónde y cuándo nos encontraríamos. Al parecer tenía todo calculado, porque simplemente respondió: –Esta noche, al salir de aquí, nos vamos a tu apartamento.

Me da rabia que otras personas dispongan de mi tiempo sin consultarme. Alicia lo estaba haciendo descaradamente, y no reaccionaba, porque estaba segura de que el sacrificio bien lo valía.

En el carro, camino a casa, noté que Alicia se mostraba conmigo más atenta que de costumbre. Incluso podría decir que me estaba coqueteando, sino fuera por mis frustrados intentos anteriores. A pesar de ello, no conseguía otra explicación a las largas miradas que me echaba, mientras cruzaba las piernas y se acomodaba en el asiento de modo que yo pudiera admirarla. ¿Acaso se estaba burlando de mí? Aceleré bruscamente y oí su risa socarrona antes del comentario mordaz:

–Veo que tienes apuro por llegar.

Esta vez sí encontré algo que contestarle:

–En lo absoluto. Del apuro sólo queda el cansancio.

Dejamos el carro en el estacionamiento y entramos al ascensor. Una vez dentro se acercó a mí más de lo necesario, explicando que sentía cierto temor porque se había quedado encerrada una vez. Volví a preguntarme si se estaría burlando de mí o esa su manera de coquetear. No se parecía para nada a la persona segura de sí misma que todos conocíamos en la universidad.

–No te preocupes –le dije–. A todos nos ha sucedido alguna vez.

Abrió más esos ojazos negros y me preguntó, incrédula:

–¿A ti también?

Por única respuesta di un profundo respingo y me dije que tendría que resignarme a pasar una velada muy aburrida...

Llegamos a mi apartamento y la invité a ponerse cómoda. Inmediatamente se despojó de sus sandalias y se quitó la chaqueta. Ante mi vista quedó la magnífica silueta de sus pechos, pugnando por salirse de la blusa y el sostén; así como la deliciosa curva de sus nalgas, acentuadas por el pantalón apretado. No pude evitar la turbación que se apoderó de mí. ¡Cielos, realmente me gustaba! Podía sentir cómo la excitación crecía dentro de mí, sabiéndola tan cerca y a la vez tan lejos. Alicia se dio cuenta inmediatamente de ello y me vio, mordiéndose los labios. Para romper lo embarazoso del momento giró, vio alrededor y comentó:

–¡Qué buen gusto tienes! –desconcertándome una vez más.

Le di las gracias por mera cortesía y entré a la cocina a preparar algo de cenar, odiándome por haberme puesto en evidencia. Ella debió sentir mi enojo, porque vino hasta la cocina y me repitió lo que yo le había dicho en el ascensor:"No te preocupes. A todos nos ha sucedido alguna vez". Hasta allí llegó mi paciencia.
Me di la vuelta, con ánimos de ponerla en su lugar y acabar con aquella tontería de una buena vez.

–Oye, Alicia... –empecé a decir. Sin embargo, ella parecía aun más decidida a no dejar de sorprenderme. Posó sus dedos sobre mis labios, haciéndome callar, se apretujó contra mí y me besó en plena boca.

Yo no podía creer lo que estaba sucediendo. ¿De veras era esa la lengua de Alicia adentrándose cada vez más y más en mi boca deseosa de sus besos? ¿Aquella masa oscura donde se perdían mis manos era su cabellera? ¿El cuerpo caliente y excitado de Alicia se apretaba al mío, desfallecido ante la exigencia de sus caricias? ¿Estaba ella desabotonando mi blusa y buscando mis pechos?

–Ana, me gustas mucho –me susurró en el oído.

¡No había duda! Realmente lo que tanto anhelaba estaba sucediendo; no ante mis ojos, sino en mi propia carne.

–Y tú a mí, Alicia –le respondí, con mi voz a punto de quebrarse.

Esa sola frase pareció romper el dique de nuestra pasión. Alicia terminó de quitarme la blusa y empezó a besarme el seno, mientras sus manos hábiles desabrochaban mi sostén. Quise hacer lo mismo, pero me pidió que esperara. Menos mal que lo hice. ¡Nunca antes alguien me había dado tanto placer!
Sin dejar de verme a los ojos, tomó mis pezones entre sus dedos y los apretó, retorciéndolos en algunos momentos con delicadeza y otros con mucha fuerza, hasta hacerme gemir. Inclinó la cabeza y empezó a succionar ávidamente un pecho, en tanto acariciaba el otro con una mano. Dejaba de chupar y lamía, mordisqueaba, tiraba de mi pezón con sus dientes.

Apenas recostada contra el alto mesón que separaba la cocina de la sala, las piernas me temblaban y sentía como mi sexo se iba humedeciendo con cada una de sus caricias. Casi me desmayo cuando Alicia buscó el cierre de mi falda, lo abrió y dejó caer la prenda de vestir hasta el piso. Hasta ahora pensaba que el asunto no pasaría de allí, pero al sentir el fuerte tirón con que me quitó el hilo dental supe que ninguna de las dos pararíamos hasta ver satisfecho el deseo que habíamos acumulado durante tanto tiempo.

Entre besos y caricias, Alicia me pidió que me sentara sobre el mesón y abriera las piernas. Así lo hice, mostrándole mi vagina totalmente depilada. Acercó su boca a mi oreja, recorrió el pabellón con su lengua mojada, me mordió el lóbulo y susurró:

–¡Ah, qué divinidad! –su voz había enronquecido y rezumaba lujuria.

Poco a poco fue descendiendo por mi cuello, mi pecho, mi abdomen... Lamiendo aquí, besando allá, tocando con delicadeza, aferrando con fuerza, chupando donde quería, mordisqueando lo que le apetecía. Me recostó con una suave presión de sus manos y subió mis piernas a sus hombros con un movimiento decidido. Posó ambas manos sobre mi monte de Venus, abrió los labios mayores y se relamió.

–¡Uhm! Estás bien mojada. Justo como te quería –dijo, con un suspiro de complacencia.

Empezó a lamerme. Su lengua ávida me recorría milímetro a milímetro: los labios, las comisuras, los pliegues. Los lengüetazos me enloquecían, haciéndome gemir y retorcerme de placer. Ella continuaba voraz, cada vez más exigente. Ahora chupaba mi clítoris, alternando las succiones fuertes y rápidas con otras más lentas y más suaves, más suaves y rápidas, más lentas y fuertes. Luego le daba lengüetazos veloces, uno tras otro, sin pausa. Yo empujaba mis caderas hacia su boca, pidiéndole más, ofreciéndome toda. Sentía la proximidad de mi orgasmo.

–Alicia, estoy por venirme –gemí. Ella aumentó el ritmo y acabé en su boca, gritándole: –¡Bébeme! ¡Bébeme toda!

Bebió hasta saciarse. En la quietud de la noche sólo se escuchaban los sonidos que hacía al lamer y chupar, acompañados de mis gemidos de placer. Después me ayudó a incorporarme y bajarme del mesón. Quedamos frente a frente. Observándonos atentamente, como si ninguna de las dos supiera qué decir o qué hacer a continuación.

–Ana, yo... yo... –intentaba explicarse, avergonzada.

Ahora fui yo quien atrapó sus palabras entre mis dedos. Temblando de deseo me acerqué a ella, la abracé y le murmuré al oído:

–Eres tú quien tiene una boca deliciosa –la besé con toda mi pasión en los labios y sólo dejé de hacerlo para agregar: –Veamos qué tal es el resto.
La tomé por la cintura y así, abrazadas, caminamos hasta mi habitación...

lunes, 28 de mayo de 2007

De virtual a real en un clic



A ti, que me gustas y me regustas,
y a nuestras maravillosas webcams

Apenas llego del gimnasio enciendo la computadora y me conecto al Messenger. Allí estás. Un fino hilo de deseo me recorre la columna vertebral. Se abre una ventana de conversación con una invitación tuya para que acepte la conexión a tu webcam. ¡Cómo no! Gustosa hago clic en "Aceptar". Yo también enciendo mi cámara y te convido a un festín para nuestros ojos. No te haces de rogar, tienes días esperándolo. Inmediatamente me recibes con un expresivo ¡muack! que siento en todo mi cuerpo. Me relamo los labios y te envío un beso. "¿Estás sudada?", me preguntas. Te respondo “Sí”.

Claro que estoy sudada después de dos horas de ejercicio. Ni siquiera me bañé, tantas eran las ganas de estar contigo. Aún siento algunas gotas de sudor corriéndome por el pecho, el cuello y la espalda. Hace un calor insoportable. Me levanto de la silla, enciendo el aire acondicionado, me suelto el cabello y muevo la cabeza de un lado al otro, muy lentamente, para aliviar la tensión. Me sobo el cuello. Me estiro como una gata. Comienzo a desvestirme muy despacio, disfrutando y haciéndote disfrutar cada instante.

Vuelvo a sentarme y subo un pie al borde de la silla. Desato las trenzas de mis zapatos deportivos. Me quito el zapato y la media del pie izquierdo, estiro la pierna y flexiono los dedos. ¡Ah, qué sabroso se siente! Te sonrío, sé que estás atento a cada uno de mis movimientos. Repito la operación con el zapato, la media, la pierna y los dedos del pie derecho. Te vuelvo a sonreír, cómplice, y te envío un beso. Te acaricias la barba y enciendes un cigarrillo. Te echas hacia atrás y me devuelves la sonrisa. Es tan espléndida que no necesitas decirme nada más.

Poco a poco me subo la camiseta sin mangas de cotton licra. Es muy ajustada y tan descotada que deja buena parte de mis pechos al descubierto. Su color rojo encendido no hace más que resaltar el ardor que me bulle en la piel. Me levanto de la silla y empiezo a bajarme el mono gris, bien ajustado, de cadera baja. Me lo quito. Le das otra chupada al cigarrillo. Te vuelves a acariciar la barba. Cuando haces eso siento el roce de tus vellos por todo mi cuerpo y mi sexo se humedece. Ahora sólo llevo la combinación de panty y brassiere deportivo. No son nada sexy, pero como son blancos y están sudados se transparentan por completo.

Tus ojos penetrantes se clavan en la raja de mi sexo. Le das una chupada más al cigarrillo y lo apagas en el cenicero. Te levantas de la silla, te paras frente a la webcam y te quitas el boxer que llevas puesto. Tu miembro deliciosamente erecto aparece en la pantalla de mi computador. Me relamo los labios y no puedo evitar morderlos. Te deseo. El provocador gesto de tu boca me hace ver que también me deseas. Otro mensaje entra a la ventana de conversación: "¿Nos masturbamos juntos?". Mi respuesta se limita a despojarme del brassiere y la panty y quedarme totalmente desnuda.

Tomas tu miembro en la mano derecha y yo abro mis labios vaginales. Mueves tu mano rítmicamente, arriba abajo, arriba abajo; mientras me acaricio el clítoris. Introduzco dos dedos en mi sexo y los muevo, adentro afuera, adentro afuera; veo como aumentas la velocidad de tus movimientos, arriba, abajo, arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo. Movidos por el mismo impulso, ambos abrimos la boca y nos acercamos al monitor, deseosos de chupar, lamer, morder al otro.

De pronto tengo tu miembro en mi boca y siento tu boca en mi sexo. Estoy acostada sobre tu escritorio y tú estás sobre mí. Te chupo, te lamo, te muerdo. Me chupas, me lames, me muerdes. Siento como tu aliento roza mi entrepierna. Juego con tus bolas. Tu barba raspa mi piel. Besas mi clítoris. Lo mordisqueas suavemente, mientras metes dos dedos en mi interior y los mueves, adentro afuera, adentro afuera. Me vengo en un orgasmo delicioso, que me estremece el cuerpo en un temblor interminable. Pronuncio tu nombre. Me bebes toda.

Te das la vuelta, te inclinas sobre mí y metes tu miembro en mi boca. Nuestros ojos se encuentran y se sonríen, reconociéndose cómplices. Chupo, chupo, chupo cada con más fuerza. Por la manera como presionas, sé que estás por venirte. Chupo, chupo, chupo, chupo, chupo más fuerte, más rápido. Sales y te vienes en mi cara. El placer recorre una vez más mi cuerpo al percibir tu olor y tu sabor. No quiero cerrar los ojos.

Cuando vuelvo a abrirlos, estoy sentada ante mi computadora. Veo tu imagen en la ventana de conversación. Tus labios y tu barba relucen por la humedad. Te escribo un mensaje, preguntándote "¿Por qué tienes la boca mojada?". Al leerlo, te sonríes y me respondes: "Por la misma razón que tú, cariño". Me toco la cara y se me escapa una sonora carcajada.

sábado, 26 de mayo de 2007

En mi red



A Aracne, Penélope
y todas las otras arañas

“Hola, mi amor. Hoy quisiera verte. Haces el amor rico y deseo repetir lo de la última vez”. Su primer mensaje aparece en la pantalla del teléfono celular, tras sus vanos intentos por comunicarse el día anterior. Anoche cada vez que el aparato sonaba, yo cortaba la llamada sabiendo que él estaba deseoso de tener relaciones conmigo y que al no poder encontrarme poco a poco se iría desesperando. Tengo muy bien calculado lo que voy a contestarle, así que procedo a escribir: “¡Hola! Esta noche para mí es noche de chicas, lo siento”.

A veces debo esperar hasta una semana para que responda mis mensajes, pero ahora en menos de cinco minutos el tono me avisa la llegada de su réplica: “Invítame, por favor. Te he dicho varias veces que quiero que hagamos un trío. Invítame”. Adivino su excitación y sonrío muy satisfecha de mí misma. En realidad la idea del trío con otra mujer había sido mía y el sólo pensarlo a él lo traía de cabeza. Cada vez que hablábamos me preguntaba “¿Y para cuándo es?”. Yo le decía que tuviera paciencia, que muy pronto lo haríamos. Una vez incluso llegó a decirme que yo era pura bulla y que no cumplía lo que prometía. Le dije que para su información ya había conseguido no una sino dos chicas y que me acostaba con ellas con bastante frecuencia.

Relamiéndome de gusto le contesto: “La amiga con quien me veré esta noche es lesbiana, no quiere hombres presentes”, lo cual es completamente cierto. María Angélica y yo nos habíamos conocido hace unos meses atrás. Ella era la masajista de una amiga, quien no se sentía muy a gusto con ella por su inclinación sexual. ¡En cambio a mí, siempre deseosa de tener nuevas experiencias, me pareció perfecto! Así que inmediatamente la conquisté y ahora nos vemos por lo menos una vez a la semana. Pienso en el ingenuo mensaje de él “Quisiera verlas a las dos haciéndose muchos cariñitos” y me hace gracia. Nuestros encuentros no son nada cariñosos.

María Angélica dista mucho de ser como su nombre podría indicar. Es una verdadera diabla para el sexo. Sus labios me hacen enloquecer. Tras desvestirnos, me acuesta casi al borde de su camilla de masajes, me abre las piernas y apoya los pies en el respaldo de su silla. Se sienta cómodamente e inicia su deliciosa labor de cunnilingus. Separa con sumo cuidado los labios mayores con los dedos y luego hace lo mismo con los labios menores. Sigue con unos lengüetazos rápidos y delicados sobre el clítoris, semejantes al vuelo juguetón de una mariposa en torno a una flor.

Toma mi clítoris con sus dientes y tira de él muy suavemente, causándome exquisitos espasmos de placer. Prosigue lamiendo con la avidez de un cachorro sediento a lo largo de mi raja. Poco a poco se va abriendo paso y su lengua penetra en el interior de mi vulva, ya totalmente mojado y caliente. Me hace llegar sólo con su lengua, en tanto me sostiene por las caderas. Bebe hasta la última gota y me dice: “¡Qué rico tu sabor a miel!”. Se levanta de la silla y va metiendo muy lentamente uno, dos, tres, cuatro, los cinco dedos de su potente mano derecha dentro de mi vagina, mientras con la izquierda agarra mis pechos.

Empuja, empuja decidida. Aferra, aferra con fuerza. Penetra, penetra hasta el fondo. Acabo de nuevo entre gritos y un estertor que me estremece de pies a cabeza. Vuelve a chuparme y esta vez acerca su boca a mis labios para besarme. Me incorporo y busco sus magníficas tetas. Beso una mientras acaricio la otra, beso la otra mientras acaricio la primera. Me encantan sus pechos grandes y pesados, rematados en pezones duros como rocas. Los lamo gustosamente, chupándolos aquí y allá. Muerdo sus pezones, tirando de ellos hasta que María Angélica grita de dolor. Sólo entonces mis dedos van en pos de su vulva y la encuentro bañada.

Me levanto de la camilla de masajes sin retirar mi mano de la caverna volcánica donde la metí. Te beso en la boca mientras introduzco un dedo más, arrancándote un gemido que da gusto oír. Te doy la vuelta y te pongo de espaldas a mí. No necesito pedirte que apoyes el torso sobre la camilla y me ofrezcas tu trasero. El soberbio espectáculo de tus manos abriéndote las nalgas y ofrendándome la rosa de tu ano me excita aún más. Me inclino y empiezo a lamer tu orificio palpitante. En tanto tú preparas el vibrador con el cual quieres que te encule. Meto mi lengua más adentro y me complace escuchar tus chillidos de placer.

Me pasas el vibrador y de un solo golpe te lo meto por completo. Lo enciendo, aprovechando para meterlo y sacarlo varias veces. Te estremeces y mueves las caderas diciendo “¡Cómo me gusta! Así, así”. Pides más y más te doy. Acerco la silla y te sientas en ella, dispuesta a cabalgar el vibrador. Me reclino sobre la camilla, dándote la espalda. Siento primero tu lengua y luego tus dedos de la misma forma que me los metiste en la vagina: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Sólo que ahora lo haces con más decisión, con más fuerza. Me empalas ferozmente, haciéndome conocer lo que es el fuego y el hielo, la inmensidad del cielo y los profundos abismos de la tierra, el placer y el dolor mezclados en gozo puro.

Subiéndote a la camilla, me invitas a beber los jugos que salen de tu vulva y seguir enculándote con el vibrador. Tu mano permanece en mi culo, mientras chupas vorazmente lo que has bautizado como tu panal. Ambas succionamos y empujamos resueltas, exigentes, conscientes de poseernos en la misma medida. Cada orgasmo es más fuerte que el otro, hasta que exhaustas nos dejamos caer al piso. Allí nos abrazamos, entrelazando nuestras piernas y besándonos con el resto de la pasión que aún nos queda. Me acomodo entre tus pechos y tú con una ternura desusada me acaricias el cabello.

En tanto recuerdo suena el teléfono, es él de nuevo. Contesto y oigo su voz: “Tus mensajes me gustaron mucho, mi amor”. Eso lo sé, quiero que me digas algo nuevo. Por lo que te respondo de mil amores: “¿Si? Me alegra que te gustaran. A mí me gustó enviártelos”. No te pregunto nada, dejaré que seas tú quien me cuente todo; así sabré hasta qué punto te tengo en mi red. Mi gratificación no tarda en llegar: “Y me porté mal, muy mal”, me dice. “¿Cómo mal, amor? ¿Por qué dices que te portaste mal?”, sabiendo exactamente a qué se refiere.

Vislumbrando que tenías una erección, te había enviando un mensaje ordenándote que te tocaras donde, como y con quien estuvieras, pensando en nosotras mientras lo hacías. “Bueno, que hice lo que me pediste”, me contestas modosito. Regocijada por conocerte a la perfección, no hablo sino que ronroneo: “¡Ah, entonces te portaste bien! Te mereces un premio…”. Tu respiración se agita. Perversa como soy, corto la comunicación. Ahora estoy segura de que la próxima vez que nos veamos tendré un esclavo totalmente rendido a mis pies y harás lo que te pida a cambio de participar en una de mis “sesiones de masaje” con Maria Angélica. Ten cuidado con lo que desees, podría hacerse realidad.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Amor en tres tiempos



A ti, que haces música exquisita en mí.
A mí, que vibro cuando me tocas.
A una orquídea en tu mano.
A una flauta en mi boca.
A nuestra entrega.

Porque nadie, jamás, nos quitará lo bailado.
Porque siempre, ambos, viviremos lo disfrutado.

Recordando "Quiero perderme en tu cuerpo"...

Dolcissimo

Me besas muy lenta, suave y dulcemente con esos labios exquisitos que tienes. Bañas mis cabellos con cascadas interminables de besos diminutos. Dibujas nuevas espirales en mis orejas. Adornas mis mejillas con los colores del atardecer. Pruebas el aguamiel de mi boca. Me regalas el néctar de tu saliva. Tu lengua golosa se aventura más y más adentro. Mi boca extasiada se deja explorar. Besas mis dientes, mis encías, las comisuras de mis labios. Me cierras los ojos y siento tu roce ligero en mis párpados.

Comienzas a bajar por mi cuello. Mis suspiros marcan tu lento descenso. Me quitas la blusa y acaricias la piel que va quedando al descubierto. Tus besos son el ábaco con que cuentas las pecas de mi pecho. Me siento desfallecer cuando lames mis axilas y entierras allí tu nariz para olerme con deleite. Mis brazos parecen ser más largos ahora que tus labios los recorren. Dedicas una eternidad a acariciar la parte interna de mis muñecas, allí donde el pulso me late y el deseo parece concentrarse. Depositas un beso en la punta de cada uno de mis dedos. Borras mis huellas lamiendo y chupando. Con tu lengua escribes un nuevo futuro en las palmas de mis manos.

Poco a poco bajas mi falda. Me tomas de la cintura y me recuestas en la cama. Tus labios cada vez más exigentes van marcando su territorio por todo mi abdomen, conquistándome, haciéndome tuya a besos, lengüetazos, chupadas, lamidas, mordiscos. Tu lengua se pierde en mi ombligo. A cada caricia sacas un gemido de mi garganta. Lames mis caderas con denuedo y yo me las dejo lamer totalmente entregada a ti. Desciendes hasta mi sexo y por encima de la pantaleta estampas un beso que me hace abrir las piernas.

Tu lengua mojada y enhiesta recorre mis muslos, mientras con tus dedos abres surcos de placer en mi carne. Aprietas mis rodillas con fuerza y con delicadeza las sueltas. Lames deliciosamente mis pantorrillas. El placer me hace suspirar, gemir, jadear. Me quitas las sandalias con sumo cuidado, sobas mis pies, chupas cada uno de mis dedos. Vuelves a hacer sus arcos, besándolos muy lentamente. Acaricias mis empeines como si fueran el objeto más delicado que conoces. Me muerdes los talones.

Allegro e vivace

Me das la vuelta y comienzas a subir por la parte trasera de mis pantorrillas con boca, lengua, dedos, manos. Inundas las concavidades de mis corvas con tu saliva. Sobas mis muslos. Me despojas de la prenda. Besas, chupas, lames, muerdes mis nalgas. Me aferras por las caderas y el deseo me hace estremecer. Siento tu lengua recorrer mi columna vertebral muy lentamente, de abajo hacia arriba. Mientras lo haces, me quitas el sostén. Acaricias mi espalda con tu barbilla. El roce de tus vellos me enloquece. Quiero voltearme, pero me pides que tenga paciencia, que te deje hacer, que me rinda a ti.

Con tus manos dibujas nuevamente cada milímetro de mi espalda, de arriba hacia abajo. Tengo la piel erizada. Mil lenguas de fuego la queman. Vuelves a acariciarme la columna, una y otra vez, con tu miembro duro y erecto, hasta que los dejas apoyado en mi nuca. Te inclinas lo suficiente como para decirme al oído, con voz ronca y amorosa, que quieres que la sienta allí: en la médula, en la sangre, en lo más profundo de mí. El olor del líquido seminal me trastorna. Estallo en un orgasmo avasallador que me inunda el sexo de jugos, la garganta de gritos y el cuerpo de un sinfín de vibraciones.

Ahora sí me permites voltearme. En el estrecho espacio que me dejan tus piernas a cada lado de mi cuerpo me giro. Tu miembro me queda justo en la boca, busco tus ojos, te tomo por las caderas y sin más lo engullo. Chupo el glande en una especie de beso suave y tierno, apenas un leve roce con mis labios. Tu respiración se agita. Con la lengua recorro ese exquisito espacio que separa la cabeza del resto del pene. Siento como te estremeces y me excito aún más. Lamo todo tu miembro de arriba abajo y de abajo arriba. Suspiras.

Sin apartar mi mirada de la tuya y apenas dejando salir tu miembro de mi boca, me voy incorporando hasta tenderte sobre la cama y quedar encima de ti. Continúo chupando, lamiendo, besando, mordiendo. Tú sigues suspirando, gimiendo, estremeciéndote, gozando. Acaricio tus testículos. Están pesados, llenos de semen. Imagino el momento en que te vacíes en mí y tiemblo de placer. Chupo con más fuerza. Lamo. Beso. Muerdo. Te acaricio el perineo con mis dedos.

Me subo a ti. Besos tus labios mientras bajo con cuidado hacia tu miembro enhiesto. Te cabalgo muy lentamente. Describiendo círculos pequeños. Sintiendo tu miembro en cada parte de mi interior ardiente y palpitante. Haciendo que mi clítoris roce con tu cuerpo. Meto mis dedos entre tus cabellos y acerco tu cabeza hacia mí. Con mi mano abierta sujeto tu nuca. Te murmuro al oído cuán voraz es mi deseo por ti, lo inmenso del amor que siento, la fogosidad de la pasión que me embarga. Me convierto en un trémolo que se sucede al compás de un orgasmo sin fin.
Tomas mis pechos entre tus manos. Los acaricias, los aprietas. Te incorporas y besas mis pezones. Me tomas por las caderas para ayudarme a subir y bajar. Ahora hago círculos cada vez más grandes. Subo y bajo con mayor velocidad. Aumenta la fuerza. Toco fondo. Colocas un brazo a lo largo de mi columna, aferrándote a mi cerviz. Apoyas tu cabeza en mi seno y esperas el siguiente estallido de mi cuerpo. Retumbo con fuerza mientras grito tu nombre.

Maestoso finale

Deshaciéndote del abrazo que nos unía te levantas de la cama y me extiendes tus brazos en muda invitación a acompañarte. Caminamos tomados de la mano hasta la ducha. Giras los grifos hasta encontrar la combinación de agua fría y caliente que más te agrada. Una tibia lluvia de diminutas gotas baña nuestros cuerpos entrelazados. Nos besamos con pasión. Me tocas por doquier, encendiendo mi piel en medio de la humedad circundante. Besas mis pechos. Me pellizcas los pezones. Sobas mis nalgas. Tu miembro sigue duro y erecto. Siento tu deseo por mí.

Me apoyas a la pared, abriéndome las piernas y arrodillándote ante mí. Tus manos buscan mi sexo todavía hambriento de ti. Me lo abres por completo y lo cubres con tu boca, convertida en ventosa que succiona con avidez y deseo. Metes dos dedos en mi interior. Cierro los ojos, completamente rendida a ti. El agua corre sin parar, pero su contacto no disminuye ni un centígrado el calor de nuestros cuerpos. Gimo de placer a cada embate de tus dedos. No atino a decirte que quiero más, pero tú me conoces muy bien. Hay momentos en los que no necesito hablarte. Sabes qué cuerda tocar para hacerme vibrar.

Introduces otro dedo más en mi sexo y uno en el ano. Me enloqueces. Chupas con fuerza hasta hacerme acabar en tu boca. Oigo tu expresión de placer mientras bebes mis mieles. Te relames con gusto. Libas goloso.
Ahora me tomas por las caderas y enfilas tu miembro hasta lo más profundo de mí, mientras clavas tus ojos en los míos y me besas afanosamente. Me penetras con tanta fuerza que me levantas del piso y debes sostenerme, apoyándome de nuevo contra la pared. Arremetes de una forma casi salvaje, llevándome a un orgasmo tras otro. Aunque estoy extenuada no soy capaz de pedirte pausa. Deseo prolongar el enorme gozo que estamos sintiendo.

Me das la vuelta, poniéndome de espaldas a ti y plegándome hacia delante con las manos apoyadas a la pared. Abres mis nalgas. Apoyas tu glande y entras en mí decidido. Ambos nos estremecemos y nuestros nombres se confunden en la boca del otro. Tus testículos chocan una y otra vez contra mis nalgas.
Enloquezco. Enloqueces.

Mi petición de “¡Fuerte! ¡Más fuerte!” es lo único que se escucha y se siente. Me enderezo un poco y busco tu cara por encima del hombro. Nos besamos hasta que los labios nos duelen. Justo entonces estallamos en una melodía exquisita que solamente tú y yo podemos oír.

lunes, 21 de mayo de 2007

Inesperadamente



A ti,
mi pasión,
mi locura...

Desde el principio quiero dejar en claro que no hice nada para provocar los acontecimientos que sucedieron. Todo ocurrió de manera espontánea y como nos dimos cuenta los involucrados, esas situaciones casuales pueden resultar muy placenteras. Era domingo en la mañana, después de desayuno. Ambos estábamos en la sala leyendo el periódico, él sentado en su poltrona y yo echada en el sofá, cuando sonó el teléfono. En vez de levantarme a responder, me di la vuelta y me arrodillé sobre el sofá, apoyando los codos en uno de sus brazos.

—¿Aló? —dije.

Al otro lado del auricular sonó un “¡Aninha!" que pretendía ser alegre. Era mi amiga Gabriela, al instante reconocí la voz y la forma de llamarme como solía hacerlo cuando trabajábamos juntas, en una empresa de doblaje de series, telenovelas y películas para la televisión. Ella como traductora de portugués y yo como traductora de inglés e italiano.

—¡Hola, Gaby! —le respondí, y no pude evitar que se filtrara un dejo de irritación, aunque le tenía genuino cariño a mi amiga Gaby.

Tras varios años de relación, ella se había separado de su compañero y no parecía estar sobrellevando muy bien el rompimiento. Así que me telefoneaba a cualquier hora para contarme sus penas e invitarme a salir con ella, como en los viejos tiempos.

—¿Cómo andas? ¿Qué haces? ¿Estás ocupada? —me preguntó.

Antes de poder contestar alguna de las tres preguntas sentí las manos de él acariciándome el trasero por encima del corto kimono que llevaba puesto. ¿En qué momento se había levantado y se había colocado detrás de mí? No lo había escuchado levantarse, ni lo había sentido acercarse.

—Muy bien, Gaby —respondí, fingiendo compostura—. Descansando, leyendo el periódico... Ya sabes, domingueando. ¿Y tú?

—Olvidaste decir provocando. Porque me estás provocando con ese maravilloso culo que tienes —oí su voz excitada a mis espaldas y no pude más que reír, deseando que Gabriela lo hubiese escuchado. Por alguna razón quería que ella supiera en lo que andábamos.

—Aquí, en lo mismo —me contestó ella—. Te llamaba para preguntarte si...

No le presté mucha atención a lo que me decía porque en ese momento él me alzaba el kimono y comenzaba a mordisquearme las nalgas.

—¡Sí, sí! —exclamé en forma atropellada, sin siquiera reparar en lo que le estaba diciendo. La irritación se me había ido en un santiamén.

—Ummmmm. ¡Claro que sí! —me dijo él entre mordisco y mordisco. Mientras que al otro lado del teléfono, Gabriela me preguntó extrañada:

—¿Sí? ¿Cómo que sí, Aninha? ¿Escuchaste lo que te dije?

¡Qué momento para llamar!, pensé dentro de mí, aunque tampoco quería que colgara. Algo me impulsaba a seguir la conversación.

—Disculpa, Gaby. Es que... aún estoy adormilada y me distraje —le dije buscando las palabras, mientras alzaba el pie para acariciarlo. Al rozarle la entrepierna noté su erección y a propósito dejé escapar un gemido para que Gabriela lo oyera. De nuevo él soltó uno de sus joviales comentarios:
—¿Distraída? Me parece que estás concentrada. Reconcentrada, diría yo —seguía susurrando, mientras se quitaba el boxer y me despojaba del kimono. Sin tapar la bocina, le pedí que me diera un minuto. Por toda respuesta se dedicó a mordisquearme las nalgas con más fuerza y a tocarme los senos. No podía ni quería disimular mi respiración agitada.

—¿Adormilada? Me parece que estás despierta. Bastante despierta, por lo que escucho —fue la ocurrencia de Gabriela, acompañada de una carcajada desvergonzada.

Complacida de que ella se hubiera dado cuenta, le dije que efectivamente era así y movida por una súbita inspiración le pedí que no colgara el teléfono. Las caricias de él aumentaban en fuerza y velocidad. Me había separado las nalgas para dedicarse a lamerme el ano. Le conté a Gabriela lo que él estaba haciendo y lo mucho que me gustaba, preguntándole si quería jugar con nosotros. Él se detuvo tan solo un momento para lanzar una risita complacida y decir:

—¡Ah! Esto podría ser muy interesante.

¡Qué maravilloso es conocer tan bien a las amigas! Sabía que Gabriela aceptaría no sólo por su soledad actual, sino porque además le gustaba vivir experiencias emocionantes. Inmediatamente me contestó que sí y le pedí que hiciera sólo lo que yo le dijera. Esto sí sería una prueba tanto para ella como para mí y para él.

—Recuéstate y abre las piernas —le indiqué, escuchando sus movimientos y sintiendo como crecía su excitación, la de él y la mía. —Acaricia tus labios mayores, separándolos todo lo que puedas —proseguí.

Sentí los dedos de él en mi interior, abriéndose paso, haciéndome enloquecer. Aunque estaba muy excitada, seguía dándole indicaciones a Gabriela:

—Tócate el clítoris... Siente su dureza... Presiónalo... Hálalo...

Su respiración al otro lado de la línea se escuchaba tan agitada como la nuestra. Ahora él se había incorporado y estrujaba su verga entre mis nalgas.

—Acaríciate los labios menores... Muy despacio... Muy suavemente.

Sentí que él me tomaba por las caderas y me apoyaba la punta de su verga en el ano. Así se lo dije a Gabriela, contándole lo que sentía, como temblaba y me estremecía con el deseo que me penetrara por el estrecho canal.

—Déjame ir hasta allá, Ana, por favor—me pidió suspirando y gimiendo.

—¡No! —le respondí resuelta—. ¡Limítate a hacer lo que te digo! —ordené. —Ahora métete dos dedos en la vagina.

Entretanto él comenzaba a penetrarme muy despacio... muy suavemente... Los suspiros de placer de los tres se confundían en el aire y en el teléfono.
—Mételos y sácalos —seguí dándole instrucciones a Gabriela—. Rápido, cada vez más rápido y más fuerte.

La oía gemir y decir mi nombre una y otra vez. Él aumentó la fuerza de sus arremetidas, mientras yo movía las caderas para sentirlo aún más. Estaba sumamente excitado y así me lo hizo saber, diciéndome que le gustaba esta nueva experiencia de sodomizarme mientras yo masturbaba a una amiga por teléfono.

—Siento aproximarse el orgasmo, Aninha. Por favor, continúa —me pedía Gaby.

Al parecer todos estábamos por acabar. Aceleré mis movimientos, mientras con la mano libre me buscaba el clítoris y le decía a Gaby:

—Más profundo, mételos más adentro. Goza, amiga, goza.

Él me agarró con más fuerza por las caderas y lo sentí prepararse para la embestida final. Todos estallamos al unísono, fueron tres alaridos, tres gritos de placer que nos salió de las entrañas mismas. Me derrumbé en el sofá, con él sobre mi espalda y el teléfono pegado a la oreja.

—¿Gaby, quieres venir? —le pregunté respirando agitadamente, y con las piernas aún temblando.

sábado, 19 de mayo de 2007

Dos gatas en celo



Tu boca es mi única ley,
tu boca de saliva y miel
Gitano, Abigail

La piel me arde. Pasé demasiadas horas al sol y nadando en el mar. Cuando regreso a la casa de los amigos donde estoy alojada me meto bajo la ducha. Necesito quitarme la sal. Ni siquiera puedo secarme, el solo contacto con la toalla me hace dar un respingo de dolor. Con las gotas de agua resbalando como perlas por mi cuerpo, me unto gel de zábila para refrescarme.

—¡Um! ¡Qué sabroso se siente!

Abro la ventana, enciendo el ventilador y me echo desnuda en la cama, apenas cubierta por una suave y fina sábana de algodón. Como sucede cada vez que me acuesto, la gata de mis amigos se sube a la cama y se acurruca entre mis pies.

Es una minina preciosa, de pelaje atigrado en colores blanco y amarillo, y ojos verdes con destellos dorados. Tiene un carácter juguetón y cariñoso. Parece haberme adoptado como su mascota mientras dure mi estancia aquí. Me sigue a todas partes. Se mete entre mis piernas y maúlla. No más me siento salta a mi regazo. Nos damos besitos de morros. Le acaricio el lomo y me responde con ese ronroneo felino que me fascina, ofreciéndome su panza para que también se la toque.

Esta tarde, con el sonido del mar que se mete por la ventana abierta, la brisa que echa el ventilador y el calor que emana de mi cuerpo, poco a poco voy cayendo en una especie de sopor. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me despierto con la exquisita sensación de estar siendo acariciada de una manera completamente nueva para mí. Es la gata que, con su lengua rugosa y pequeña, me lame la planta y el arco de mi pie derecho, además de clavarme sus uñas como si se las estuviera afilando.

Me excito de inmediato, dejando escapar un suave gemido. La gata me responde con un maullido, muy similar al tono en que gemí. Empiezo a acariciarme los pechos y la vulva. La gata va subiendo, rasguñando por encima de la fina sábana primero mis pantorrillas, luego mis muslos. Pongo un dedo en mi clítoris y meto dos en mi vagina. Froto y empujo varias veces. El movimiento de mi mano llama la atención de la gata, que se me queda viendo, clavando sus uñas en mis muslos una y otra vez. Aparto la sábana, saco los dedos de mi vagina y los acerco a la gata.

Ella huele y lame mis dedos. Poco a poco la voy atrayendo hacia mi entrepierna. Separo más los muslos. Me abro la vulva con ambas manos, mostrándole mi interior húmedo, rojo, palpitante. Hago varias contracciones para llamar su atención. Vuelvo a meter los dedos en mi vagina. Empujo varias veces, mientras le digo entre suspiros:

—Misú, gatita linda, misú.

Saco los dedos mojados y se los ofrezco, llamándola:

—Ven, misú, ven.

Le da varias lengüetadas, se relame y maúlla.

—¿Te gusta? ¿Quieres más? Ven, gatita —le pregunto. Ella me mira.

Me abro de nuevo la vulva. La gata se acerca y me olisquea. Vuelve a maullar. Estoy cada vez más excitada y gimo, queriendo imitar su maullido. Le digo:

—Sí, misú, es mi sexo. ¿Lo quieres probar?

Mojo los dos dedos y los pongo justo sobre mis labios mayores, aprovechando para separarlos un poco. La gata comienza a lamer mis dedos y yo voy apartándolos de modo que termina dándome lengüetadas directamente en la vulva.

Me enloquece la aspereza de su lengua a medida que la va pasando por mis labios menores y las comisuras, para luego meterlos en la raja. También quiero sentir sus arañazos, así que tomo sus patas y las presiono suavemente contra mi vulva, sabiendo que por instinto los felinos sacan sus garras al hacer esto. Mientras tanto le susurro:

—Sí, minina, sí. Haz como lo estabas haciendo antes.

Sus uñas salen y se retraen, rasguñándome los labios.
Empiezo a moverme muy lentamente, para no asustarla y, por el contrario, incitarla a seguir clavando sus garras en mi carne ávida de caricias. Empujo la cadera hacia ella y le hablo:

—Misú, misú.

Ella contesta con maullidos.

Aparto su cabeza, mojo mi clítoris con la humedad de mi vagina y se lo ofrezco. Inmediatamente siento sus lengüetazos en mi botón. Me meto tres dedos y me masturbo con fuerza hasta acabar en un orgasmo potente, maullando y chillando como la gata que gustosamente sorbe el líquido que sale de mi vulva.

jueves, 17 de mayo de 2007

La tempestad



Crece mi furia y ante mi furia crezco
y solo junto al mar espero el día.
Mi amante el mar, Reinaldo Arenas

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco…—cuento hasta diez y mi voz se pierde en el estampido. Cada vez los truenos se escuchan más cerca, con mayor fuerza. El mar está encrespado, las olas rugen al chocar contra la orilla y la noche sería oscuridad total si los fogonazos de las centellas no iluminaran todo el arco del cielo.

Estoy en la terraza del piso superior, acostada en mi hamaca, contemplando el violento espectáculo de la naturaleza. Aquí, en el norte de la isla, es frecuente ver este tipo de tormentas y las de este año han mostrado una inclemencia inusitada. Me entretengo bebiendo vino tinto y calculando la velocidad a la que se aproxima.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco…—logro contar hasta ocho entre el destello del rayo y un nuevo chasquido.

La ventolera azota las palmeras de la playa cercana, levantando pequeños remolinos de arena. Me estremezco, pero no es por el miedo. Estoy excitada. Los temporales despiertan en mí algo animal y tocan mis fibras más primitivas.
Cada relámpago se adentra en mi cuerpo, convirtiéndose en una ráfaga de diminutas descargas eléctricas que me erizan la piel. El eco de los truenos resuena en mi interior y recuerdo otra noche como ésta, en la que tú y yo estábamos juntos…
Pero esta noche no estás. Te has marchado, muy molesto conmigo, dando un fuerte portazo tras de ti y anunciándome que te ibas.

—Por mí puedes irte al mismísimo infierno —te grité y en ese momento sonó el primer trueno, como si hubiese querido ponerle punto final a nuestra acalorada discusión. La tormenta aún estaba muy lejos de la costa, pero se anunciaba con toda su fuerza.

Encendí una de las lámparas del exterior. Busqué una botella de vino tinto y la descorché. Necesitaba tomar algo para calmar los nervios tras las duras palabras que nos habíamos dicho. Me serví y tomé un largo trago. Apagué las luces de la cocina y la sala. Subí con la botella en una mano y la copa en la otra. Acerqué una mesa pequeña y coloqué en ella tanto la copa como la botella. Me eché en la hamaca, aún temblando de la rabia.

—Sí, es verdad. Puedes irte derechito al infierno. Al mismísimo infierno, como te dije —repito. Deseo tranquilizarme, aunque sé que es imposible.

Suena el teléfono. No necesito responder, ya que el contestador automático está conectado. Transcurren unos segundos y el mecanismo para dejar el mensaje se activa. Escucho tu voz:

—Ana, por favor responde. Sé que estás allí y me estás oyendo. No quiero discutir más, responde por favor. ¡Ana, amor mío! ¡Responde, Ana! Por favor, responde.

Me levanto, voy hacia nuestro cuarto y desconecto el teléfono. “¡Cállate!”, le grito al teléfono. No quiero escucharte. Esta noche no soporto siquiera el sonido de tu voz. En ese momento veo nuestro bolso de juguetes eróticos abandonado sobre la cama y sonrío con amargura.

Nuestra discusión empezó justamente por ese bolso. Me acusaste de haber estado usando nuestros juguetes e incluso insinuaste que los había utilizado con alguien más durante tu ausencia. Intenté decirte que sólo lo había revisado, porque deseaba ir a un sex shop y comprar algo para darte una sorpresa. Poco a poco el tono de nuestra discusión fue escalando y nos gritamos todo tipo de insultos.

—Ahora te daré la razón. ¿No es eso lo que te gusta? ¿Ser el dueño absoluto de la verdad? —me digo, feliz con la idea que se me ha ocurrido—. Pues tu adorado amor hará que estés en lo cierto, para que te sientas como el amo y señor al que tanto te gusta jugar.

Saco el bolso a la terraza y lo pongo al lado de la hamaca. Ha comenzado a llover. Los goterones golpean las ventanas y las ráfagas de viento hacen temblar los cristales. Siguen sucediéndose los relámpagos y los truenos.

Apuro el resto del vino y me sirvo otra copa. Me despojo de la ropa que llevo puesta. Quedo desnuda en medio de la terraza, envuelta por los intervalos de luz y oscuridad, azotada por los ramalazos de brisa fría que se cuelan por algunas ventanas abiertas, excitada por lo que estoy a punto de hacer.
Me arrodillo y abro el cierre del bolso. Saco una pinza, similar a las que se utilizan para colgar la ropa y ponerlas a secar, sólo que ésta está hecha de plata y refulge.

—Es preciosa —exclamo, admirada de su simple belleza y del enorme placer que sé me proporciona.

Abro sus mandíbulas y acerco la pinza a mi pezón izquierdo, ese que declaraste tuyo y que ahora está rígido, pulsante, vivo. Podría decir que él solo busca el contacto con la pinza. Cierro las mandíbulas de la pinza alrededor de mi pezón. La primera sensación es de dolor. Un dolor placentero; porque sí, sí me gusta.

Apenas cierro la pinza cae una centella y el resplandor me permite verte allí, frente a mí. Estás parado en el último peldaño de la escalera. Sonríes orgulloso de ti mismo, feliz de haberme atrapado.

—¿Otra vez sin mí? —preguntas prepotente.

—Estás equivocado. Crees que mis acciones de ahora corroboran tus acusaciones. Pero no es así —te respondo desafiante.

Haces como si no me escucharas. Te acercas y buscas en el bolso. Aumenta la intensidad de la lluvia. Extraes una pequeña correa con hebilla de metal. La doblas por la mitad y me la entregas.

—Sabes muy bien lo que debes hacer —me dices.

Agarras la copa de vino. Das la vuelta y te alejas. Mueves una de las butacas y te sientas frente a mí.

Sin dejar de verte, comienzo a acariciarme con ella el pecho, los senos, el espacio entre ambos, el pezón libre y el prisionero. Escupo sobre mi pecho izquierdo. Miro cómo la saliva escurre por la piel blanca y suave hasta el pezón aprisionado por la pinza. Me estremezco. El fogonazo de otro rayo nos ilumina y no tarda en sonar el estampido de un trueno. Meto la correa exactamente en medio de las mandíbulas de la pinza y acaricio ese trozo de carne duro, que sigue palpitando y donde parece haberse concentrado todo mi deseo. Un ramalazo de placer recorre mi columna vertebral.

Entonces descargo el primer golpe. Fuerte, sobre el pezón con la pinza. Gimo. Te veo a los ojos y me relamo los labios. Abro la boca. Me azoto dos, tres, cuatro, cinco veces más. El gozo inunda mi cuerpo y ocupa cada espacio de mi mente. Quisiera acabar, pero sé que todavía no me está permitido. Así que me resisto al orgasmo, hasta que tú me lo ordenes. Continúo golpeándome con la mirada fija en la tuya. Afuera la tormenta azota cada vez con mayor inclemencia.

Te levantas. Recorres los pasos que nos separan. Tomas la correa y me acaricias con ella. Rozas apenas los senos enrojecidos por los correazos, los pezones duros, el cuello erguido, la boca abierta, las aletas palpitantes de la nariz. Me levantas el mentón y clavas tus ojos en los míos. Otra centella rasga la oscuridad de la noche y notas que aún hay vestigios de rabia en mi interior. Me entregas la correa de nuevo, pero esta vez me pones la parte del doblez en la mano y dejas libre la hebilla.

—Continúa. Abajo.

No necesitas decirme nada más. La furia del temporal marca el carácter inapelable de tu orden.

Separo un poco más las piernas y reinicio los azotes. Uno, dos, tres cuatro, cinco… Dejo de contar. El fragor de los truenos ahoga el sonido de los latigazos. Me concentro en el placer que siento. Me gusta, cierto que me gusta el contacto del metal sobre mi vulva desnuda, expuesta al castigo que me estoy infligiendo. De nuevo siento aproximarse el orgasmo, pero lo rechazo. Sigo golpeando hasta que oigo tu voz, casi ahogada por el rumor de la borrasca:

—Detente.

Una vez más te levantas y te acercas a mí, que permanezco arrodillada en el piso, con las piernas separadas, temblando. Me quitas la correa de la mano, me das la tuya y me dices:

—Ponte de pie.

Dejas la correa al lado de mi cuerpo, de modo que al levantarme me roza el cuerpo. Quedamos frente a frente. Vuelves a mirarme a los ojos. Hurgando muy dentro de mí. Adivinando lo que siento. Rayos y truenos se suceden. Tocas mi vulva y me estremezco.

—¿Quién eres? —me preguntas.

—Soy tu esclava, mi amo.

—¿Quién soy?

—Mi amo y señor.

—¿Qué haces?

—Obedecerte, mi amo.

—Bien. Veamos cuán obediente eres, esclava.

Me quedo allí, parada, en silencio, con la cabeza gacha. Esperando tus órdenes. Temblando. Rogando que me permitas complacerte. La lluvia sigue cayendo, aunque el temporal ha perdido fuerza. Sin embargo, otra tempestad bulle en mi interior.

Te tomas todo tu tiempo. Te acercas a la mesita y te sirves otra copa de vino. Bebes un trago largo, paladeando el vino. Sólo se escucha el repiqueteo de las gotas y los truenos alejándose. Dejas la copa en la mesita y te aproximas a mí. Das dos vueltas a mi alrededor. Me acaricias con la correa, muy lenta y suavemente. Por fin hablas:

—Recoge el bolso y vamos al cuarto, esclava.

Sumisa te obedezco. Sé que pronto llegará la recompensa que tanto anhelo. Entonces mi tormenta interior se calmará, aunque sea por unas horas. Dejo el bolso en el piso y me paro frente a la cama. Tomas las cintas que cuelgan de sus postes y me atas por las muñecas.

Te agachas a mi lado y empiezas a escudriñar en el bolso, revolviendo su contenido. ¿Qué buscas? Quisiera saber que estás buscando, pero por más que intento no logro ver. Te levantas. Te acercas a mí. Me quitas la pinza que aún llevo en el pezón y lo muerdes. No puedo evitar sobresaltarme, gemir, estremecerme. Sigues mordiéndome por aquí y por allá, mientras yo continúo gimiendo y estremeciéndome. A un mismo tiempo rechazando y buscando el contacto con tus dientes despiadados.

—Tienes ganas de acabar, perra. Muéstrame cuántas ganas tienes.
Metes tu pierna entre las mías, apoyándola en el borde de la cama. Froto mi vulva ardiente una y otra vez contra ella, deseando el orgasmo pero sabiendo que aún no puedo disfrutarlo. No hasta que tú, mi amo y señor, me des permiso.
Aprovechas que me estoy refregando contra ti, para hablarme muy quedo al oído y decirme:

—Esta vez te azotaré yo y tú contarás. Te permito acabar a la cuenta de diez, esclava. No antes. Te castigaré si acabas antes, perra.

Entonces te separas de mí. Te miro a los ojos y te respondo:

—Sí, mi señor.

Oigo el restallido del látigo cuando corta el aire. Los instantes que tarda en golpear mi carne me parecen eternos. Me apresto a recibir el azote...