jueves, 19 de julio de 2007

Primera vez y II



A media tarde del día siguiente a tu primera visita, suena el timbre de la puerta y voy a abrir. Ya estoy preparada con mi corto camisón de satén. Sé que estás del otro lado de la puerta. Me topo contigo. Gustavo Adolfo, mi querido, vienes para que continúe enseñándote las artes del amor. Admiro tus ojos marrones, la tez bronceada y esa encantadora sonrisa que me hacen recordar tanto a mi amante desde hace quince años –tu padre– y artífice de nuestro primer encuentro. Aunque no estoy muy segura de que sepa de esta segunda visita y eso –al menos en lo que a mí respecta–, le agrega mayor atractivo al hecho.

Nos abrazamos y besamos, allí mismo, a la entrada de mi apartamento. A leguas puedo percibir tanto la excitación como el nerviosismo de ti, mi guapo muchacho. Me digo que debo hacer algo para disminuir nuestra ansiedad, uno de los peores enemigos del sexo.

Como el día anterior, cuando llegaste con Gustavo, te invito a entrar y sentarte en el sillón tapizado con flores. Ese, donde suelo sentarme a leer. Converso sobre esto y aquello mientras sirvo dos tragos, tratando de que ni mis palabras ni mis acciones dejen ver el enorme deseo que despiertas en mí, querido. En realidad me atraes tanto que tengo unas ganas enormes de saltarte encima y devorarte a besos, pero debo contenerme. Quiero que ambos nos tomemos el tiempo suficiente para conocernos, explorarnos y descubrirnos juntos. Quiero hacer de ti, jovencito, un amante experto y avezado y para ello debo echar mano de todos mis artilugios, muchos de ellos producto de las enseñanzas de tu padre.

–Anoche no pude dormir pensando en ti, Ana –me comentas. ¡Te ruborizas! Pero puedo presentir tu felicidad.

–Exagerado –te digo, tratando de restarle importancia al comentario.

–Es cierto. Incluso me... ehhh... –vacilas y tus mejillas se encarnan más.

–Anda, dilo... ¿has estado jugando a solas con esas manitas lindas que tienes? –te aliento–. Anda, dime, cuéntame. Que no es para avergonzarte.

–Sí, me masturbé pensando en ti, en tu deliciosa boca y en lo que me hiciste ayer –me respondes, hurtándome tu mirada y sonrojándote de tal modo que me causas una ternura infinita. ¡Ah cuánto deseo besar tus mejillas arreboladas! Te tomo por el mentón y con delicadeza te levanto la cabeza, de modo que nuestros ojos se encuentren cuando te digo:

–Hoy quisiera enseñarte la forma de hacer vibrar a una mujer.

–Quiero aprender cómo hacerte vibrar a ti, Ana, sólo a ti –me dices, mientras te beso en la cara.

–Bien, entonces te mostraré la forma de hacerme enloquecer.

–Eso... eso es lo que quiero –y tu deseo es casi una súplica.

Me acomodo de costado en el sillón y me tiro hacia atrás. En mi mente bullen mil pensamientos y en mi cuerpo el deseo avasallante. ¡Eres tan hermoso! Te reclinas sobre mí y me besas en la boca. Mientras nuestras lenguas se saborean y conquistan una vez más, te desnudo con sumo cuidado. Logro deshacerme de tu abrazo por un instante, eres pura pasión, pero debo explicarte algo:

–Ahora me recostaré y poco a poco te iré diciendo que hacer.

Me tiendo de espaldas, abriendo las piernas y apoyando un pie en el borde y el otro en el apoyabrazos. Te indico que te arrodilles frente a mí, entre mis piernas y comienzo a dirigir tus movimientos:

–Apoya la base de tu mano izquierda aquí, sobre el hueso púbico, justo donde empieza a nacer el vello, y con tus dedos índice y medio abre los labios de mi vulva.

Al primer contacto de tu mano con mi sexo me estremezco.

–¡Ummm, es una vista estupenda! Tu sexo es hermoso, Ana –exclamas, bajando la cabeza para plantarme un beso en pleno monte de Venus. –Con la piel tan suave... tan delicada. ¡Y tu olor! Me embriagas.

Siento mi sexo humedecerse a medida que vas hablando. Veo la admiración en tu cara y no puedo más que admirarme yo también de lo hermoso que eres, de tus modales suaves y del estupendo entendimiento que va naciendo rápidamente entre nosotros. El instinto –¡Ah, el maravilloso instinto!– te lleva a presionar tu mano hacia abajo. La presión es mínima y sin embargo la reacción que provoca en mí es enorme: vuelvo a estremecerme y suspiro, abriendo más las piernas.

–Ahora, coloca el índice y el dedo medio de la otra mano a ambos lados del botón del clítoris. Así, como si lo atraparas entre tus dedos. Muévelos y apriétalos con la mayor suavidad y lentitud que te sea posible.

–¿Así?– me preguntas con tanta delicadeza como cada una de tus caricias. –¿Te gusta así, Ana? Por favor, dime si te gusta de esta manera.

Tus movimientos son seguros y acertados. En medio de la enorme excitación que me embarga no dejo de maravillarme de tu buena disposición para seguir mis indicaciones o para aventurarte a probar algo por pura intuición. Presiento que serás un amante excelente y quisiera que fueras mío de ahora en adelante. Te contesto entre suspiros:

–Sí, justamente así como lo estás haciendo.

Tus manos me enloquecen! Me están proporcionando un placer sin igual, lo siento cómo me va ganando el cuerpo, aletargando mi mente, adentrándose en mi alma. La sangre fluye rápidamente por mis venas y el clítoris se hincha, palpitando, agradeciendo la atención que está recibiendo. Cierro los ojos y por unos minutos me abandono a tus caricias, luego te digo:

–Humedécete el pulgar y el índice con tu saliva o con el líquido de mi vagina. Vuelve a colocarlos a ambos lados del clítoris y tuércelo muy, muy despacio, para después ir acelerando poco a poco.

¡Buen niño! Me obedeces. Haces como te voy indicando. Sigues atento los movimientos de mi cuerpo y los sonidos que emito, variando la velocidad según te dicta tu instinto. Te pido, te ruego, te suplico que no te detengas hasta llevarme al orgasmo y éste llega con la fuerza de un vendaval. Apenas me repongo te indico que ocupes tú el lugar en el sillón. Sosteniéndome de la cabecera, me trepo y me paro delante tuyo y acerco mi cadera a tu cara, descendiendo hasta que él alcanza mi vulva con su boca.

Das besos lentos, pequeños, suaves a mi clítoris y a mis labios vaginales. Te explico que ahora te darás cuenta que estoy muy excitada porque mi vagina está sumamente lubricada:

–Bébeme, Gustavo Adolfo. Es mi néctar y te lo brindo como ofrenda a las caricias que me estás regalando. Bebe cuanto quieras.

Te oigo gemir y suspirar, mi muchachito lindo, mi potrillo. Noto tus estremecimientos. Libas con la avidez de un niño sediento, regodeándose en cada gota, disfrutando de mi sabor, embriagándose con mi aroma más íntimo. Froto mi vagina contra tu cara, indicándote que quiero tu lengua dentro de mí, tus manos en mis pechos.

¡Anda, lame a voluntad! ¡Cómeme sin parar! Sigue con esos lengüetazos constantes y precisos. ¡Vaya que aprendes rápido, mi niño!

Cuando noto que un nuevo orgasmo se avecina, con las piernas temblando, me levanto un poco y me acuclillo sobre tu sexo erecto, plantando ambos pies a cada lado de tu pelvis. Permanezco agarrada con una mano a la cabecera del sillón, mientras que con la otra dirijo tu sexo y lo meto en mi vulva. Empiezo a subir y bajar rítmicamente, penetrándome con mayor profundidad cada vez. Muevo las caderas en círculos, abarcando todo mi interior. Me agacho hasta donde puedo y me levanto al punto de que tu sexo casi sale de mí. La fuerza con que aferras mis caderas aumenta mi excitación y a ti, te enloquece. Ambos acabamos casi al mismo tiempo, repitiendo como posesos, el nombre del otro.

¡Qué delicia es enseñarte, mi hermoso jovencito! ¿Qué haremos la próxima vez? Algo se me ocurrirá.

jueves, 5 de julio de 2007

Primera vez I



–Ana, este es mi hijo mayor, Gustavo Adolfo –dices–. Ayer cumplió dieciocho años.

–¡Felicitaciones, Gustavo Adolfo! –le digo, y sin más me acerco a tu hermoso muchacho y le estampo un beso en la mejilla. Luego te beso a ti y les franqueo la entrada a mi apartamento. ¡Cielos! Ver tus adoradas facciones en un rostro más joven me causa una emoción que no sé si podré disimular.

–Gracias, señora –me responde el joven, sonrojándose.

–Por favor, no me digas señora. Sé que tengo varios años más que tú, pero haces que parezcan siglos si me tratas de esa manera. Siéntate, por favor, ponte cómodo.

–Está bien, señora –repite con un cierto embarazo.

En esto sí que no se parece en lo absoluto a ti, siempre tan decidido y seguro de ti mismo. Pero es comprensible, es tan joven.

–Ana, llámala Ana. Es una vieja amiga mía y estoy seguro de que le gustará que la llames así –le explicas.

–Gustavo, qué poco caballero eres. Lo de “vieja amiga” es un modo de decir. Prefiero matizar con una frase del tipo “nos conocemos desde hace tiempo” o algo por el estilo.

–Cierto. Se ve que papá es más viejo que tú, Ana –comenta, sonriendo una vez más y diciendo mi nombre con vacilación–. Cualquiera puede ver que te lleva por lo menos veinte años.

–¡Igual a tu padre! –río, divertida–. Se nota que eres hijo suyo, Gustavo Adolfo, con esa labia que tienes. Pero no me lleva tantos años, apenas diez ¿o son quince? ¿veinte? –comento, mientras te escucho protestar y te veo amenazando a tu hijo con darle un coscorrón.

El muchacho me agrada. Me gusta. Es tan atractivo como tú. Ambos tienen la misma tez bronceada, grandes ojos marrones y sonrisa seductora. Definitivamente se parece mucho a ti cuando nos conocimos y comenzamos a frecuentarnos. ¿Cuánto hace de eso? ¿Quince años? ¡Cómo pasa el tiempo! En realidad, pensándomelo mejor, me gusta mucho ese jovencito.

Les ofrezco algo de beber, sirvo tres tragos y nos sentamos a hablar. Intercambiamos algunas frases de cortesía. Minutos después, llama tu teléfono celular. ¡Ese condenado aparato! Ves la pequeña pantalla, respondes y te apartas un poco para hablar sin interrupciones. Gustavo Adolfo y yo seguimos conversando. Es un chico inteligente e ingenioso. Basta que le hable de algo que le interesa para ver cómo sus ojos brillan y busca en su mente una buena respuesta, por lo general acertada.

–Debo salir un momento –nos explicas–. Me llamaron de la oficina, pues necesitan que atienda algo urgente.

–¡Ah, qué lástima! Con lo buena que estaba la conversación –se lamenta tu hijo–. Preferiría quedarme aquí, charlando con Ana, que ir a tu oficina. Ya me imagino lo que me dirán todos tus colegas sobre mi cumpleaños, las mujeres, la bebida y todo eso.

–Puedes quedarte y luego tú lo recoges –me apresuro a decirles–. Si así lo deseas y a ti no le molesta venir después.

–No, en lo absoluto –me respondes–. Por el contrario, te lo agradecería y mucho.

Todo va saliendo como lo habíamos planificado tú y yo hace varias semanas. Me contaste que tu hijo estaba por llegar a la mayoría de edad, confiándome tus preocupaciones de que no tuviera mucha experiencia con las mujeres o de que estuviera adquiriendo conocimientos totalmente equivocados. Sabía que si me lo estabas contando, era porque necesitabas de mi ayuda pero no encontrabas la forma de plantearlo. Por eso te sugerí que yo podía ocuparme de su educación sexual. En fin de cuentas, no haría otra cosa que devolverte las enseñanzas que tú comenzaste a darme cuando yo tenía más o menos la edad de tu hijo.

–Entonces, no se hable más. Gustavo Adolfo se queda aquí conmigo, tú te vas a la oficina y cuando hayas resuelto lo que debas atender, regresas por él. Así no tiene que soportar las bromas pesadas de tus compañeros de trabajo, quienes ya de por sí son bastante pesados.

–Me has salvado la vida, Ana. Eres mi heroína –agrega Gustavo Adolfo con tono divertido.

–Bien, los dejo. A ti en excelentes manos, muchacho, de eso estoy seguro. A ti no sé con certeza, Ana, porque este es hijo mío y no me fiaría mucho de sus buenas maneras –dices, encaminándote hacia la puerta–. Yo que tú mantendría las piernas bien cerradas, porque es capaz de saltarte encima.

–¡Papá, por favor! –exclama él, con las mejillas hechas dos brasas.

–Tú siempre tan delicado, Gustavo –te replico, acompañándote–. Vete ya y déjanos conversar con tranquilidad.

–Sí, me voy. Sé cuando estoy de más –dices, fiel a tu costumbre de tener siempre la última palabra.

Entre risas y bromas, cierro la puerta y le pregunto a Gustavo Adolfo si quiere otro trago. Me responde que sí, sirvo uno para él y otro para mí, regreso y me siento a su lado en el amplio sofá. Intento llevar la conversación hacia un tema más íntimo, preguntándole si tiene novia. El muchacho no es nada tonto, así que va directamente al grano:

–¿Desde cuándo son amantes tú y papá, Ana.

No veo ninguna razón para ocultarle la verdad, así que le respondo con la misma franqueza:

–Desde hace quince años, Gustavo Adolfo. Nos conocimos cuando yo tenía poco menos de dieciocho años y fue un verdadero flechazo. No era el primer hombre con quien estaba, pero sí el primero de quien me enamoré.

–¿Y desde entonces ha sido el único? –sigue preguntando, con esa mente sagaz y facilidad de expresión que lo caracterizan.

–No, no ha sido el único. En dos ocasiones terminamos y estuvimos alejados durante varios meses. Una de ellas duró casi dos años y tuve otra pareja. Aunque no dejé de amarlo y por eso volví con él.

La próxima pregunta sí que me deja de piedra:

–¿Y ahora te pidió que también seas mi amante?

Sé que cualquier cosa que suceda después dependerá por completo de la respuesta que le dé y no logro encontrar la forma adecuada de contestarle. No quiero herir la hombría incipiente de este atractivo muchacho, hijo del hombre que amo, ni traicionar la confianza que has depositado en mí. Opto por una solución que me dé tiempo para seguir pensando:

–No, Gustavo Adolfo, tu padre no me pidió que me convirtiera en tu amante –le respondo, haciendo acopio de toda la serenidad que puedo reunir–. Sólo me pidió que conversara contigo y averiguara si has tenido experiencia con las mujeres.

–¿De veras? –replicas, no muy convencido.

En vista de que me ha resultado bien hasta ahora, una vez más opto por la sinceridad:

–A decir verdad, fui yo quien le propuso que podía ocuparme de tu educación sexual.

–¿De veras? –repites, esta vez el tono de tu voz y la expresión de tu cara son diferentes–. Esta sí que es una sorpresa

–¿Y te gustaría? –pregunto dubitativa.

–Sí, me encantaría, Ana –me responde, sonriéndome de una manera que replica a la perfección tus magníficas sonrisas–. Si tú estás de acuerdo y si tú lo deseas.

Para demostrarle mi buena disposición, me acerco a él y lo beso en la boca. Noto que está ansioso por tocarme, me separo un poco para decirle:

–Comenzaremos con los besos. Deja que te bese yo, Gustavo Adolfo.

Le tapo los ojos con mis manos. Deseo que no se distraiga con lo que ve o con lo que espera que yo haga. Prefiero que se concentre en las sensaciones de su cuerpo, que sienta la cercanía del mío, que deje fluir el deseo que va naciendo entre los dos. Procedo a cubrirle todo el rostro con besos ligeros, como si una mariposa rozara los pétalos de una flor mientras vuela por un jardín.

Sigo besándolo y llego a su boca, allí me detengo. Durante un buen rato recorro con delicadeza sus labios con los míos, lamiendo y besando hasta que él abre los suyos. Succiono suave y lentamente su labio inferior para luego recorrerlo con la lengua y llegar a la comisura, la cual también succiono delicadamente. Acerco mi boca a su oído y le susurro con voz ronca:

–Imagina que estoy con mi boca en otra parte de tu cuerpo.

–Sí, sí –me dice–. Sigue así, Ana.

Ahora chupo el labio superior de la misma forma en que hice con el inferior. Alterno las succiones a uno y otro labio, tomándome mi tiempo para cada uno. Al escuchar sus gemidos, meto mi lengua en su boca al encontrar la suya comienzo a chuparla con suavidad y lentitud al principio, luego poco a poco aumento el ritmo.

Entonces retiro mis manos de sus ojos. Le toco la cara y el cuello, dirigiéndome hacia su pecho. Desabotono uno a uno los botones de su camisa mientras le voy acariciando el pecho, cada botón un beso, una lamida o un mordisco. El chico gime y se estremece bajo mi boca y mis manos. Repite mi nombre una y otra vez, pidiéndome que me ocupe de su sexo, el cual abulta bajo la tela del pantalón. Por única respuesta me pongo de pie, y le tomo la mano.

–Ven conmigo –le digo, y lo guío a mi recámara–. Dame un instante y quédate quietecito ­–le pido antes de encerrarme en el baño. En pocos segundos me quito la ropa y me pongo el camisón de satén que me regaló su padre. –¿En qué estábamos? –pregunto, acercándome a él, que no puede quitar sus ojos de mi escote.

Me arrodillo ante él, desato el cinturón, desabrocho el botón y bajo la cremallera. Beso la piel alrededor del slip para luego quitárselo, dejando su sexo erecto al descubierto. Lo tomo entre mis manos y acaricio el glande de manera similar a como besé y lamí su boca: lenta y suavemente. Poco a poco voy engulléndolo, hasta tenerlo todo en la boca. Comienzo a hacer de tal manera que se sienta en el paraíso. No quiero ser brusca. Lamo, chupo, presiono, aflojo, acaricio... Lo llevo hasta el límite y lo freno en el último instante.

Dejo de lamerlo. Lo engullo y me dedico a mover la cabeza de arriba a abajo, metiendo y sacando el sexo duro y palpitante de mi boca. Luego lamo y succiono de nuevo, mientras acaricio sus testículos y su pecho y él empuja las caderas, embistiendo mi boca con su sexo.

El chico no deja de repetir mi nombre entre gemidos de placer y peticiones de que siga:

–Ana, no te detengas. Ana, Ana... ¡Ana! –gime.

No tengo ninguna intención de parar; muy por el contrario, aumento tanto el ritmo como la fuerza de mis caricias.

En pocos minutos Gustavo Adolfo Jr. acaba en mi boca. Con gusto bebo todo su semen blanquecino y de sabor dulzón. Sé que para ambos ha sido una experiencia muy excitante. Yo estoy dispuesta a repetirla y quisiera saber si él siente el mismo deseo. Me levanto, lo beso en la boca y le pregunto al oído:

–¿Nos vemos mañana y continuamos?