sábado, 25 de agosto de 2007

Ni muerta ni de parranda



Sé que descuidé mi propio blog por más de un mes, dejando de publicar aunque fuera una línea. También estoy consciente de que no se puede desaparecer así por así, sin tan siquiera dar una breve explicación a los lectores. ¿Qué les puedo decir al respecto? Parafraseando una canción que me gusta mucho “no estaba muerta ni andaba de parranda”. Es sólo que mi nuevo trabajo me tenía agobiada y no me dejaba tiempo para prácticamente nada. Pero ahora que el período de prueba concluyó, regreso a mi blog .

Besos.

jueves, 19 de julio de 2007

Primera vez y II



A media tarde del día siguiente a tu primera visita, suena el timbre de la puerta y voy a abrir. Ya estoy preparada con mi corto camisón de satén. Sé que estás del otro lado de la puerta. Me topo contigo. Gustavo Adolfo, mi querido, vienes para que continúe enseñándote las artes del amor. Admiro tus ojos marrones, la tez bronceada y esa encantadora sonrisa que me hacen recordar tanto a mi amante desde hace quince años –tu padre– y artífice de nuestro primer encuentro. Aunque no estoy muy segura de que sepa de esta segunda visita y eso –al menos en lo que a mí respecta–, le agrega mayor atractivo al hecho.

Nos abrazamos y besamos, allí mismo, a la entrada de mi apartamento. A leguas puedo percibir tanto la excitación como el nerviosismo de ti, mi guapo muchacho. Me digo que debo hacer algo para disminuir nuestra ansiedad, uno de los peores enemigos del sexo.

Como el día anterior, cuando llegaste con Gustavo, te invito a entrar y sentarte en el sillón tapizado con flores. Ese, donde suelo sentarme a leer. Converso sobre esto y aquello mientras sirvo dos tragos, tratando de que ni mis palabras ni mis acciones dejen ver el enorme deseo que despiertas en mí, querido. En realidad me atraes tanto que tengo unas ganas enormes de saltarte encima y devorarte a besos, pero debo contenerme. Quiero que ambos nos tomemos el tiempo suficiente para conocernos, explorarnos y descubrirnos juntos. Quiero hacer de ti, jovencito, un amante experto y avezado y para ello debo echar mano de todos mis artilugios, muchos de ellos producto de las enseñanzas de tu padre.

–Anoche no pude dormir pensando en ti, Ana –me comentas. ¡Te ruborizas! Pero puedo presentir tu felicidad.

–Exagerado –te digo, tratando de restarle importancia al comentario.

–Es cierto. Incluso me... ehhh... –vacilas y tus mejillas se encarnan más.

–Anda, dilo... ¿has estado jugando a solas con esas manitas lindas que tienes? –te aliento–. Anda, dime, cuéntame. Que no es para avergonzarte.

–Sí, me masturbé pensando en ti, en tu deliciosa boca y en lo que me hiciste ayer –me respondes, hurtándome tu mirada y sonrojándote de tal modo que me causas una ternura infinita. ¡Ah cuánto deseo besar tus mejillas arreboladas! Te tomo por el mentón y con delicadeza te levanto la cabeza, de modo que nuestros ojos se encuentren cuando te digo:

–Hoy quisiera enseñarte la forma de hacer vibrar a una mujer.

–Quiero aprender cómo hacerte vibrar a ti, Ana, sólo a ti –me dices, mientras te beso en la cara.

–Bien, entonces te mostraré la forma de hacerme enloquecer.

–Eso... eso es lo que quiero –y tu deseo es casi una súplica.

Me acomodo de costado en el sillón y me tiro hacia atrás. En mi mente bullen mil pensamientos y en mi cuerpo el deseo avasallante. ¡Eres tan hermoso! Te reclinas sobre mí y me besas en la boca. Mientras nuestras lenguas se saborean y conquistan una vez más, te desnudo con sumo cuidado. Logro deshacerme de tu abrazo por un instante, eres pura pasión, pero debo explicarte algo:

–Ahora me recostaré y poco a poco te iré diciendo que hacer.

Me tiendo de espaldas, abriendo las piernas y apoyando un pie en el borde y el otro en el apoyabrazos. Te indico que te arrodilles frente a mí, entre mis piernas y comienzo a dirigir tus movimientos:

–Apoya la base de tu mano izquierda aquí, sobre el hueso púbico, justo donde empieza a nacer el vello, y con tus dedos índice y medio abre los labios de mi vulva.

Al primer contacto de tu mano con mi sexo me estremezco.

–¡Ummm, es una vista estupenda! Tu sexo es hermoso, Ana –exclamas, bajando la cabeza para plantarme un beso en pleno monte de Venus. –Con la piel tan suave... tan delicada. ¡Y tu olor! Me embriagas.

Siento mi sexo humedecerse a medida que vas hablando. Veo la admiración en tu cara y no puedo más que admirarme yo también de lo hermoso que eres, de tus modales suaves y del estupendo entendimiento que va naciendo rápidamente entre nosotros. El instinto –¡Ah, el maravilloso instinto!– te lleva a presionar tu mano hacia abajo. La presión es mínima y sin embargo la reacción que provoca en mí es enorme: vuelvo a estremecerme y suspiro, abriendo más las piernas.

–Ahora, coloca el índice y el dedo medio de la otra mano a ambos lados del botón del clítoris. Así, como si lo atraparas entre tus dedos. Muévelos y apriétalos con la mayor suavidad y lentitud que te sea posible.

–¿Así?– me preguntas con tanta delicadeza como cada una de tus caricias. –¿Te gusta así, Ana? Por favor, dime si te gusta de esta manera.

Tus movimientos son seguros y acertados. En medio de la enorme excitación que me embarga no dejo de maravillarme de tu buena disposición para seguir mis indicaciones o para aventurarte a probar algo por pura intuición. Presiento que serás un amante excelente y quisiera que fueras mío de ahora en adelante. Te contesto entre suspiros:

–Sí, justamente así como lo estás haciendo.

Tus manos me enloquecen! Me están proporcionando un placer sin igual, lo siento cómo me va ganando el cuerpo, aletargando mi mente, adentrándose en mi alma. La sangre fluye rápidamente por mis venas y el clítoris se hincha, palpitando, agradeciendo la atención que está recibiendo. Cierro los ojos y por unos minutos me abandono a tus caricias, luego te digo:

–Humedécete el pulgar y el índice con tu saliva o con el líquido de mi vagina. Vuelve a colocarlos a ambos lados del clítoris y tuércelo muy, muy despacio, para después ir acelerando poco a poco.

¡Buen niño! Me obedeces. Haces como te voy indicando. Sigues atento los movimientos de mi cuerpo y los sonidos que emito, variando la velocidad según te dicta tu instinto. Te pido, te ruego, te suplico que no te detengas hasta llevarme al orgasmo y éste llega con la fuerza de un vendaval. Apenas me repongo te indico que ocupes tú el lugar en el sillón. Sosteniéndome de la cabecera, me trepo y me paro delante tuyo y acerco mi cadera a tu cara, descendiendo hasta que él alcanza mi vulva con su boca.

Das besos lentos, pequeños, suaves a mi clítoris y a mis labios vaginales. Te explico que ahora te darás cuenta que estoy muy excitada porque mi vagina está sumamente lubricada:

–Bébeme, Gustavo Adolfo. Es mi néctar y te lo brindo como ofrenda a las caricias que me estás regalando. Bebe cuanto quieras.

Te oigo gemir y suspirar, mi muchachito lindo, mi potrillo. Noto tus estremecimientos. Libas con la avidez de un niño sediento, regodeándose en cada gota, disfrutando de mi sabor, embriagándose con mi aroma más íntimo. Froto mi vagina contra tu cara, indicándote que quiero tu lengua dentro de mí, tus manos en mis pechos.

¡Anda, lame a voluntad! ¡Cómeme sin parar! Sigue con esos lengüetazos constantes y precisos. ¡Vaya que aprendes rápido, mi niño!

Cuando noto que un nuevo orgasmo se avecina, con las piernas temblando, me levanto un poco y me acuclillo sobre tu sexo erecto, plantando ambos pies a cada lado de tu pelvis. Permanezco agarrada con una mano a la cabecera del sillón, mientras que con la otra dirijo tu sexo y lo meto en mi vulva. Empiezo a subir y bajar rítmicamente, penetrándome con mayor profundidad cada vez. Muevo las caderas en círculos, abarcando todo mi interior. Me agacho hasta donde puedo y me levanto al punto de que tu sexo casi sale de mí. La fuerza con que aferras mis caderas aumenta mi excitación y a ti, te enloquece. Ambos acabamos casi al mismo tiempo, repitiendo como posesos, el nombre del otro.

¡Qué delicia es enseñarte, mi hermoso jovencito! ¿Qué haremos la próxima vez? Algo se me ocurrirá.

jueves, 5 de julio de 2007

Primera vez I



–Ana, este es mi hijo mayor, Gustavo Adolfo –dices–. Ayer cumplió dieciocho años.

–¡Felicitaciones, Gustavo Adolfo! –le digo, y sin más me acerco a tu hermoso muchacho y le estampo un beso en la mejilla. Luego te beso a ti y les franqueo la entrada a mi apartamento. ¡Cielos! Ver tus adoradas facciones en un rostro más joven me causa una emoción que no sé si podré disimular.

–Gracias, señora –me responde el joven, sonrojándose.

–Por favor, no me digas señora. Sé que tengo varios años más que tú, pero haces que parezcan siglos si me tratas de esa manera. Siéntate, por favor, ponte cómodo.

–Está bien, señora –repite con un cierto embarazo.

En esto sí que no se parece en lo absoluto a ti, siempre tan decidido y seguro de ti mismo. Pero es comprensible, es tan joven.

–Ana, llámala Ana. Es una vieja amiga mía y estoy seguro de que le gustará que la llames así –le explicas.

–Gustavo, qué poco caballero eres. Lo de “vieja amiga” es un modo de decir. Prefiero matizar con una frase del tipo “nos conocemos desde hace tiempo” o algo por el estilo.

–Cierto. Se ve que papá es más viejo que tú, Ana –comenta, sonriendo una vez más y diciendo mi nombre con vacilación–. Cualquiera puede ver que te lleva por lo menos veinte años.

–¡Igual a tu padre! –río, divertida–. Se nota que eres hijo suyo, Gustavo Adolfo, con esa labia que tienes. Pero no me lleva tantos años, apenas diez ¿o son quince? ¿veinte? –comento, mientras te escucho protestar y te veo amenazando a tu hijo con darle un coscorrón.

El muchacho me agrada. Me gusta. Es tan atractivo como tú. Ambos tienen la misma tez bronceada, grandes ojos marrones y sonrisa seductora. Definitivamente se parece mucho a ti cuando nos conocimos y comenzamos a frecuentarnos. ¿Cuánto hace de eso? ¿Quince años? ¡Cómo pasa el tiempo! En realidad, pensándomelo mejor, me gusta mucho ese jovencito.

Les ofrezco algo de beber, sirvo tres tragos y nos sentamos a hablar. Intercambiamos algunas frases de cortesía. Minutos después, llama tu teléfono celular. ¡Ese condenado aparato! Ves la pequeña pantalla, respondes y te apartas un poco para hablar sin interrupciones. Gustavo Adolfo y yo seguimos conversando. Es un chico inteligente e ingenioso. Basta que le hable de algo que le interesa para ver cómo sus ojos brillan y busca en su mente una buena respuesta, por lo general acertada.

–Debo salir un momento –nos explicas–. Me llamaron de la oficina, pues necesitan que atienda algo urgente.

–¡Ah, qué lástima! Con lo buena que estaba la conversación –se lamenta tu hijo–. Preferiría quedarme aquí, charlando con Ana, que ir a tu oficina. Ya me imagino lo que me dirán todos tus colegas sobre mi cumpleaños, las mujeres, la bebida y todo eso.

–Puedes quedarte y luego tú lo recoges –me apresuro a decirles–. Si así lo deseas y a ti no le molesta venir después.

–No, en lo absoluto –me respondes–. Por el contrario, te lo agradecería y mucho.

Todo va saliendo como lo habíamos planificado tú y yo hace varias semanas. Me contaste que tu hijo estaba por llegar a la mayoría de edad, confiándome tus preocupaciones de que no tuviera mucha experiencia con las mujeres o de que estuviera adquiriendo conocimientos totalmente equivocados. Sabía que si me lo estabas contando, era porque necesitabas de mi ayuda pero no encontrabas la forma de plantearlo. Por eso te sugerí que yo podía ocuparme de su educación sexual. En fin de cuentas, no haría otra cosa que devolverte las enseñanzas que tú comenzaste a darme cuando yo tenía más o menos la edad de tu hijo.

–Entonces, no se hable más. Gustavo Adolfo se queda aquí conmigo, tú te vas a la oficina y cuando hayas resuelto lo que debas atender, regresas por él. Así no tiene que soportar las bromas pesadas de tus compañeros de trabajo, quienes ya de por sí son bastante pesados.

–Me has salvado la vida, Ana. Eres mi heroína –agrega Gustavo Adolfo con tono divertido.

–Bien, los dejo. A ti en excelentes manos, muchacho, de eso estoy seguro. A ti no sé con certeza, Ana, porque este es hijo mío y no me fiaría mucho de sus buenas maneras –dices, encaminándote hacia la puerta–. Yo que tú mantendría las piernas bien cerradas, porque es capaz de saltarte encima.

–¡Papá, por favor! –exclama él, con las mejillas hechas dos brasas.

–Tú siempre tan delicado, Gustavo –te replico, acompañándote–. Vete ya y déjanos conversar con tranquilidad.

–Sí, me voy. Sé cuando estoy de más –dices, fiel a tu costumbre de tener siempre la última palabra.

Entre risas y bromas, cierro la puerta y le pregunto a Gustavo Adolfo si quiere otro trago. Me responde que sí, sirvo uno para él y otro para mí, regreso y me siento a su lado en el amplio sofá. Intento llevar la conversación hacia un tema más íntimo, preguntándole si tiene novia. El muchacho no es nada tonto, así que va directamente al grano:

–¿Desde cuándo son amantes tú y papá, Ana.

No veo ninguna razón para ocultarle la verdad, así que le respondo con la misma franqueza:

–Desde hace quince años, Gustavo Adolfo. Nos conocimos cuando yo tenía poco menos de dieciocho años y fue un verdadero flechazo. No era el primer hombre con quien estaba, pero sí el primero de quien me enamoré.

–¿Y desde entonces ha sido el único? –sigue preguntando, con esa mente sagaz y facilidad de expresión que lo caracterizan.

–No, no ha sido el único. En dos ocasiones terminamos y estuvimos alejados durante varios meses. Una de ellas duró casi dos años y tuve otra pareja. Aunque no dejé de amarlo y por eso volví con él.

La próxima pregunta sí que me deja de piedra:

–¿Y ahora te pidió que también seas mi amante?

Sé que cualquier cosa que suceda después dependerá por completo de la respuesta que le dé y no logro encontrar la forma adecuada de contestarle. No quiero herir la hombría incipiente de este atractivo muchacho, hijo del hombre que amo, ni traicionar la confianza que has depositado en mí. Opto por una solución que me dé tiempo para seguir pensando:

–No, Gustavo Adolfo, tu padre no me pidió que me convirtiera en tu amante –le respondo, haciendo acopio de toda la serenidad que puedo reunir–. Sólo me pidió que conversara contigo y averiguara si has tenido experiencia con las mujeres.

–¿De veras? –replicas, no muy convencido.

En vista de que me ha resultado bien hasta ahora, una vez más opto por la sinceridad:

–A decir verdad, fui yo quien le propuso que podía ocuparme de tu educación sexual.

–¿De veras? –repites, esta vez el tono de tu voz y la expresión de tu cara son diferentes–. Esta sí que es una sorpresa

–¿Y te gustaría? –pregunto dubitativa.

–Sí, me encantaría, Ana –me responde, sonriéndome de una manera que replica a la perfección tus magníficas sonrisas–. Si tú estás de acuerdo y si tú lo deseas.

Para demostrarle mi buena disposición, me acerco a él y lo beso en la boca. Noto que está ansioso por tocarme, me separo un poco para decirle:

–Comenzaremos con los besos. Deja que te bese yo, Gustavo Adolfo.

Le tapo los ojos con mis manos. Deseo que no se distraiga con lo que ve o con lo que espera que yo haga. Prefiero que se concentre en las sensaciones de su cuerpo, que sienta la cercanía del mío, que deje fluir el deseo que va naciendo entre los dos. Procedo a cubrirle todo el rostro con besos ligeros, como si una mariposa rozara los pétalos de una flor mientras vuela por un jardín.

Sigo besándolo y llego a su boca, allí me detengo. Durante un buen rato recorro con delicadeza sus labios con los míos, lamiendo y besando hasta que él abre los suyos. Succiono suave y lentamente su labio inferior para luego recorrerlo con la lengua y llegar a la comisura, la cual también succiono delicadamente. Acerco mi boca a su oído y le susurro con voz ronca:

–Imagina que estoy con mi boca en otra parte de tu cuerpo.

–Sí, sí –me dice–. Sigue así, Ana.

Ahora chupo el labio superior de la misma forma en que hice con el inferior. Alterno las succiones a uno y otro labio, tomándome mi tiempo para cada uno. Al escuchar sus gemidos, meto mi lengua en su boca al encontrar la suya comienzo a chuparla con suavidad y lentitud al principio, luego poco a poco aumento el ritmo.

Entonces retiro mis manos de sus ojos. Le toco la cara y el cuello, dirigiéndome hacia su pecho. Desabotono uno a uno los botones de su camisa mientras le voy acariciando el pecho, cada botón un beso, una lamida o un mordisco. El chico gime y se estremece bajo mi boca y mis manos. Repite mi nombre una y otra vez, pidiéndome que me ocupe de su sexo, el cual abulta bajo la tela del pantalón. Por única respuesta me pongo de pie, y le tomo la mano.

–Ven conmigo –le digo, y lo guío a mi recámara–. Dame un instante y quédate quietecito ­–le pido antes de encerrarme en el baño. En pocos segundos me quito la ropa y me pongo el camisón de satén que me regaló su padre. –¿En qué estábamos? –pregunto, acercándome a él, que no puede quitar sus ojos de mi escote.

Me arrodillo ante él, desato el cinturón, desabrocho el botón y bajo la cremallera. Beso la piel alrededor del slip para luego quitárselo, dejando su sexo erecto al descubierto. Lo tomo entre mis manos y acaricio el glande de manera similar a como besé y lamí su boca: lenta y suavemente. Poco a poco voy engulléndolo, hasta tenerlo todo en la boca. Comienzo a hacer de tal manera que se sienta en el paraíso. No quiero ser brusca. Lamo, chupo, presiono, aflojo, acaricio... Lo llevo hasta el límite y lo freno en el último instante.

Dejo de lamerlo. Lo engullo y me dedico a mover la cabeza de arriba a abajo, metiendo y sacando el sexo duro y palpitante de mi boca. Luego lamo y succiono de nuevo, mientras acaricio sus testículos y su pecho y él empuja las caderas, embistiendo mi boca con su sexo.

El chico no deja de repetir mi nombre entre gemidos de placer y peticiones de que siga:

–Ana, no te detengas. Ana, Ana... ¡Ana! –gime.

No tengo ninguna intención de parar; muy por el contrario, aumento tanto el ritmo como la fuerza de mis caricias.

En pocos minutos Gustavo Adolfo Jr. acaba en mi boca. Con gusto bebo todo su semen blanquecino y de sabor dulzón. Sé que para ambos ha sido una experiencia muy excitante. Yo estoy dispuesta a repetirla y quisiera saber si él siente el mismo deseo. Me levanto, lo beso en la boca y le pregunto al oído:

–¿Nos vemos mañana y continuamos?

sábado, 23 de junio de 2007

Piel de seda


Quisiera ser la enredadera
que sube por tu piel de seda
Beberme tu pasión
Amarte entera
Amante del amor,
Luís Miguel

–Amor, ¿puedes venir?

Me llamas desde el cuarto de baño con tu voz seductora, adornada en esta oportunidad por un toque juguetón.

–Claro, Alicia, ahora mismo voy –te respondo.

Es una de esas tardes de domingo, tan tranquilas que hay quien las llamaría aburridas. No hago más que dar vueltas en la cama, después de haber intentado leer el periódico y darme cuenta de que había empezado por lo menos cinco veces el mismo artículo sin entender siquiera de qué trata el título. Estoy más pendiente de lo que sucede en el baño, tratando de descubrir por los sonidos lo que estás haciendo.
Así que tu pregunta llega como caída del cielo. No es que pueda ir, sino que quiero. En realidad, me muero de las ganas de estar contigo, aunque sea solo para verte mientras cumples con tu larga y detallada rutina de belleza. Me levanto rápidamente de la cama y me dirijo al baño, al tiempo que te pregunto:

–¿Necesitas algo, cariño?

–Sí, Ana, tu compañía –me contestas.

Entonces apuro el paso.

–¡Voy corriendo, amada mía! –te digo en son de broma, para disimular el hecho de que prácticamente corro hacia ti.

Te encuentro sumergida en la amplia bañera, cubierta por una enorme capa de espuma blanca y fragante. El aire de la sala de baño está impregnado del exquisito aroma de la esencia y el gel de baño que estás usando. Me siento en el borde de la bañera, meto la mano en el agua y la muevo para hacer más espuma. Olfateo y, reconozco el aroma.

–¡Lavanda! –exclamo, sorprendida.

–Sí, lavanda –respondes–. ¿Por qué te sorprende?

–Por lo general, usas esencias más fuertes, estimulantes. Esta es relajante –digo.

–Es verdad, pero hoy quiero relajarme –me respondes, juguetona–. En realidad deseo que nos bañemos juntas. ¿Te gustaría?

No me hago de rogar. Rápidamente me desvisto y me meto en la bañera contigo. Apenas entro, te abrazo y te doy un apasionado beso. Respondes abriendo tu boca y chupándome la lengua, mientras me acaricias el cabello, la cara y el cuello. Me desprendo de tus manos y me acomodo en la bañera, frente a ti.

Entonces empiezas a jugar con tus pies, con ellos me acaricias y me rozas la cara. Te beso uno por uno esos dedos deliciosos de tus pies. Dedos delicados, de uñas pintadas. Sé que es una de tus zonas erógenas preferidas y tú sabes que me colocas cuando juegas con tus pies en mi cuerpo.


Cuando estoy entrando en calor los retiras y te das la vuelta en la bañera. Te pones a mi lado y ahora, juegas con tus manos. Las guías en camino descendente, bajando hasta mis pechos. Entonces empiezas a tocarlos muy suavemente, concentrándote en los pezones que se endurecen al contacto con tus sabios dedos.

Dejo de besarte y te pregunto burlona:

–¿Seguro que quieres relajarte?

­Te ríes descaradamente y me contestas:

–No, no tengo ningunas intenciones de relajarme.

–Ya me parecía a mí –te comento entre risas y vuelvo a besarte, buscando también tus deliciosos pechos.

Nos quedamos abrazadas unos cuantos minutos, besándonos y tocándonos. Sintiendo cómo va creciendo nuestro deseo y con él la pasión de nuestras caricias.

Hasta que me separo de ti y te susurro al oído:
–Siéntate sobre el reborde de la punta y coloca la piernas a cada lado de la bañera.

–¿Qué tienes en mente, mi adorada diablilla? –me preguntas, pero mientras tanto haces lo que te he pedido.

–Ya lo verás –te respondo–. Mejor dicho, ya lo disfrutarás.

Me arrodillo ante ti. Tomo el envase de espuma de afeitar, lo agito y echo una generosa porción sobre mi mano. Te unto el oloroso producto por todo el monte de Venus, mientras tú sonríes y suspiras. Agarro la afeitadora y comienzo a rasurarte. Con mucho cuidado voy estirando la piel y pasando la maquinilla, retirando tanto el vello como la espuma. En poco tiempo tu pubis queda completamente depilado. Lo lavo con suficiente agua para quitar los restos del producto.

–¡Quedó precioso! –te comento, mientras admiro tu sexo extasiada.

–Lo puedo sentir –me dices, pasando tus dedos suavemente por esa piel tan sensible–. Quisiera verme en el espejo.

Haces amago de moverte, pero te pido que permanezcas así:

–Aún no he terminado, Alicia.

Me miras divertida, aunque sigues sentada. Estiras el brazo y agarras un pequeño espejo de mano. Observas cuidadosamente cómo ha se ve tu pubis completamente rasurado.

–Sí, efectivamente quedó precioso. Y no he sentido la menor molestia. Definitivamente, tienes unas manos tan habilidosas...

Ahora sí es verdad que me muero por ganas de besarlo y lamerlo. Sé que después de la afeitada estará muy sensible y que disfrutarás aún más de las caricias que te prodigarán mi lengua, mi boca, mis dientes, mis dedos.

Me inclino un poco más y meto la cabeza entre tus piernas, mientras con los dedos te voy separando los grandes labios. Me detengo unos instantes a contemplar tu interior húmedo y palpitante, que me invita a poseerlo y no puedo resistirme ante esa tentación. Te doy uno, dos, incontables lengüetazos. Siento tu estremecimiento, te aferro por las caderas y continúo.

¡Ah, el sabor de tu sexo en mi boca! Por más esfuerzos que haga, no puedo compararlo ni siquiera con los más exquisitos manjares y pensar que muy pronto me deleitaré con tus mieles. Podría decir con la gloria de tus mieles, porque a eso me saben: ¡a pura gloria! En esta oportunidad soy yo quien se estremece pregustando la delicia que me espera.

Lamo tus labios, gordos y pulposos, una y otra vez. Suave y lento, y un instante después fuerte y rápido. Voy alternando velocidad e intensidad. Luego los mordisqueo hasta que te retuerces y gimes. Entonces comienzo a chupar con fruición. Mi boca se vuelve ventosa que te succiona sin parar.

Mi lengua busca tu botón de placer. Lo encuentro ya erguido, enrojecido y palpitante. Me retiro, apenas un poco. Lo suficiente para deleitarme observándolo, y vuelvo a acercarme. Lo tomo entre los labios para darle un beso suave, lento, pero muy intenso. Oigo tus suspiros y percibo tu respiración agitada. Quiero más. Deseo escucharte gritar, pidiéndome que siga. Así que alterno las succiones con las caricias de la lengua. Puedo oír tu voz, que me pide:

–Sigue, Ana, sigue.

Y yo, que vivo sólo para cumplir tus órdenes, no puedo más que complacerte.

miércoles, 20 de junio de 2007

El baile de máscaras



Dançando te admirei
Per seu sorriso me apaixonei
Nenè marque que en te encontrarei
Meu bem diga se você nao bem

Batucada”, Daniela Mercury

Me habían invitado a una fiesta de disfraces para celebrar la Octavita de Carnaval y desde hacía más de un mes venía planificando y preparando con mucho cuidado lo que usaría esa noche. No quería que fuera algo común y corriente. Deseaba un atuendo muy llamativo, que suscitara la admiración de los presentes, que hiciera que la gente me notara al entrar y luego se acercara a buscarme conversación, que al yo pasar voltearan la cabeza para observarme.

Decidida a sobresalir, mandé a hacer una espectacular fantasía al estilo brasileño, digna del más exigente desfile en el Sambódromo de Río de Janeiro: un elaborado sostén en metalizado que dibujaba circunvoluciones sobre mis pechos, se prolongaba por mi vientre y terminaba en una tanga diminuta que apenas cubría mi pubis, y un penacho adornado con plumas y lentejuelas de mil colores. Me maquillé de una manera que complementara el fantástico atuendo y me encaramé encima de un alto par de sandalias de plataforma.

Pasé una noche maravillosa, divirtiéndome hasta más no poder. Los hombres se desvivían por atenderme e invitarme a bailar, mientras las mujeres se ponían verdes de la envidia. Quizás sea muy pretencioso de mi parte decirlo, pero mi disfraz fue un éxito rotundo y cuando a medianoche la anfitriona anunció que se procedería a escoger a la Reina y el Rey de la fiesta, fui seleccionada de modo unánime. Claro, por el voto de los caballeros; porque estaba segura de no contar con el favor femenino.

Al momento de proclamarme, un desconocido se ubicó detrás de mí. Lo vi por el rabillo del ojo y noté que era alguien vestido con un elegante esmoquin. Se colocó tan cerca que su cuerpo estaba prácticamente pegado al mío y su aliento me rozó la piel de la espalda, cuando me dijo en un susurro:

–¡Felicitaciones!

Junto con el hombre disfrazado de jeque que fue nombrado rey me subí a una pequeña tarima, no muy alta, pero sí lo suficiente como para poder divisar el salón donde estábamos y saludar a los concurrentes. Entonces pude observar con comodidad al desconocido que me había felicitado: Llevaba un antifaz de terciopelo, así como también una capa del mismo color y material y un par de guantes que, desde donde yo estaba, parecían de seda. La única nota de color en su atuendo eran los numerosos collares de cuentas dorados, verdes y morados, típicos del Mardi Gras del barrio francés de New Orleans. Y su acento me sonó a cajún.

Me pregunté quién podía ser y por qué no había hablado o bailado conmigo antes, si todos los hombres asistentes lo habían hecho. Alzó su copa e hizo ademán de brindar por mí. Le agradecí con un gesto de la cabeza, sonriéndole seductoramente. Él apuró su trago, se dio la vuelta y desapareció sin que yo pudiera ver hacia dónde se dirigía. Me quedé sorprendida e intrigada. Hubiese querido descender de la tarima para buscarlo, pero en ese momento nos pedían al Rey y la Reina de la fiesta que bailáramos juntos. Tocaron una samba y no me quedó más que complacer a mis súbditos. Cuando terminamos di una excusa cualquiera y me alejé hacia la barra donde servían las bebidas.

Caminé ansiosa entre las personas, agradeciendo los elogios y las felicitaciones, rechazando nuevas invitaciones a bailar o intentos por entablar conversación, saludando aquí y allá. Mi mente estaba fija en aquel enmascarado. ¿Quién sería?, me preguntaba una y otra vez. Había logrado picar mi curiosidad y, ya saben, ese capricho de que nos atraiga precisamente la persona no se ha interesado en una cuando todos los demás sí lo han hecho.

Por fin llegué a la barra y pedí un enorme vaso de agua con hielo. Necesitaba refrescarme, porque entre la emoción de ser escogida reina, el baile sobre la tarima y la búsqueda de aquel hombre que me intrigaba estaba muy acalorada. Tomé el vaso y me volteé a observar la fiesta desde aquella perspectiva, buscando todavía el antifaz y la capa de terciopelo negro.

Estaba a punto de darme por vencida, cuando lo descubrí sonriéndome ¡desde el otro lado del salón! Iba a fingir no haberlo visto, aparentando indiferencia, pero no podía dejar de mirarlo. Entonces lo vi salir por uno de los ventanales que daba a la terraza. Presurosa me dirigí hacia allí, pero cuando llegué sólo había parejas sentadas en los bancos, besándose y manoseándose, así grupos de jóvenes que contaban chistes y reían a carcajadas. Escuché los silbidos que me dedicaban, pero no les presté mayor atención porque noté que en la esquina más alejada de la terraza brillaba algo.

Me acerqué y descubrí uno de los collares que él llevaba. Lo agarré, tocando esa prenda que había estado alrededor de su cuello, acariciándolo con ganas de que fuese él a quien estaba tocando. ¿Con qué le gusta jugar al gato y al ratón?, me dije, siempre tan pagada de mí misma. Ya verá quién soy yo. Me quedé allí varios minutos, recostada en el barandal, estudiando cuál sería mi próximo paso. Hasta que decidí marcharme y dejar que fuese él quien viniera a mi encuentro. Cuando fui a darme la vuelta, sentí dos manos asirme por las caderas y aquella voz que me obsesionaba desde que la había escuchado minutos antes:

–Te deseo –me dijo sencillamente.

El corazón me dio un vuelco al percibir sus labios cálidos posarse sobre mi nuca y besarme de la manera en que me gusta: suave y con mucha lentitud, como una mariposa que aletea entre las flores. A continuación procedió a lamerme a lo largo de toda la columna, deteniéndose en cada vértebra y chupándola una a una. Aquella lengua de fuego iba despertando “la serpiente del deseo” que según el Tantra está alojada allí y despierta nuestros instintos animales.

Yo temblaba, estremeciéndome con cada nueva caricia, entregada por completo a él. No me importaba que estuviéramos al aire libre, en la terraza de la casa de unos amigos y que cualquiera pudiese vernos. En fin de cuentas aún estábamos celebrando Carnaval y todo estaba permitido. Realmente él había logrado despertar mi instinto animal con sus caricias y yo sólo pensaba en ser poseída por aquel hombre misterioso.

Tomó el collar de cuentas que yo todavía tenía en la mano y me susurró:

–Ahora te haré probar lo que nunca antes has experimentado.

Deslizó el collar entre mis piernas, lo agarró por ambos extremos y comenzó a moverlo hacia atrás y hacia delante muy lentamente, frotando mis labios mayores por encima del tanga.

–Sí, me gusta. Sí –acerté a decirle, entre suspiros, a la vez que apartaba el pequeño trozo de tela para sentir aquella caricia directamente sobre la piel.

–Claro que te gusta –me respondió, mientras seguía acariciándome la entrepierna, ahí, con el collar de cuentas. Agregando: –Desde que te vi supe que eres de esas hembras a quien le gusta probar cosas nuevas, vivir experiencias novedosas, entregarse sin importar a quien, donde o cuando…

–Sí, así es –le dije, intentando voltearme para besarlo.

–No, no –me reprendió con dulzura–. No intentes voltearte. Déjame hacer a mí, por favor.

–Sí – respondí. ¿Qué más podía decirle?

Me pidió que tomara el collar y que siguiera acariciándome como él había estado haciendo, así lo hice. Él procedió a quitarme el sostén de metal y a tomar mis pechos entre sus manos enguantadas. El contacto de la seda con mi piel era algo delicioso, que en realidad nunca antes había experimentado. La fuerza con la cual me acariciaba contrastaba con la suavidad de la tela, pero al mismo tiempo magnificaba la sensación, arrancándome nuevos suspiros.

Luego de algunos minutos volvió a agarrar el collar, ya empapado de los jugos que humectaban mi interior, me dio la vuelta y me colocó de frente a él. No se había quitado el antifaz de terciopelo y por los orificios sólo podía adivinar un par de ojos brillantes, de mirada muy penetrante y sexy. Ahora si me permitió besarlo en los labios, mientras con la mano abría mis otros labios y me acariciaba el clítoris con las cuentas del collar.

–¡Ah, qué sensación más exquisita! –le murmuré al oído.

–Quiero que grites, que te liberes, que me demuestres lo que eres –me dijo–. Una mujer que usa un disfraz como el que llevas tú debe ser capaz de expresarse de una manera más audaz.

–Pero… –empecé a protestar.

–Sin peros, por favor –me pidió de un modo tajante.

Continuó acariciándome con su jueguito del collar, haciendo pasar las cuentas sobre el clítoris y en torno a éste, presionándolo entre dos de ellas. Luego las movía todas sobre mi monte de Venus, logrando que yo gimiera excitada. Aquel hombre sabía utilizar aquel collar a la perfección y me estaba enloqueciendo. Deseaba ser penetrada, pero él se tomaba su tiempo.

Sentí como iba introduciendo varias cuentas en el interior anegado de mi vulva. Las giraba, haciéndome estremecer con la maestría de aquellos dedos. Yo le pedía que no parara:

–Sigue, sigue –le decía.

–Vamos, grita –me pedía él, cada vez más apremiante–. Quiero que grites y me pidas a gritos lo que quiero.

Me quedaba un ápice de vergüenza y por eso no me atrevía a alzar la voz. Temía que me escucharan las demás personas al otro extremo de la terraza. Hasta que llegó un momento en que no ya aguante más y le grité:

–¡Cógeme! ¡Quiero que me cojas!

–Sí, eso es –me respondía satisfecho–. Pídemelo como una hembra. Grítame tu deseo. Libera tu lujuria. Muéstrame quién eres.

–¡Ah! –bramé, mientras acababa pidiéndole más y más.

–Claro que te voy a dar más –me decía él.

Se abrió la bragueta y se bajó tanto el interior como los pantalones. Pude ver su miembro erecto, apuntando hacia mí y le volví a decir:

–¡Quiero que me cojas! ¡Ahora!

El desconocido se sentó en uno de los bancos cercanos, y me subió a horcajadas a sus piernas. Sacó las cuentas que me había metido en la vagina, las cuales ahora destilaban mis jugos, y empezó a metérmelas en el recto, en tanto contaba:

–Una, dos, tres, cuatro –siguió, hasta llegar a siete.

Me penetró de un solo golpe. Empecé a subir y a bajar, montada sobre aquella asta de bandera, que entraba y salía de mí enhiesta y orgullosa, semejante a una lanza que entraba y picaba muy profundo.

–Dime cuando estés por acabar –me ordenó con voz enronquecida.
Seguí subiendo y bajando, cada vez más rápido y más fuerte. Muy pronto sentí aproximarse otro orgasmo, entonces le dije:

–¡Ahora!

Mientras yo acababa, él lentamente fue retirando una a una las cuentas que había introducido en mi recto. En ese momento supe a qué se refería cuando me prometió placeres que nunca antes había probado. No sólo grité, sino que di alaridos de placer a la vez que me estremecía como una posesa y no podía parar de moverme. Veía un claro resplandor en torno nuestro y todo mi cuerpo lanzaba chispas. Entonces lo sentí estremecerse y acabar dentro de mí.

lunes, 11 de junio de 2007

A control remoto




¡Qué viva la imaginación!

No sé a cuál de los dos se nos ocurrió la idea; sólo recuerdo que él quería confirmar, una vez más, el innegable poder que tiene sobre mí y yo deseaba, además de complacerlo, probar algo nuevo. Lo cierto es que aquella tarde nos fuimos a un sex shop, compramos uno de esos novedosos vibradores con telecomando que vimos en las estanterías y en el mismo centro comercial nos dispusimos a utilizarlo.

Entramos a uno de los numerosos cafés, nos sentamos en una de las pocas mesas desocupadas. Esperamos durante varios minutos, hasta que por fin se acercó uno de los mesoneros a traernos el menú. Como no estábamos interesados en lo que comeríamos o beberíamos, apenas lo vimos por encima y ordenamos dos capuccinos.
El sitio estaba abarrotado a esa hora y tardaban mucho en traernos la orden. Mi impaciencia iba aumentando a cada minuto. Tamborileaba los dedos sobre la mesa, me pasaba la mano por el cabello, miraba nerviosa a mi alrededor. Por el contrario, él lucía tranquilo. Encendió un cigarrillo, observó despreocupado las mesas cercanas y me dijo que me tranquilizara.

Intenté serenarme, pero la anticipación de lo que estábamos por hacer me excitaba sobremanera. Cuando ya no pude resistir más me levanté para ir al sanitario de damas. Una vez allí destapé el envoltorio y tomé la mariposa de silicona entre mis manos. Admiré la bella forma y los hermosos colores de las alas, así como la suavidad del material. Toqué la pequeña lengüeta para estimular el clítoris, sin poder evitar un ligero estremecimiento.

Pero lo que más me llamaba la atención del aparato era el pene de gel adherido a la mariposa. Según la publicidad y las instrucciones del empaque este aditamento servía para aumentar la sensación vibratoria, prometiendo “un nuevo estado de locura y excitación”. Lo cual a todas luces era cierto, porque nunca había estado tan agitada como ahora y ni siquiera había empezado a utilizarlo.

Procedí a lavar todo. Me quité las pantys y la tanga que llevaba puesta y coloqué los elásticos alrededor de las caderas, cuidándome de ubicar la mariposa de forma que cubriera todo mi monte de Venus, que la lengüeta quedara en contacto con mi clítoris y el vibrador bien dentro de mí. La primera sensación era de absoluta comodidad. Empinándome un poco, me observé en el espejo del sanitario para ver si las correas elásticas resaltaban a través de la falda que usaba.

–Nada, no se nota absolutamente nada –me dije, muy satisfecha de nuestra nueva adquisición. Tomé el control remoto y presioné el botón de on para probar su funcionamiento. Sentí la suave, lenta y sabrosa vibración dentro y fuera de mi vulva, así como la ligera presión sobre el clítoris. Ni siquiera en el silencio de ese lugar se escuchaba el menor zumbido del aparato funcionando. Aumenté un poco tanto la velocidad como la intensidad. El cambio se notaba a la perfección.

Las ondas me estimulaban el clítoris. Ya lo podía adivinar irguiéndose duro, rosáceo y pulsante fuera de su capuchón, buscando el contacto con aquella lengüeta que encerraba tantas promesas de placer. Los labios mayores también se agitaban con las pulsaciones de la mariposa, que parecía haber cobrado vida y estar revoloteando sobre mi sexo, enardecido por las intensas caricias. Aquellas vibraciones se replicaban en el pene de gel que me penetraba. Sentía cómo ésta se iba humedeciendo, calentándose y transformándose en un órgano vivo que pulsaba, se contraía y latía por voluntad propia.

Yo estaba realmente excitada por lo novedoso y lo atrevido de la situación. Poco a poco fui subiendo la intensidad y la velocidad, llevándolas al máximo. En ese momento cerré los ojos para concentrarme únicamente en lo que estaba sintiendo. Todo mi cuerpo temblaba, haciendo eco de las vibraciones de la lengüeta, la mariposa y el pene. Aquel movimiento oscilatorio se había apoderado incluso de mi cerebro, la cabeza me daba vueltas y tuve que recostarme a la pared para no caer.
Entonces sentí el orgasmo nacer lento pero inexorable en mi interior; creciendo a pasos enormes, decididos, seguros; conquistando valles, montañas, hondonadas y precipicios; aumentando con una fuerza trepidante que devastaba todo ápice de conciencia; expandiéndose hasta lo más recóndito de mi cuerpo entregado por completo a aquel momento lujurioso; hasta que finalmente estalló en cada célula de mi cuerpo, mi mente, mi alma.

Abrumada ante la potencia del clímax, apagué al aparato y me senté en el inodoro, respirando hondo y tratando de recuperar la compostura. Mi entrepierna rezumaba. Retiré la mariposa y el pene, metí dos dedos en mi interior, los empapé bien y los chupé con fruición.

–Sí, ¡es justo lo que queríamos! –exclamé contenta. Me limpié lo mejor que pude y volví a colocarme el aparato. Salí del sanitario, dirigiéndome a nuestra mesa.

Ya me esperaba la taza humeante, el emparedado y él, muerto de curiosidad e impaciente por mi tardanza. Me senté sin decirle nada y fingí acomodarme la media. Tomé el emparedado, le di un mordisco y empecé a masticar con deliberada lentitud.

–¿Qué tal? –me preguntó, aparentando una calma que, yo sabía, estaba muy lejos de sentir.

–Bien –le respondí, fingiendo indiferencia.

–¿Te lo pusiste? –insistió, cada vez más ansioso.

–Sí –le contesté de manera escueta. Quería que experimentara el mismo nerviosismo y expectación que yo había sentido antes. Al parecer lo estaba logrando, porque ahí mismo me lanzó otra pregunta:

–¿Y qué tal?

–Bien, se siente muy bien.

–Estupendo –comentó como al descuido, refugiándose una vez más tras la máscara de despreocupación que había utilizado antes y que casi me había sacado de mis casillas.

Para picar aún más su curiosidad, sonreí enigmáticamente mientras me inclinaba hacia la mesa para agarrar la cucharilla y probar la crema del capuccino. A propósito dejé un poco sobre mis labios y me los relamí, dejando escapar un sonoro suspiro.

–¡Exquisito! –dije, recostándome cómoda en la silla. Entonces dos segundos después inquirió en un tono casi suplicante:

–¿Lo probaste?

Sí – le respondí.

–¿Te gustó? –me miró directamente a los ojos, tratando de leer en ellos la intensidad de la experiencia que hacía apenas unos minutos yo había vivido en la privacidad del sanitario.

–Mucho. Me gustó y lo disfruté mucho –contesté con absoluta sinceridad. Me incorporé en la silla, agregando: –Aquí tienes el control remoto.

–¡Perfecto! Vamos a divertirnos – dijo, acercándose a mí y dándome un tierno beso en los labios.

–Sin embargo, debo advertirte… –decía pero en ese mismo instante y sin previo aviso él activó el aparato. Tuve un sobresalto por lo inesperado e iba a reclamarle, pero recordé que precisamente ese era el propósito de nuestro juego de hoy: dejar que él tuviera el control sobre mí. Bueno, podría decir “que tuviera más control sobre mí”. Así que guardé silencio y me concentré en mis sensaciones, en tanto él se dedicaba a regular la intensidad y la velocidad del aparato mediante el telecomando.

Poco a poco el placer se iba apoderando de mí, a medida que las vibraciones se hacían más o menos intensas y más o menos rápidas por decisión de él. Yo sentía una mezcla de pudor, por estar siendo masturbada en un lugar público abarrotado de gente; de excitación, debido a la perversa situación de encontrarme a su merced; de entrega, ya que estaba absolutamente en sus manos; y de preocupación, porque había experimentado en carne propia la potencia del orgasmo producido por aquel aparato que ahora vibraba dentro de mí y pulsaba contra mi clítoris.

Él movía los controles y me veía fijamente, queriendo adivinar lo que yo estaba sintiendo en ese momento, concentrándose en percibir el efecto de sus cambios en mi cuerpo. Entonces, como me conoce tan bien y sabe que la anticipación me enloquece, decidió anunciarme lo que haría:

–Voy a aumentar… al tope.

Era el momento que tanto temía. El recuerdo del orgasmo aún estaba fresco en mi mente y en mi cuerpo, sólo que no sabía si ahora tendría la misma potencia del anterior y cómo me iba a comportar en caso de que así fuera. Era harto evidente que él estaba disfrutando cada segundo, viendo cómo me debatía entre tantos sentimientos y pensamientos encontrados.

Por una parte, intentaba aparentar calma y naturalidad cuando en realidad mi cuerpo se había transformado en un torbellino. Permanecía recostada del respaldo con las piernas cruzadas, cuando deseaba revolverme en mi asiento y gritar como una desenfrenada, enloquecida por aquel placentero suplicio. Por la otra, quería que él aumentara la velocidad y la intensidad y me hiciera acabar de una vez por todas. Sin embargo, no percibí ningún cambio en las vibraciones; muy por el contrario, sentí apagarse el aparato. Al verlo me topé con su sonrisa burlona.

–¡Bastardo! –murmuré entre dientes, notando cómo el placer y el inminente orgasmo desaparecían.

–¿Te quedaste con las ganas? –preguntó, riéndose ya a carcajadas.

Yo estaba furiosa e hice ademán de arrebatarle el control remoto, pero él me detuvo en seco:

–No, no te atrevas.

Las lágrimas estaban a punto de saltárseme. No podía con el desasosiego ni la rabia. Respiré hondo y le pregunté:

–¿Podemos irnos a casa?

–Creí que querías acabar en público –retrucó, burlándose de mí–. Me habías dicho que era una de tus más anheladas fantasías, por lo cual corrí presuroso a cumplírtela.

–Eso dije, pero ya no lo quiero hacer – le dije, desafiante.

–¿Por qué?

–Hay demasiada gente.

–¿Y eso qué importa?

–Pues… –no encontraba forma de explicarle que aquella fantasía loca que se me había ocurrido ahora me daba vergüenza y temor. Entonces escuché aquella voz dulce, que tanta seguridad me inspiraba:

–Tranquilízate. Pago y nos marchamos a casa.

Efectivamente lo hizo así, sólo que mientras caminábamos por uno de los pasillos –afortunadamente casi desierto–, volvió a encender el aparato. Grité y algunas personas se voltearon a ver qué sucedía. Él aprovechó para recostarme a una columna y apretujarse contra mi cuerpo, en tanto me susurraba al oído:

–Usa tu imaginación, amor. Cierra los ojos y recréate. Sueña que estás en otro sitio, en nuestra casa, en la playa, donde quieras. Usa tu imaginación, puta. Piensa que es mi lengua la que te lame el clítoris, mis manos las que te frotan el pubis, mi sexo el que te está penetrando. Usa tu imaginación, zorra.

–Sí, sí, sí –decía yo, entregada al goce, transportada por aquellas palabras que siempre me calentaban y percibiendo como él regulaba el telecomando según me iba hablando. Su tono de voz dejaba entrever su excitación, aumentando aún más la mía. Volví a sentir la proximidad del clímax y me rendí a él sin la menor resistencia.