lunes, 30 de abril de 2007

A la luz de la luna



Anoche quise tocar el cielo
de lo profundo al más alto vuelo

“Escándalo en tus mejillas”, Yordano

Otra vez tienes insomnio. Cuando sale la luna llena se te hace difícil conciliar el sueño. La luz, filtrándose en la habitación, no te deja dormir. Te percibo –aunque esté despierto o dormido–, dando vueltas y más vueltas en la cama, como buscando ponerte a buen recaudo de esos rayos que parecen perseguirte.
¿Sabes? Al principio me preocupaba por ti. Pero ahora veo que no te desesperas, que te lo tomas con tranquilidad. Hasta creo conocer el ritual que has desarrollado para disfrutar de la falta de sueño.

En esas noches de luna llena, me limito a estarme quieto en la cama, percibiendo tu respiración, observándote cuando te mueves, siguiendo tus pasos cuanto caminas por el cuarto en penumbras. Me deleito en tu manera de transitar el insomnio.

Ahí está: te levantas. De pie frente a las puertas de vidrio que dan al balcón, estiras el cuerpo como una gata. Me da ternura, y aunque no lo adviertas, sonrío. Si hay quienes saludamos al Sol, ¿por qué no hacer lo mismo con la Luna?
Tu piel, pura seda, refulge con la luz cuando abres las puertas y te diriges al balcón, deslizándote hacia la barandilla y de allí oteas el horizonte. ¿Qué estás buscando? ¿Percibes algo? Hay noches en que te he visto olfatear el aire salitroso que debe picarte en la nariz. Un ligero respingo, un estremecimiento. La noche está fresca. Entonces...

Entonces comienzas a acariciarte. Te pasas la punta de los dedos por la cara, los ojos cerrados, quizás concentrándote en los detalles de tu rostro. Tus dedos siguen el perfil de la nariz, dibujas con ellos tus labios y te los llevas a la boca. Te estás humedeciendo los dedos, y te estoy viendo aunque no te des cuenta.
Ahora te recorres el cuello y bajas directamente a tus pechos. Los dedos húmedos trazan círculos alrededor de tus pezones, dos perlas oscuras y brillantes de saliva. Tal como se endurecen tus pezones, empiezo a crecer en mi entrepierna. Te sobas los pechos, echas la cabeza hacia atrás, el cabello cae en cascada, el silencio me trae tus suspiros de la mano de la brisa. Los percibo. Los disfruto.

Decidida, vas sin frenos a tu abdomen y te frotas, eso está claro, tu cuerpo habla más que tus palabras, sus gemidos me llegan en oleadas... Estás meneando las caderas, mujer, me estás enloqueciendo. Me incorporo suavemente, no quiero interrumpir la magia del momento. Es en ese momento cuando veo el reflejo de la luz en la ventana de un apartamento. Ése, el del edificio perpendicular al nuestro.
Quiero verlo.

Me deslizo de la cama y me levanto por tu lado. En puntillas, entro al baño. Quiero asomarme por la ventana y comprobar lo que ya sé. Es el vecino y allí estará, acechando amparado por las sombras, los ojos pegados a los binoculares. Si siente la mitad que yo, lo estás matando, dalo por cierto.

Vuelvo al cuarto y desde las puertas de vidrio, y en un susurro para no sobresaltarte, de llamo:

–Amor –digo. No te sorprende, no te das la vuelta, no te detienes y estoy seguro que me has percibido, has sentido que ahí estaba.

–Dime –respondes.

–¿Sabes que te están viendo? –pregunto por no dejar, ya que sé muy bien que lo sabes. Por eso no dejas de acariciarte y me lo certificas moviendo la cabeza.

–Siento tus ojos clavados en mí.

–No soy sólo yo –digo y, aunque no la veo, imagino tu sonrisa. Me acerco, te rodeo con mis brazos, me pego a tu cuerpo por detrás y te restriego mi dureza en las nalgas. Gimes otra vez. Es el deseo. Está aflorando. –A tu izquierda, un piso más arriba del nuestro –susurro en tu oído.

–Sí, lo veo.

No aguanto más, hechicera insomne, te doy la vuelta. Me hinco de rodillas frente a ti, busco tu sexo y me lo ofreces. Levantas una pierna y la apoyas en mi hombro, me entregas tu humedad y yo la quiero. Te abro los labios y ¿a qué esperar? Allá va mi lengua a lamer tu clítoris, seguida por mis dedos que se pierden en ese hueco que promete placeres. Los muevo. Me acaricias la cabeza, me revuelves el cabello. Tus dedos juegan con mis orejas y se deslizan a mi cuello.
Apremiante y apremiado, hago más rápido el movimiento de los dedos y dibujo círculos concéntricos en tu vulva hasta aprisionar ese botón entre los labios. Eso quieres, lo sé, aquí está. Te estremeces y tu garganta gorgotea, pronuncias mi nombre cuando el orgasmo te estalla y acabas. Y acabas.
Tu piel congestionada, tus ojos de fuego, tu vulva anegada; yo me incorporo, te beso en los labios y en la cara, deslizo mi lengua que sabe a sexo por tu cuello y voy a aprisionar tus pechos.

–¿Quieres entrar? –pregunto, pero imagino la respuesta.

–No. Aquí, a la luz de la luna.

Tus manos me aprisionan por debajo, mi hombría te pertenece ahora y con los dedos, inicias la caricia. Te separo las piernas y otra vez meto mis dedos en tu hueco y los muevo.

–¿Qué está haciendo nuestro mirón? –te intriga.

–Sigue viéndonos –miro hacia esa ventana, como al descuido–. Y se está masturbando –digo.

¿Eso te excita, eh? Tus caricias cada vez más perentorias. Tus manos arrecian el movimiento. Hago lo mismo. Meto y saco más rápido, más fuerte, más profundo y te estremeces otra vez, gimes, aprietas, siento tus jugos empapándome las manos. Es el momento. Saco mis dedos, y te doy la vuelta.
Quiero que nuestro mirón vecino te vea disfrutando y que te ponga como brasa ardiente poder verlo. Te apoyas en el barandal con rapidez y te penetro. Tu vagina está empapada, entro y salgo fácilmente. Le das el frente, y aunque yo también lo veo me murmuras que continúa masturbándose con una mano y con la otra sosteniendo los binoculares. No quiere perderse ni un detalle de nuestro encuentro, el muy bellaco.

Mi excitación aumenta con la suya, te la paso. Te agarro por los hombros y embisto bien profundo. Entro y salgo; salgo y entro hasta que lo siento, te estás viniendo, sí. Ya está... ahora. Te vienes en un orgasmo de esos que te arquean el cuerpo. Te retuerces, de contraes, gritas mi nombre en medio de la noche, mueves las caderas, estás desenfrenada. Ya, lo siento. Estoy por acabar, por darte mi ofrenda.

–Él también está a punto de acabar –me gruñes al oído.

–¿Cómo... lo... sabes? –agitado, te respondo.

–Míralo –dices, y guías mi cara.

Más que verlo lo adivino siguiendo nuestro ritmo con su mano, llegando con nosotros, viniéndose al mismo tiempo. Te embisto una y otra vez, más y más fuerte, hasta que mi semen tibio, espeso, te llena la vagina. Ahora soy yo quien aúlla tu nombre. Tú, suspiras. Estiras el cuerpo, te arqueas en ese final y te volteas. Me abrazas. Eres amorosa.

–Adoro cuando acabas así, llamándome –dices.

–A mí, me encanta hacerlo –digo, mis labios insistentes, con los besos.

Y así nos quedamos un rato. Abrazados, sin dejar de besarnos, acariciándonos los cuerpos, bañados por la claridad y oyendo el rumor de las olas.
¿Nuestro vecino habrá dejado de masturbarse? Posiblemente. Pero no creo que haya soltado los binoculares. No ha dejado de vernos ni siquiera un instante.

–¿Le hacemos ver que lo descubrimos? –te pregunto.

Con esa sonrisa tuya, pura picardía me respondes:

–No, ahora no. Mañana también hay luna llena.

domingo, 29 de abril de 2007

Robert Mapplethorpe



Célebre por sus fotografías en blanco y negro en gran formato, principalmente desnudos y flores. Sus primeros trabajos los realizó utilizando una cámara Polaroid. A mediado de los años setenta, con tecnología de gran formato, comenzó a tomar fotos a un gran número de amigos y conocidos, entre los cuales se contaban numerosos artistas, compositores, actores, gente relacionada con el cine pornográfico, y la escena de clubes de sexo. Durante los años ochenta su fotografía se refinó para dar más énfasis a la belleza formal. Sus temas rondaron en torno a desnudos tanto masculinos como femeninos, naturalezas muertas con flores y retratos de artistas y celebridades. La mayor parte de sus fotografías fueron hechas en su estudio. Su arte fue controversial por la presencia de temas homosexuales, actores del cine pornográfico y elementos de la cultura sado-masoquista. La polémica en torno de su arte no fue casual, Mapplethorpe en una forma intencional buscó tocar estos temas, que con el tiempo fueron utilizados como símbolos de la cultural gay y su lucha por igualdad y reconocimiento.

Tomado de Wikipedia

Ilustración: Lovers II

sábado, 28 de abril de 2007

Al ritmo de tus caderas


Para que se animen a bailar con pasión

Parada frente a mí, tu cuerpo muestra el deseo que bulle en tu interior, anticipándome el vendaval de pasiones que estoy por presenciar y sentir. Otras veces te he visto bailar, mujer, gitana mía. En la escuela de flamenco, presentándote ante el público, en fiestas de familiares o amigos. Siempre un deleite, un verdadero tributo para los sentidos, un privilegio que me provoca profundas emociones. Pero ésta será la primera vez que danzarás sólo para mí, bailaora.

Veo la flor de gasa que sujeta tu cabello oscuro, ala de cuervo, y el resplandor de los aretes de plata que cuelgan de tus orejas. Detalles rebosantes de ese duende que aumenta tanto el embrujo como la seducción. Admiro tu largo cuello y tu cerviz, que no pierden ni un ápice de su fuerza aunque ahora estén doblados. Tienes la mirada fija en el piso, como si me estuvieras robando el placer de mirarme en la profundidad de tus divinas cuencas.

Tu pose me permite contemplar la suave redondez de los hombros echados hacia atrás, resaltando aún más la comba de los pechos grandes, generosos. Senos rotundos. Carnes que suben y bajan al ritmo de tu respiración. Pechos de pezones erectos, dibujados por el pincel del más virtuoso artista. Ahora me niegas la visión de la prometedora zanja de tus senos, cueva de miel y fuego; pero -aun sin verla- en ella me regodeo.

La fina tela de la falda no logra ocultar la curva de tus nalgas redondas e incitantes. Me laten las manos al evocarlas, sintiendo su firmeza bajo mis palmas y la forma en que responden a mis caricias cuando las toco. Imagino tu abdomen pleno, latiendo de expectación. Me provoca posar mi cabeza sobre ese vientre y dejarla allí, hasta el final de los tiempos.

Con gesto coqueto, recoges el borde de la falda hasta la altura del muslo y muestras la pierna izquierda, lanzando hacia el lado derecho las caderas redondas, voluptuosas. Vas descalza, sin tus zapatones de flamenco. ¡Qué pies, mujer! Sublimes de tan fuertes.

Bailaora... apenas empieza la música te giras y clavas en mí tus ojos verde esmeralda, brillantes, húmedos de embeleso, más hermosos a fuerza del gozo de regalarme un baile, tu danza de fuego. No creas que no me doy cuenta de tu gesto, de esa sonrisa villana que se dibuja en tus labios. De cómo los unes en el mohín de un beso y después das un golpe de talón en el piso, con una fuerza que me subyuga. ¡Ah, cíngara fogosa!

L’amour est un oiseau rebelle
Que nul ne peut apprivoisier;
et c’est bien en vain qu’on l’appelle,
s’il lui conviente de refuser..

Con los primeros acordes de Habanera, tu cuerpo delicioso es una serpiente de la tentación delante de mis ojos. ¿Me miras? Sí. No apartas la vista de mí ni tan solo un instante. Tu pie derecho dibuja un círculo sobre el piso y mueves tus caderas hacia la izquierda. Das un golpe de talón más, reclamando mi atención.
¡Como si fuera necesario!

Anda, provócame con tu duende, zalamera. Dibuja otro círculo, ofrécete. Eso, ahora el pie izquierdo y hacia el lado contrario van tus caderas, hablándome de misteriosos placeres.

Rien n’y fait, menace au prière.
L’un parle bien, l’autre se tait;
et c’est autre que je préfère,
il n’a rien dit mais il me plait.

Tus brazos, bailaora. ¡Ay, tus brazos! Dos aves sueltas a vuelo, flores que se abren y se cierran como mi deseo. Tus manos. Cada movimiento, una caricia que me recorre el cuerpo. Tu mirada penetrante, una provocación que no se aparta de la mía, fascinada.

L’amour! L’amour! L’amour! L’amour!!

¡Eso, bailaora! Eso esperaba. Que te quitaras la blusa de un tirón, que la botaras. Que te acariciaras los senos y con tus manos me los ofrecieras, como en bandeja. Que los acercaras a mi boca, para que mi lengua apenas rozara sus pezones y, provocadora, te alejases con los ojos fijos en los míos mientras Bizet me habla de un amor jamás antes conocido:

L’amour est un enfant de Bohème,
Il n’a jamais, jamais connu du loi;
Si tu ne m’aimes pas, je t’aime;
si je t’aime, prends gard à toi!

Ven, camina hacia mí, balancéate, echa la cadera hacia adelante, ofrécete; voltéala hacia atrás, negándote. Gira de izquierda a derecha, transfórmate en deseo. Y a cada paso, con cada taloneo muéstrame tus muslos, descúbreme esas piernas, incítame con toda la impudicia del baile.

Ven, acércate para que perciba tu aroma de hembra en celo y, por favor, mírame. No dejes de mirarme.

L’oiseau que tu croyais surprende
battit de l’aile et s’envola;
L’amour est loin, tu peux l’attendre;
tu ne lattends plus, il est lá!

Te das otra vuelta y giras, quedando de espaldas a mí. Y por el aire vuela la falda, incendiado con el contoneo de tus ancas. De un lado a otro, y el taloneo que machaca mis sentidos –gitana de mis sueños–, como tus miradas por encima del hombro, tus ojos de lujuria.

Aquí estás, toda desnuda.

Te acercas a mí, y mi sangre hierve. Refriegas tus nalgas en mi entrepierna, enajenas mis sentidos, consigues que me pierda.

Tout autour de toi, vite, vite,
il vien, s’en va, puis il revient;
tu crois le tenir, il t’èvite,
tu crois l’èviter, il te tient.

Y con la última vuelta allí estás, de pie frente a mis ojos, las caderas a la altura de mi cara. Apasionada. Impúdica. Salaz. Pura lujuria. Te echas hacia atrás y arqueas el cuerpo ofreciéndome esa cueva abierta, esa humedad que de tan anegada, casi gotea. Sexo abierto que se me ofrece y del cual quiero beber.

L’ amour! L’amour! L’amour! L’amour!

Te dejas aferrar por las caderas, te levanto del suelo. Me devora tu mirada hambrienta. Abres las piernas y te clavo en mi verga enhiesta. Un instante antes del estertor, apenas si puedo susurrar la súplica, que a la vez es orden: "Ven, gitana mía, báilame otra vez esa Habanera".

Ilustración: Óleo Flamenco Dancer III del pintor Fabián Pérez

jueves, 26 de abril de 2007

Champán, por favor




Si yo les nombro la película “Nueve semanas y media”, muy seguramente ustedes recordarán esa famosa escena. Sí, esa misma: Kim Basinger con los ojos vendados y Mickey Rourke sacando toda la comida que encuentra en el refrigerador para ponerla en la boca e incluso esparcirla por el cuerpo de ella. Quizás lo que no sepan es que este juego es un fetiche e incluso tiene nombre. Se llama “sploshing” y consiste en untar al compañero o a una misma con un alimento de consistencia pegajosa, un líquido de nuestra preferencia o una sustancia bien pringosa que al menor roce haga splosh, splosh -precisamente de allí el nombre de marras-, revolcarse en el suelo, sobre la mesa o entre las sábanas y hacer el amor entre el sabor del sirope de chocolate, la miel, el helado de fresa, la nata fresca, la crema Chantilly o el queso crema; la humedad de la leche, el agua, un costoso perfume o una cerveza barata; o los olores del aceite de motor, las pinturas para las paredes, la espuma de rasurar o el barro.

¡Vamos, que la imaginación es libre y los gustos, mientras más variados, mejor!

Sobra decir que para mí La Viuda, claro...

miércoles, 25 de abril de 2007

Puntual



A eso de las cuatro de la mañana,
cuando invade un poco de frío la alcoba
y clarea el alba.

“Ausencia”, Manuel Machado


Aunque esté dormida, por extraño sortilegio, te siento llegar. Vas derecho al grano. Sin preámbulos innecesarios, sin dilación alguna. Tu boca se apodera de mis pechos. Basta el primer contacto de tu lengua para que mis pezones se endurezcan como piedras. ¡Ah! ¡Me has sorprendido otra vez, y no puedo ni quiero resistirme. Besas, chupas, y lames. Aprisionándome un pezón entre los labios, me lo halas; un instante después al otro, me lo muerdes. Me estás sacudiendo la modorra de un plumazo. Gimo como la gata del vecino cuando está en celo, y poco a poco, recupero con cada espasmo un tramo de conciencia.

Lo primero que hacen tus manos –mientras yo aún duermo–, es adueñarse de mis caderas. Palpas, sobas, agarras, me aferras y no sueltas, porque soy tu hembra. Tú me puedes y yo me dejo. Cuando consigo despejarme y abrir los ojos, no hay retorno. Ya me has abierto las piernas, que están sobre tus hombros. Te dispones y bajas a comerme. ¡Esa boca tuya me avasalla! No me abres los labios, me los fuerzas con tu lengua. Me subyugas. Hambriento de carne, me atrapas el clítoris. Sediento de mis jugos, otra vez más besas, chupas, lames. Cuando halas, levanto las caderas y te lo entrego. Cuando muerdes, siento que enloquezco.

Acompañas a tu boca con uno o cuatro dedos y con todo, me haces llegar no una, diez veces y bebes de ese manantial que fluye sin descanso. ¿Ves? Lo presentía: estás sediento. Sigue bebiendo, mi querido, ahí me tienes.

Pero no te sacias. Todavía quieres más.

Para cuando creo estar despierta, ya me has sometido y puesto en cuatro patas. Me acaricias y me lames todo el orificio con la lengua. Adentro, afuera. Chupas, rozas, me lubricas, me preparas. Después... Ah, después... Lo que me quedaba de sueño, se ha esfumado. Apoyas la punta de tu miembro y vas entrando. Primero lentamente. Me estoy abriendo para ti, milímetro a milímetro, hasta que me llenes por completo y te das cuenta.

Sé lo que viene ahora: las embestidas con fuerza y desenfreno. No sólo te dejo, te acompaño. Me muevo sin parar, como una fiera. Sacudo la cabeza, gruño, gimo y clavo mis uñas en la almohada hasta el último impulso, el lanzamiento. Entonces, acabamos. Yo, gritando. Tú, rugiendo. Te complazco, y a ti me entrego.

De momento, satisfecho, te recuestas a mi lado. Tu corazón palpita, el mío se me sale por la boca y entre las nalgas escurre la ofrenda que me has hecho. En las sombras, me reconozco en tus ojos y me impregno del olor y el sabor de los amantes.

A eso de las cuatro de la madrugada, siempre puntual, aparece él: el deseo. Complaciente me rindo a su llegada y él, exigente, se apodera de mí por completo.

martes, 24 de abril de 2007

Helmut Newton


Uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX. Me fascinan el glamour y seducción que impregnan sus fotografías, en las cuales predominan los desnudos femeninos, los tacones de aguja y las mujeres dominantes, orgullosas de su cuerpo.

Título de la fotografía: Big Nude III

lunes, 23 de abril de 2007

Tal para cual


Para ti, navegante experto de mi entregado cuerpo,
porque tú y yo también somos tal para cual.

Hago girar la llave en la cerradura, abro la puerta y te presiento. Sé que estás. Te adivino por tu olor, aunque la sala esté a oscuras.

Sabía que estarías aquí. Me aseguré de que estuvieras. Para eso te llamé muy temprano en la mañana, te dije a qué hora llegaría y aproveché para describirte mi atuendo. Estaba consciente –era premeditado– de que con cada palabra irías saboreando el gusto del encuentro de esta noche: blusa blanca de finas rayas negras bien ceñida a mi talle. Falda negra, apenas un milímetro por encima de las rodillas, como un anticipo de mis piernas firmes y de mis nalgas insolentes. Zapatos negros de punta de tacones rectos y abiertos atrás, para que puedas ver el sonrosado de mis talones descubiertos. Debajo...

¡Ah, debajo llevo el conjunto que me regalaste hace unos días, con la promesa de que lo usaría sólo para tus ojos!

Cuando me vestí, se me anticipó la excitación y el día se hizo eterno, expectante como estaba, imaginando el momento en que descubras el diminuto bikini de encaje, apenas un hilo por detrás y los costados, y un pequeño triángulo que muestra más de lo que oculta. Haciendo juego, un sostén de media copa de encaje, para que desborden mis pechos, y se vislumbren mis pezones que no vacilan en erguirse, duros y ansiosos de miradas; tuyas, por supuesto. Y, como regalo extra, un par de medias blanca, con remates calados en los bordes.

Entro y enciendo la luz. Allí estás, Te veo, sentado en el sofá, esperándome. Acá estoy. Acá están tus “lujuriosos ojos verdes”, como los llamas. Ha llegado tu boca anhelante y te regala su más espléndida sonrisa. Las llaves quedan en el mueble alto junto a la puerta. El bolso, en algún lugar del piso. He llegado, aquí estoy, demos comienzo a nuestro juego preferido.

Con una mano y un sacudón, me suelto el cabello, como sé que te gusta. La cabeza hacia atrás y desarmo en cascada mi larga melena. ¿Es cierto que los tonos castaños sueltan destellos de fuegos fatuos, como sueles decirme?

Para borrar las tensiones del día y para que se resalte la forma de mis pechos, me froto el cuello con una mano y me maravilla comprobar que sigue dando resultado, porque siento que tu respiración se agita y puedo imaginarme tu pene, endureciéndose dentro del pantalón, irguiéndose a medida que se humedece. Sí, sí... sé que este gesto te enloquece, por eso lo hago. ¿O qué creías?

Dos pasos y un fru-fru de mi falda, y me detengo frente al sofá donde te muestras impasible, pero no me engañas. El brillo de tus ojos, el abultamiento en el pantalón, ese jugueteo de los dedos apenas perceptible me hablan de lo que te está pasando aunque –para provocarme–, no pronuncies palabra. Me inclino sobre la mesa del centro, donde espera el vaso de pure malt que me has servido. El tuyo, ya va por la mitad. Estoy sedienta de licor y anhelante de sensaciones. El trago que doy es largo; lo paladeo a medida que voy tragando y sintiendo el ardor en la garganta y el incendio en mi vulva.

Te doy la espalda, porque sé que te provoca y cuando flexiono apenas las piernas para llegar a la hebilla de los zapatos, te sigo mirando a los ojos, con ese desparpajo que te subyuga y que sólo logro frente a ti. Y cuando sonrío, mis labios liberan ese toque de perversión que te alucina. Niña mala. Niña pícara. Sé que te gusta.

Cuando me siento en el sillón frente a ti y cruzo las piernas, deliberadamente te dejo ver más de lo prudente sin quitarte la mirada de encima. Eres duro, me la sostienes, aunque disfraces esa veta de rudeza con un esbozo de sonrisa cómplice. Apuro otro trago de escocés, y me relamo asomando la lengua, recorriendo mis labios. No dejo de observarte, como si tus ojos fueran un espejo y pudiera verme reflejada en ellos y, a la vez, adivinar dónde quieres meterlos. Está bien, te abriré las piernas, te franquearé la entrada.

Un último trago antes de pararme y deslizar la cremallera de la falda, que se escurre hacia el suelo y queda hecha un bollo, junto al pudor, cuando levanto mi pierna izquierda y apoyo el pie en el brazo del sillón. Meneas la cabeza, sinvergüenza. Sabes que ese pequeño triángulo de encaje es exclusivo para ti. Hablamos poco, y nos conocemos mucho. Ambos sabemos qué nos gusta y no es cuestión de andarse con rodeos. El tiempo es oro. “Y ahora, tahúr, prepárate” –pienso–. “Que ahora viene lo mejor”.

Mojo un dedo en el vaso de whisky y jugueteo con el licor y los cubos de hielo. “¿Por dónde empiezo esta vez?”, te pregunto con la mirada.
“Por la boca”, me contesta el gesto de tu cabeza. ¡Bien, así sea! Me lo meto en la boca y lo chupo, como si en vez de mi dedo, fuera tu hombría. Me deleita el sabor y me alucina la imagen oculta de tu miembro cada vez más duro. No necesito verlo, tengo esa certeza.

Me lamo el dedo, pero lo que sientes es que te estoy lamiendo a ti. La lengua sube, baja, serpentea y se retrae. Y con cada movimiento, te agitas, hombre, te estoy viendo. A otra, podría engañarla esa impasibilidad que pareces tener, pero a mí no. Yo sé de tu cuerpo. Lo he recorrido, lo he explorado y luego de que fuera un territorio conquistado, lo he explotado hasta dejarte exhausto. El dedo, ahora, hace el camino para atrás, acaricia mis labios, mientras la lengua se esconde.

Quizás, necesite mojarlo otra vez en el licor, y no vacilo. Me eriza la piel el contacto de los cubos de hielo y ni siquiera necesito preguntar si te ocurre lo mismo. Tus ojos te delatan, porque se han adueñado de mis pechos, y saltan de uno al otro, indecisos sobre cuál tomar primero para hacerle una ofrenda de caricias. Ha llegado el momento de jugar pesado. Con la mano libre, me desabrocho los botones, y ahora leo aprobación en tu mirada. Te leo como un libro abierto, hombre. Aquí está, este el sostén que te gusta, el que me regalaste. ¿Suelto el broche? ¿No lo suelto? Sufre un poco de ansiedad mientras decido, que no te matará, por el contrario. Quiero que la impaciencia te derrita y me hago desear antes de soltar el broche por delante, y liberar mis senos de su prisión de encaje.

¡Oh! Hoy es el turno del izquierdo. ¿Eso quieres? Pues allá voy, con mi dedo obediente y húmedo de alcohol y hielo, a dibujarte líneas exquisitamente voluptuosas en las areolas y en mi erecto pezón izquierdo. Imagino a mi dedo como uno de los pinceles de Picasso mientras pintaba a una niña desnuda sintiéndose un Minotauro. Un pincel empapado y frío.

Cuando con cada mano me aprieto esos endurecidos botones, mis pechos laten y te apunto con ellos. ¡Vamos! Aquí los tienes. Deséalos un poco más. Ofréndame una de tus mejores miradas lujuriosas, de esas que me enloquecen.
Pero me la niegas. Es parte del juego. Te levantas y, como si tal cosa, te sirves otro tanto de licor en tu vaso, como si yo no estuviera allí y lo único importante fuera ese trago.

¿Quieres jugar pesado, eh truhán? Pues vamos, pongamos las cartas sobre la mesa, y apostemos en serio. Lo que queda en mi vaso es el fondo del whisky y los cubos derritiéndose. Meto mis dedos y los hago tintinear, un poco de estimulación auditiva no te vendrá mal, muchacho. Te conozco.

¿Ves? Ha dado resultado. Cuando vuelves a sentarte, no puedes evitar que tus ojos se vayan directo a mi raja. ¿Creías que ibas a poderme? Ahora soy yo la que sonríe, satisfecha. Y ahí va otra carta. Me despojo de la ropa interior, quedándome únicamente en medias y me dispongo a desquiciarte.

Me separo los labios y meto los dedos, que han jugado a marear cubos de hielo, en mi vulva caliente y húmeda. Porque estoy húmeda ¿lo presentías?
Me relamo de puro gusto para que sepas que estoy gozando con el frío de mis dedos que refrescan el ardor de mi interior. Los de la otra mano, cómplices de juego, abren un poco más los labios para que te regodees con la vista y, como estás absorto, me permito echarte una ojeada para comprobar lo que ya sé: tu pene está a reventar, querido compañero de juegos, deberías hacer algo porque quiere salir y no puede.

Ha llegado el momento del golpe de gracia. Desplazo mis caderas, hacia ti como si te desafiaran y empiezo con el lento movimiento del meneo, sin dejar mis dedos quietos. Adentro, y afuera. Mira, me estoy cogiendo a mí misma. ¿Lo ves? ¿Esto querías? Pues míralo bien, no te lo pierdas que estoy a un tris de acabar frente a tu rostro.

Más rápido, más fuerte, más profundo.

Más prolongado.

Cuando el orgasmo me estalla en el vientre y en la cabeza, me esfuerzo por mantener los ojos abiertos, para mirarte, porque no quiero perderme esa expresión tuya que me arroba y me vuelve primitiva.

Desde donde estás, puedes oler mi sexo. El apenas perceptible movimiento de las aletas de la nariz te delata. Bien. Eso quiero. Que me huelas, que me invites, que me saborees.

Aún temblando, doy dos pasos y me paro frente a ti, subo una pierna y la apoyo en el respaldo de tu lado. Puedes mirar mi vulva henchida, anda, hazlo que tendrás tu premio. Aquí lo tienes: vuelvo a separarme los labios y con los dedos ya no fríos junto mi humedad, y me los llevo otra vez a la boca, No te convido, aunque sé que quieres darles una lamida, porque hoy jugamos a otra cosa.

Y en eso estoy, lamiéndome los dedos, cuando te bajas la cremallera del pantalón. Ahora es tu turno de hacer y el mío de mirar.