
Porque siempre se consigue,
incluso donde menos se espera...
Hace algunos días tuve que hacer un trabajo de investigación con una de mis compañeras del postgrado. Se llama Alicia y me atrae con una fuerza que sencillamente no logro entender. Esos pícaros ojos oscuros y brillantes que tiene, revelan un carácter travieso, bien dispuesto a la aventura. El lustre de sus piernas, largas y morenas, me quita el aliento cada vez que se pone una de esas minifaldas realmente diminutas y se mueve con ademanes provocadores, muy consciente del interés que suscita a su alrededor. La forma en que bate su formidable melena negra me turba de una manera que no soy capaz de explicar.
Pero no es sólo su hermosura, me fascinan su inteligencia y un buen humor inalterable. Me basta con escuchar su risa franca, espontánea y fuerte para sentir un sabroso cosquilleo en el cuerpo. La he observado –sí que la he observado–, y ese mohín de dificultad que hace al escuchar ciertos planteamientos de los profesores pudiera parecer fingido, aunque por lo general va acompañado de una acotación tan acertada que nos pone a todos a pensar un largo rato. Traté de acercarme a ella en varias oportunidades, pero una y otra vez evitó mis avances. Así que desistí de mis intenciones, aunque sin sustraerme a la fascinación que me causa.
Por eso me sorprendió el martes pasado, cuando al terminar la clase caminó decidida y coqueta hacia mí y tras saludarme me propuso, viéndome directamente a los ojos:
–Quiero hacer este trabajo contigo.
Debo haber puesto una cara de absoluto desconcierto, porque se rió, acarició con suma ternura una de mis mejillas y me dijo:
–¡Y cierra esa deliciosa boca que tienes! –No me quedó más que preguntarle dónde y cuándo nos encontraríamos. Al parecer tenía todo calculado, porque simplemente respondió: –Esta noche, al salir de aquí, nos vamos a tu apartamento.
Me da rabia que otras personas dispongan de mi tiempo sin consultarme. Alicia lo estaba haciendo descaradamente, y no reaccionaba, porque estaba segura de que el sacrificio bien lo valía.
En el carro, camino a casa, noté que Alicia se mostraba conmigo más atenta que de costumbre. Incluso podría decir que me estaba coqueteando, sino fuera por mis frustrados intentos anteriores. A pesar de ello, no conseguía otra explicación a las largas miradas que me echaba, mientras cruzaba las piernas y se acomodaba en el asiento de modo que yo pudiera admirarla. ¿Acaso se estaba burlando de mí? Aceleré bruscamente y oí su risa socarrona antes del comentario mordaz:
–Veo que tienes apuro por llegar.
Esta vez sí encontré algo que contestarle:
–En lo absoluto. Del apuro sólo queda el cansancio.
Dejamos el carro en el estacionamiento y entramos al ascensor. Una vez dentro se acercó a mí más de lo necesario, explicando que sentía cierto temor porque se había quedado encerrada una vez. Volví a preguntarme si se estaría burlando de mí o esa su manera de coquetear. No se parecía para nada a la persona segura de sí misma que todos conocíamos en la universidad.
–No te preocupes –le dije–. A todos nos ha sucedido alguna vez.
Abrió más esos ojazos negros y me preguntó, incrédula:
–¿A ti también?
Por única respuesta di un profundo respingo y me dije que tendría que resignarme a pasar una velada muy aburrida...
Llegamos a mi apartamento y la invité a ponerse cómoda. Inmediatamente se despojó de sus sandalias y se quitó la chaqueta. Ante mi vista quedó la magnífica silueta de sus pechos, pugnando por salirse de la blusa y el sostén; así como la deliciosa curva de sus nalgas, acentuadas por el pantalón apretado. No pude evitar la turbación que se apoderó de mí. ¡Cielos, realmente me gustaba! Podía sentir cómo la excitación crecía dentro de mí, sabiéndola tan cerca y a la vez tan lejos. Alicia se dio cuenta inmediatamente de ello y me vio, mordiéndose los labios. Para romper lo embarazoso del momento giró, vio alrededor y comentó:
–¡Qué buen gusto tienes! –desconcertándome una vez más.
Le di las gracias por mera cortesía y entré a la cocina a preparar algo de cenar, odiándome por haberme puesto en evidencia. Ella debió sentir mi enojo, porque vino hasta la cocina y me repitió lo que yo le había dicho en el ascensor:"No te preocupes. A todos nos ha sucedido alguna vez". Hasta allí llegó mi paciencia.
Me di la vuelta, con ánimos de ponerla en su lugar y acabar con aquella tontería de una buena vez.
–Oye, Alicia... –empecé a decir. Sin embargo, ella parecía aun más decidida a no dejar de sorprenderme. Posó sus dedos sobre mis labios, haciéndome callar, se apretujó contra mí y me besó en plena boca.
Yo no podía creer lo que estaba sucediendo. ¿De veras era esa la lengua de Alicia adentrándose cada vez más y más en mi boca deseosa de sus besos? ¿Aquella masa oscura donde se perdían mis manos era su cabellera? ¿El cuerpo caliente y excitado de Alicia se apretaba al mío, desfallecido ante la exigencia de sus caricias? ¿Estaba ella desabotonando mi blusa y buscando mis pechos?
–Ana, me gustas mucho –me susurró en el oído.
¡No había duda! Realmente lo que tanto anhelaba estaba sucediendo; no ante mis ojos, sino en mi propia carne.
–Y tú a mí, Alicia –le respondí, con mi voz a punto de quebrarse.
Esa sola frase pareció romper el dique de nuestra pasión. Alicia terminó de quitarme la blusa y empezó a besarme el seno, mientras sus manos hábiles desabrochaban mi sostén. Quise hacer lo mismo, pero me pidió que esperara. Menos mal que lo hice. ¡Nunca antes alguien me había dado tanto placer!
Sin dejar de verme a los ojos, tomó mis pezones entre sus dedos y los apretó, retorciéndolos en algunos momentos con delicadeza y otros con mucha fuerza, hasta hacerme gemir. Inclinó la cabeza y empezó a succionar ávidamente un pecho, en tanto acariciaba el otro con una mano. Dejaba de chupar y lamía, mordisqueaba, tiraba de mi pezón con sus dientes.
Apenas recostada contra el alto mesón que separaba la cocina de la sala, las piernas me temblaban y sentía como mi sexo se iba humedeciendo con cada una de sus caricias. Casi me desmayo cuando Alicia buscó el cierre de mi falda, lo abrió y dejó caer la prenda de vestir hasta el piso. Hasta ahora pensaba que el asunto no pasaría de allí, pero al sentir el fuerte tirón con que me quitó el hilo dental supe que ninguna de las dos pararíamos hasta ver satisfecho el deseo que habíamos acumulado durante tanto tiempo.
Entre besos y caricias, Alicia me pidió que me sentara sobre el mesón y abriera las piernas. Así lo hice, mostrándole mi vagina totalmente depilada. Acercó su boca a mi oreja, recorrió el pabellón con su lengua mojada, me mordió el lóbulo y susurró:
–¡Ah, qué divinidad! –su voz había enronquecido y rezumaba lujuria.
Poco a poco fue descendiendo por mi cuello, mi pecho, mi abdomen... Lamiendo aquí, besando allá, tocando con delicadeza, aferrando con fuerza, chupando donde quería, mordisqueando lo que le apetecía. Me recostó con una suave presión de sus manos y subió mis piernas a sus hombros con un movimiento decidido. Posó ambas manos sobre mi monte de Venus, abrió los labios mayores y se relamió.
–¡Uhm! Estás bien mojada. Justo como te quería –dijo, con un suspiro de complacencia.
Empezó a lamerme. Su lengua ávida me recorría milímetro a milímetro: los labios, las comisuras, los pliegues. Los lengüetazos me enloquecían, haciéndome gemir y retorcerme de placer. Ella continuaba voraz, cada vez más exigente. Ahora chupaba mi clítoris, alternando las succiones fuertes y rápidas con otras más lentas y más suaves, más suaves y rápidas, más lentas y fuertes. Luego le daba lengüetazos veloces, uno tras otro, sin pausa. Yo empujaba mis caderas hacia su boca, pidiéndole más, ofreciéndome toda. Sentía la proximidad de mi orgasmo.
–Alicia, estoy por venirme –gemí. Ella aumentó el ritmo y acabé en su boca, gritándole: –¡Bébeme! ¡Bébeme toda!
Bebió hasta saciarse. En la quietud de la noche sólo se escuchaban los sonidos que hacía al lamer y chupar, acompañados de mis gemidos de placer. Después me ayudó a incorporarme y bajarme del mesón. Quedamos frente a frente. Observándonos atentamente, como si ninguna de las dos supiera qué decir o qué hacer a continuación.
–Ana, yo... yo... –intentaba explicarse, avergonzada.
Ahora fui yo quien atrapó sus palabras entre mis dedos. Temblando de deseo me acerqué a ella, la abracé y le murmuré al oído:
–Eres tú quien tiene una boca deliciosa –la besé con toda mi pasión en los labios y sólo dejé de hacerlo para agregar: –Veamos qué tal es el resto.
La tomé por la cintura y así, abrazadas, caminamos hasta mi habitación...





