
La única ventaja de jugar con fuego
es que aprende uno a no quemarse.
Oscar Wilde
Hoy estás más traviesa que nunca. No me dejas concentrar en el trabajo que estoy haciendo. A cada momento te acercas a mí, caminando de puntillas, y te paras a mis espaldas. Me tapas los ojos con las manos. Me haces cosquillas. Me muerdes las orejas. Me das besos en el cuello. Finalmente me levanto del escritorio y te abrazo.
–¿Quieres jugar, eh? –te pregunto.
Dices que sí con la cabeza, acercas tu boca abierta a la mía y me besas con pasión, pegándote por completo a mi cuerpo. Te cargo para llevarte hasta nuestra habitación. Te quito la ropa y te siento en la cama.
–Entonces juguemos a que eres mi esclava –digo–. Debes hacerme caso en todo. ¿Quieres?
En tu rostro se dibuja un mohín mezcla de capricho, disgusto y osadía, cuando respondes:
–Sabes que no me gusta la esclavitud. Los esclavos no tienen derecho a disfrutar y yo quiero disfrutar.
Descuida que sé como convencerte de que te va a gustar. Tomo tu mano y la pongo sobre el bulto que crece debajo del pantalón de mi pijama. Te estremeces, se te eriza la piel. Puedo imaginar como tu sexo se va humedeciendo poco a poco. Se siente el olor de tu excitación.
–A ver. Mójate los labios –te voy diciendo mientras acerco una butaca a la cama para sentarme–. Muérdelos suavemente, como si fuera mi boca.
Enciendo un cigarrillo y me acaricio la barba, para luego continuar diciéndote:
–Desliza un dedo por el borde de tus labios. Así, eso es. Ahora métete el dedo en la boca. Chúpalo, pero que sea suavemente.
Adoro esa imagen, la visión de tu boca succionando. Siento cada chupada como si las estuvieras haciendo en mi verga.
–¿Te imaginas que puede ser? –te provoco, porque sé que eso te pierde. Tu mirada lujuriosa se clava en mi entrepierna–. Chúpalo bien. Mójalo por completo. Así. Déjalo que entre y salga. Así, amor, así. Que entre y salga, despacio. Dije despacio.
Decido mandarte a hacer otra cosa, porque de continuar me vas a hacer acabar con sólo mirar como chupas.
–Ahora que está bien húmedo pásalo por tu pezón, como si fuera mi lengua. Así mojadito dibuja tu pezón con él, como si lo hiciera yo. Y que sea suave.
¡Qué hermosos pezones tienes! Me provoca abalanzarme sobre ti y pasarles la lengua, pero por ahora quiero seguir jugando.
–Moja más el dedo, amor, lo quiero bien húmedo.
Se te van poniendo duritos. Eso me gusta. Que se pongan bien paraditos.
–Imagina mis bigotes allí, apenas rozándote. Quiero que sientas mis vellos. Que te pinchen suavemente.
Echas la cabeza hacia atrás y de tu garganta sale una especie de gemido. Abres las piernas y veo tu coño reluciente de humedad. Mi verga se endurece aún más. Tengo que hacer un esfuerzo para continuar.
–Imagina que abro mi boca, grande. Mis labios atrapan un pezón. Lo succiono, mientras mi lengua revolotea por su punta.
Comienzas a chuparte primero un pezón luego el otro, les pasas la punta de la lengua como te digo. Sigues mis indicaciones al pie de la letra.
–Con tus dedos estírate los pezones. Así, bien estirados. Tira fuerte.
Me gustaría meterte la verga entre las tetas y cogértelas, mientras tú las aprietas fuerte. Me la imagino moviéndose arriba y abajo. Te encanta que te acabe entre las tetas para sentir mi leche tibia derramándose en el seno. Como si leyeras mis pensamientos, te pasas una mano por allí, me ves y abres la boca, invitándome.
Muevo la cabeza a modo de reproche, te reprendo. Al fin y al cabo estamos jugando a que eres mi esclava.
–No, no. No te dije que hicieras eso. Tendré que castigarte –te digo, con rudeza.
Casi me echo a reír cuando veo tu puchero, ese delicioso mohín caprichoso, pero finjo seriedad mientras me levanto. Te pongo boca abajo y te estampo una fuerte nalgada. Los cinco dedos te quedan marcados como una flor encarnada.
Lamento dañar tu hermosa piel que me enloquece, me prometo a mí mismo que luego te resarciré. Me doy la vuelta. Enciendo otro cigarrillo, tratando de calmar el desasosiego que me produjo tocarte. Cuando me siento, noto que tratas de ocultar una sonrisita entornando los ojos como si quisieras llorar.
–Mójate un poco los dedos y vamos más abajo –te ordeno inmediatamente, para no darte tiempo a reaccionar–. Muéstrame tu clítoris. Tócalo. –Y pregunto lo evidente–: ¿Está durito?
Me respondes que sí con la cabeza, pero no hablas.
–Acarícialo como lo haría yo. Mójate los dedos y pásalos primero por los labios para humedecerlos. Ábrelos despacio. Muy lentamente, ¿me entiendes?
Te trato con dureza, pero el esfuerzo que debo hacer es cada vez más grande.
Tengo la verga a punto de estallar y sin embargo continúo:
–Siente como mi lengua roza tu clítoris. Te abro más los labios para introducir mi lengua. Imagínala entrando. Abriéndose paso. Mis bigotes se aplastan contra él. Mi lengua entra más. Entra y sale.
Comienzas a jadear. Mueves las caderas despacio y en círculos. Las empujas hacia mí.
–Métete dos dedos en el coño, hazlo, ¡vamos! –te apremio.
Abres aún más las piernas y te metes tres. Me miras temerosa. Te sonrío, complaciente.
–Esta vez no te voy a castigar.
¿Castigarte? ¡Válgame Dios! Por supuesto, que no voy a castigarte. Pero no te aclaro que no es por ti, sino porque yo no podría soportar volver a tocarte. Tendría que tomarte ahora mismo y deseo que acabes antes de penetrarte.
–Muévelos como si fueran mi verga. Así. Muy bien, así... Lo haces muy bien, quizás no te castigue –te anticipo.
Me levanto y comienzo a bajarme el pantalón, y lo hago adrede muy despacio porque sé lo que quieres, te lo leo en los ojos.
–Sácalos y mételos. Dame todo tu jugo. Prepárate para mí.
Te estremeces de los pies a la cabeza. Los jugos te chorrean por las nalgas. Levantas tu mano empapada hacia mí. La chupo. Vuelves a mojarla y me la pasas por la barba.
Me pongo encima de ti. Te beso para que sientas tu sabor en mi boca. Gimes. Te penetro con fuerza y te vuelves a estremecer.
–Regálame tu orgasmo, amor. Quiero que sea todo para mí –te pido suplicante, ya no te ordeno ni te trato con rudeza. Tú acabas de nuevo. Mi verga se inunda de tu humedad. Apoyas tus piernas en mis hombros y te embisto como loco. Más fuerte. Descontrolado. Con desesperación. Oigo tus gritos:
–¡Dame! ¡Dame fuerte!
Empujo tus caderas hacia mí y embisto. Quiero llegar hasta el fondo. Quiero que la sientas bien adentro. La saco del todo y luego entro violentamente.
¡Aaaah! –el grito nos sale simultáneo.
Salgo y arremeto con más fuerza; vuelvo a entrar. La saco y espero que me pidas. Arqueas el cuerpo gritando:
–¡Más, dame más!
Lo tuyo ya no es pedido, es exigencia. Ahora me toca el turno a mí. Me hago de rogar:
–¿De veras quieres más?
Asestas un puñetazo en el colchón y aúllas:
–¡Sí!
Con todo mi peso empujo a fondo.
–¿Te gusta así? ¿Fuerte? ¿Casi animal?
Me responden las contracciones de tu coño, el estremecimiento que te corre por el cuerpo y tu humedad, que lo mancha todo y corre por tus piernas y las mías. Continúo más y más fuerte, más y más adentro, mientras tú sigues pidiendo sin cesar, porque no te alcanza. Me descontrolo. No puedo parar. Jadeo, sudo, gimo. Pero empujo más. Sale y entra cada vez más fuerte. Deseo acabar.
–¿Quieres mi leche? –te pregunto, prolongando la entrega. Por única respuesta, cierras los ojos y gimes. –¿Dónde la quieres?
Llevas una mano a tu seno y abres los ojos.
Te acabo copiosamente entre los pechos y mientras lo hago tú llegas una vez más. Pongo una mano en tu coño aún palpitante y te doy la vuelta. Beso tus nalgas allí donde quedaron marcados mis dedos. Chupo, lamo, y muerdo hasta que se pone roja de nuevo. Gimes, suspiras, te estremeces sin parar. Te tomo entre mis brazos para acunarte.
–Mi esclava favorita. Para ti soy todo dulzura –te susurro en el oído entre beso y beso.
2 comentarios:
Sin duda un buen juego.
Sí, un juego de dominación al que ella se presta complaciente. Gracias por leerme y por tu comentario. Besos
Publicar un comentario