sábado, 23 de junio de 2007

Piel de seda


Quisiera ser la enredadera
que sube por tu piel de seda
Beberme tu pasión
Amarte entera
Amante del amor,
Luís Miguel

–Amor, ¿puedes venir?

Me llamas desde el cuarto de baño con tu voz seductora, adornada en esta oportunidad por un toque juguetón.

–Claro, Alicia, ahora mismo voy –te respondo.

Es una de esas tardes de domingo, tan tranquilas que hay quien las llamaría aburridas. No hago más que dar vueltas en la cama, después de haber intentado leer el periódico y darme cuenta de que había empezado por lo menos cinco veces el mismo artículo sin entender siquiera de qué trata el título. Estoy más pendiente de lo que sucede en el baño, tratando de descubrir por los sonidos lo que estás haciendo.
Así que tu pregunta llega como caída del cielo. No es que pueda ir, sino que quiero. En realidad, me muero de las ganas de estar contigo, aunque sea solo para verte mientras cumples con tu larga y detallada rutina de belleza. Me levanto rápidamente de la cama y me dirijo al baño, al tiempo que te pregunto:

–¿Necesitas algo, cariño?

–Sí, Ana, tu compañía –me contestas.

Entonces apuro el paso.

–¡Voy corriendo, amada mía! –te digo en son de broma, para disimular el hecho de que prácticamente corro hacia ti.

Te encuentro sumergida en la amplia bañera, cubierta por una enorme capa de espuma blanca y fragante. El aire de la sala de baño está impregnado del exquisito aroma de la esencia y el gel de baño que estás usando. Me siento en el borde de la bañera, meto la mano en el agua y la muevo para hacer más espuma. Olfateo y, reconozco el aroma.

–¡Lavanda! –exclamo, sorprendida.

–Sí, lavanda –respondes–. ¿Por qué te sorprende?

–Por lo general, usas esencias más fuertes, estimulantes. Esta es relajante –digo.

–Es verdad, pero hoy quiero relajarme –me respondes, juguetona–. En realidad deseo que nos bañemos juntas. ¿Te gustaría?

No me hago de rogar. Rápidamente me desvisto y me meto en la bañera contigo. Apenas entro, te abrazo y te doy un apasionado beso. Respondes abriendo tu boca y chupándome la lengua, mientras me acaricias el cabello, la cara y el cuello. Me desprendo de tus manos y me acomodo en la bañera, frente a ti.

Entonces empiezas a jugar con tus pies, con ellos me acaricias y me rozas la cara. Te beso uno por uno esos dedos deliciosos de tus pies. Dedos delicados, de uñas pintadas. Sé que es una de tus zonas erógenas preferidas y tú sabes que me colocas cuando juegas con tus pies en mi cuerpo.


Cuando estoy entrando en calor los retiras y te das la vuelta en la bañera. Te pones a mi lado y ahora, juegas con tus manos. Las guías en camino descendente, bajando hasta mis pechos. Entonces empiezas a tocarlos muy suavemente, concentrándote en los pezones que se endurecen al contacto con tus sabios dedos.

Dejo de besarte y te pregunto burlona:

–¿Seguro que quieres relajarte?

­Te ríes descaradamente y me contestas:

–No, no tengo ningunas intenciones de relajarme.

–Ya me parecía a mí –te comento entre risas y vuelvo a besarte, buscando también tus deliciosos pechos.

Nos quedamos abrazadas unos cuantos minutos, besándonos y tocándonos. Sintiendo cómo va creciendo nuestro deseo y con él la pasión de nuestras caricias.

Hasta que me separo de ti y te susurro al oído:
–Siéntate sobre el reborde de la punta y coloca la piernas a cada lado de la bañera.

–¿Qué tienes en mente, mi adorada diablilla? –me preguntas, pero mientras tanto haces lo que te he pedido.

–Ya lo verás –te respondo–. Mejor dicho, ya lo disfrutarás.

Me arrodillo ante ti. Tomo el envase de espuma de afeitar, lo agito y echo una generosa porción sobre mi mano. Te unto el oloroso producto por todo el monte de Venus, mientras tú sonríes y suspiras. Agarro la afeitadora y comienzo a rasurarte. Con mucho cuidado voy estirando la piel y pasando la maquinilla, retirando tanto el vello como la espuma. En poco tiempo tu pubis queda completamente depilado. Lo lavo con suficiente agua para quitar los restos del producto.

–¡Quedó precioso! –te comento, mientras admiro tu sexo extasiada.

–Lo puedo sentir –me dices, pasando tus dedos suavemente por esa piel tan sensible–. Quisiera verme en el espejo.

Haces amago de moverte, pero te pido que permanezcas así:

–Aún no he terminado, Alicia.

Me miras divertida, aunque sigues sentada. Estiras el brazo y agarras un pequeño espejo de mano. Observas cuidadosamente cómo ha se ve tu pubis completamente rasurado.

–Sí, efectivamente quedó precioso. Y no he sentido la menor molestia. Definitivamente, tienes unas manos tan habilidosas...

Ahora sí es verdad que me muero por ganas de besarlo y lamerlo. Sé que después de la afeitada estará muy sensible y que disfrutarás aún más de las caricias que te prodigarán mi lengua, mi boca, mis dientes, mis dedos.

Me inclino un poco más y meto la cabeza entre tus piernas, mientras con los dedos te voy separando los grandes labios. Me detengo unos instantes a contemplar tu interior húmedo y palpitante, que me invita a poseerlo y no puedo resistirme ante esa tentación. Te doy uno, dos, incontables lengüetazos. Siento tu estremecimiento, te aferro por las caderas y continúo.

¡Ah, el sabor de tu sexo en mi boca! Por más esfuerzos que haga, no puedo compararlo ni siquiera con los más exquisitos manjares y pensar que muy pronto me deleitaré con tus mieles. Podría decir con la gloria de tus mieles, porque a eso me saben: ¡a pura gloria! En esta oportunidad soy yo quien se estremece pregustando la delicia que me espera.

Lamo tus labios, gordos y pulposos, una y otra vez. Suave y lento, y un instante después fuerte y rápido. Voy alternando velocidad e intensidad. Luego los mordisqueo hasta que te retuerces y gimes. Entonces comienzo a chupar con fruición. Mi boca se vuelve ventosa que te succiona sin parar.

Mi lengua busca tu botón de placer. Lo encuentro ya erguido, enrojecido y palpitante. Me retiro, apenas un poco. Lo suficiente para deleitarme observándolo, y vuelvo a acercarme. Lo tomo entre los labios para darle un beso suave, lento, pero muy intenso. Oigo tus suspiros y percibo tu respiración agitada. Quiero más. Deseo escucharte gritar, pidiéndome que siga. Así que alterno las succiones con las caricias de la lengua. Puedo oír tu voz, que me pide:

–Sigue, Ana, sigue.

Y yo, que vivo sólo para cumplir tus órdenes, no puedo más que complacerte.

miércoles, 20 de junio de 2007

El baile de máscaras



Dançando te admirei
Per seu sorriso me apaixonei
Nenè marque que en te encontrarei
Meu bem diga se você nao bem

Batucada”, Daniela Mercury

Me habían invitado a una fiesta de disfraces para celebrar la Octavita de Carnaval y desde hacía más de un mes venía planificando y preparando con mucho cuidado lo que usaría esa noche. No quería que fuera algo común y corriente. Deseaba un atuendo muy llamativo, que suscitara la admiración de los presentes, que hiciera que la gente me notara al entrar y luego se acercara a buscarme conversación, que al yo pasar voltearan la cabeza para observarme.

Decidida a sobresalir, mandé a hacer una espectacular fantasía al estilo brasileño, digna del más exigente desfile en el Sambódromo de Río de Janeiro: un elaborado sostén en metalizado que dibujaba circunvoluciones sobre mis pechos, se prolongaba por mi vientre y terminaba en una tanga diminuta que apenas cubría mi pubis, y un penacho adornado con plumas y lentejuelas de mil colores. Me maquillé de una manera que complementara el fantástico atuendo y me encaramé encima de un alto par de sandalias de plataforma.

Pasé una noche maravillosa, divirtiéndome hasta más no poder. Los hombres se desvivían por atenderme e invitarme a bailar, mientras las mujeres se ponían verdes de la envidia. Quizás sea muy pretencioso de mi parte decirlo, pero mi disfraz fue un éxito rotundo y cuando a medianoche la anfitriona anunció que se procedería a escoger a la Reina y el Rey de la fiesta, fui seleccionada de modo unánime. Claro, por el voto de los caballeros; porque estaba segura de no contar con el favor femenino.

Al momento de proclamarme, un desconocido se ubicó detrás de mí. Lo vi por el rabillo del ojo y noté que era alguien vestido con un elegante esmoquin. Se colocó tan cerca que su cuerpo estaba prácticamente pegado al mío y su aliento me rozó la piel de la espalda, cuando me dijo en un susurro:

–¡Felicitaciones!

Junto con el hombre disfrazado de jeque que fue nombrado rey me subí a una pequeña tarima, no muy alta, pero sí lo suficiente como para poder divisar el salón donde estábamos y saludar a los concurrentes. Entonces pude observar con comodidad al desconocido que me había felicitado: Llevaba un antifaz de terciopelo, así como también una capa del mismo color y material y un par de guantes que, desde donde yo estaba, parecían de seda. La única nota de color en su atuendo eran los numerosos collares de cuentas dorados, verdes y morados, típicos del Mardi Gras del barrio francés de New Orleans. Y su acento me sonó a cajún.

Me pregunté quién podía ser y por qué no había hablado o bailado conmigo antes, si todos los hombres asistentes lo habían hecho. Alzó su copa e hizo ademán de brindar por mí. Le agradecí con un gesto de la cabeza, sonriéndole seductoramente. Él apuró su trago, se dio la vuelta y desapareció sin que yo pudiera ver hacia dónde se dirigía. Me quedé sorprendida e intrigada. Hubiese querido descender de la tarima para buscarlo, pero en ese momento nos pedían al Rey y la Reina de la fiesta que bailáramos juntos. Tocaron una samba y no me quedó más que complacer a mis súbditos. Cuando terminamos di una excusa cualquiera y me alejé hacia la barra donde servían las bebidas.

Caminé ansiosa entre las personas, agradeciendo los elogios y las felicitaciones, rechazando nuevas invitaciones a bailar o intentos por entablar conversación, saludando aquí y allá. Mi mente estaba fija en aquel enmascarado. ¿Quién sería?, me preguntaba una y otra vez. Había logrado picar mi curiosidad y, ya saben, ese capricho de que nos atraiga precisamente la persona no se ha interesado en una cuando todos los demás sí lo han hecho.

Por fin llegué a la barra y pedí un enorme vaso de agua con hielo. Necesitaba refrescarme, porque entre la emoción de ser escogida reina, el baile sobre la tarima y la búsqueda de aquel hombre que me intrigaba estaba muy acalorada. Tomé el vaso y me volteé a observar la fiesta desde aquella perspectiva, buscando todavía el antifaz y la capa de terciopelo negro.

Estaba a punto de darme por vencida, cuando lo descubrí sonriéndome ¡desde el otro lado del salón! Iba a fingir no haberlo visto, aparentando indiferencia, pero no podía dejar de mirarlo. Entonces lo vi salir por uno de los ventanales que daba a la terraza. Presurosa me dirigí hacia allí, pero cuando llegué sólo había parejas sentadas en los bancos, besándose y manoseándose, así grupos de jóvenes que contaban chistes y reían a carcajadas. Escuché los silbidos que me dedicaban, pero no les presté mayor atención porque noté que en la esquina más alejada de la terraza brillaba algo.

Me acerqué y descubrí uno de los collares que él llevaba. Lo agarré, tocando esa prenda que había estado alrededor de su cuello, acariciándolo con ganas de que fuese él a quien estaba tocando. ¿Con qué le gusta jugar al gato y al ratón?, me dije, siempre tan pagada de mí misma. Ya verá quién soy yo. Me quedé allí varios minutos, recostada en el barandal, estudiando cuál sería mi próximo paso. Hasta que decidí marcharme y dejar que fuese él quien viniera a mi encuentro. Cuando fui a darme la vuelta, sentí dos manos asirme por las caderas y aquella voz que me obsesionaba desde que la había escuchado minutos antes:

–Te deseo –me dijo sencillamente.

El corazón me dio un vuelco al percibir sus labios cálidos posarse sobre mi nuca y besarme de la manera en que me gusta: suave y con mucha lentitud, como una mariposa que aletea entre las flores. A continuación procedió a lamerme a lo largo de toda la columna, deteniéndose en cada vértebra y chupándola una a una. Aquella lengua de fuego iba despertando “la serpiente del deseo” que según el Tantra está alojada allí y despierta nuestros instintos animales.

Yo temblaba, estremeciéndome con cada nueva caricia, entregada por completo a él. No me importaba que estuviéramos al aire libre, en la terraza de la casa de unos amigos y que cualquiera pudiese vernos. En fin de cuentas aún estábamos celebrando Carnaval y todo estaba permitido. Realmente él había logrado despertar mi instinto animal con sus caricias y yo sólo pensaba en ser poseída por aquel hombre misterioso.

Tomó el collar de cuentas que yo todavía tenía en la mano y me susurró:

–Ahora te haré probar lo que nunca antes has experimentado.

Deslizó el collar entre mis piernas, lo agarró por ambos extremos y comenzó a moverlo hacia atrás y hacia delante muy lentamente, frotando mis labios mayores por encima del tanga.

–Sí, me gusta. Sí –acerté a decirle, entre suspiros, a la vez que apartaba el pequeño trozo de tela para sentir aquella caricia directamente sobre la piel.

–Claro que te gusta –me respondió, mientras seguía acariciándome la entrepierna, ahí, con el collar de cuentas. Agregando: –Desde que te vi supe que eres de esas hembras a quien le gusta probar cosas nuevas, vivir experiencias novedosas, entregarse sin importar a quien, donde o cuando…

–Sí, así es –le dije, intentando voltearme para besarlo.

–No, no –me reprendió con dulzura–. No intentes voltearte. Déjame hacer a mí, por favor.

–Sí – respondí. ¿Qué más podía decirle?

Me pidió que tomara el collar y que siguiera acariciándome como él había estado haciendo, así lo hice. Él procedió a quitarme el sostén de metal y a tomar mis pechos entre sus manos enguantadas. El contacto de la seda con mi piel era algo delicioso, que en realidad nunca antes había experimentado. La fuerza con la cual me acariciaba contrastaba con la suavidad de la tela, pero al mismo tiempo magnificaba la sensación, arrancándome nuevos suspiros.

Luego de algunos minutos volvió a agarrar el collar, ya empapado de los jugos que humectaban mi interior, me dio la vuelta y me colocó de frente a él. No se había quitado el antifaz de terciopelo y por los orificios sólo podía adivinar un par de ojos brillantes, de mirada muy penetrante y sexy. Ahora si me permitió besarlo en los labios, mientras con la mano abría mis otros labios y me acariciaba el clítoris con las cuentas del collar.

–¡Ah, qué sensación más exquisita! –le murmuré al oído.

–Quiero que grites, que te liberes, que me demuestres lo que eres –me dijo–. Una mujer que usa un disfraz como el que llevas tú debe ser capaz de expresarse de una manera más audaz.

–Pero… –empecé a protestar.

–Sin peros, por favor –me pidió de un modo tajante.

Continuó acariciándome con su jueguito del collar, haciendo pasar las cuentas sobre el clítoris y en torno a éste, presionándolo entre dos de ellas. Luego las movía todas sobre mi monte de Venus, logrando que yo gimiera excitada. Aquel hombre sabía utilizar aquel collar a la perfección y me estaba enloqueciendo. Deseaba ser penetrada, pero él se tomaba su tiempo.

Sentí como iba introduciendo varias cuentas en el interior anegado de mi vulva. Las giraba, haciéndome estremecer con la maestría de aquellos dedos. Yo le pedía que no parara:

–Sigue, sigue –le decía.

–Vamos, grita –me pedía él, cada vez más apremiante–. Quiero que grites y me pidas a gritos lo que quiero.

Me quedaba un ápice de vergüenza y por eso no me atrevía a alzar la voz. Temía que me escucharan las demás personas al otro extremo de la terraza. Hasta que llegó un momento en que no ya aguante más y le grité:

–¡Cógeme! ¡Quiero que me cojas!

–Sí, eso es –me respondía satisfecho–. Pídemelo como una hembra. Grítame tu deseo. Libera tu lujuria. Muéstrame quién eres.

–¡Ah! –bramé, mientras acababa pidiéndole más y más.

–Claro que te voy a dar más –me decía él.

Se abrió la bragueta y se bajó tanto el interior como los pantalones. Pude ver su miembro erecto, apuntando hacia mí y le volví a decir:

–¡Quiero que me cojas! ¡Ahora!

El desconocido se sentó en uno de los bancos cercanos, y me subió a horcajadas a sus piernas. Sacó las cuentas que me había metido en la vagina, las cuales ahora destilaban mis jugos, y empezó a metérmelas en el recto, en tanto contaba:

–Una, dos, tres, cuatro –siguió, hasta llegar a siete.

Me penetró de un solo golpe. Empecé a subir y a bajar, montada sobre aquella asta de bandera, que entraba y salía de mí enhiesta y orgullosa, semejante a una lanza que entraba y picaba muy profundo.

–Dime cuando estés por acabar –me ordenó con voz enronquecida.
Seguí subiendo y bajando, cada vez más rápido y más fuerte. Muy pronto sentí aproximarse otro orgasmo, entonces le dije:

–¡Ahora!

Mientras yo acababa, él lentamente fue retirando una a una las cuentas que había introducido en mi recto. En ese momento supe a qué se refería cuando me prometió placeres que nunca antes había probado. No sólo grité, sino que di alaridos de placer a la vez que me estremecía como una posesa y no podía parar de moverme. Veía un claro resplandor en torno nuestro y todo mi cuerpo lanzaba chispas. Entonces lo sentí estremecerse y acabar dentro de mí.

lunes, 11 de junio de 2007

A control remoto




¡Qué viva la imaginación!

No sé a cuál de los dos se nos ocurrió la idea; sólo recuerdo que él quería confirmar, una vez más, el innegable poder que tiene sobre mí y yo deseaba, además de complacerlo, probar algo nuevo. Lo cierto es que aquella tarde nos fuimos a un sex shop, compramos uno de esos novedosos vibradores con telecomando que vimos en las estanterías y en el mismo centro comercial nos dispusimos a utilizarlo.

Entramos a uno de los numerosos cafés, nos sentamos en una de las pocas mesas desocupadas. Esperamos durante varios minutos, hasta que por fin se acercó uno de los mesoneros a traernos el menú. Como no estábamos interesados en lo que comeríamos o beberíamos, apenas lo vimos por encima y ordenamos dos capuccinos.
El sitio estaba abarrotado a esa hora y tardaban mucho en traernos la orden. Mi impaciencia iba aumentando a cada minuto. Tamborileaba los dedos sobre la mesa, me pasaba la mano por el cabello, miraba nerviosa a mi alrededor. Por el contrario, él lucía tranquilo. Encendió un cigarrillo, observó despreocupado las mesas cercanas y me dijo que me tranquilizara.

Intenté serenarme, pero la anticipación de lo que estábamos por hacer me excitaba sobremanera. Cuando ya no pude resistir más me levanté para ir al sanitario de damas. Una vez allí destapé el envoltorio y tomé la mariposa de silicona entre mis manos. Admiré la bella forma y los hermosos colores de las alas, así como la suavidad del material. Toqué la pequeña lengüeta para estimular el clítoris, sin poder evitar un ligero estremecimiento.

Pero lo que más me llamaba la atención del aparato era el pene de gel adherido a la mariposa. Según la publicidad y las instrucciones del empaque este aditamento servía para aumentar la sensación vibratoria, prometiendo “un nuevo estado de locura y excitación”. Lo cual a todas luces era cierto, porque nunca había estado tan agitada como ahora y ni siquiera había empezado a utilizarlo.

Procedí a lavar todo. Me quité las pantys y la tanga que llevaba puesta y coloqué los elásticos alrededor de las caderas, cuidándome de ubicar la mariposa de forma que cubriera todo mi monte de Venus, que la lengüeta quedara en contacto con mi clítoris y el vibrador bien dentro de mí. La primera sensación era de absoluta comodidad. Empinándome un poco, me observé en el espejo del sanitario para ver si las correas elásticas resaltaban a través de la falda que usaba.

–Nada, no se nota absolutamente nada –me dije, muy satisfecha de nuestra nueva adquisición. Tomé el control remoto y presioné el botón de on para probar su funcionamiento. Sentí la suave, lenta y sabrosa vibración dentro y fuera de mi vulva, así como la ligera presión sobre el clítoris. Ni siquiera en el silencio de ese lugar se escuchaba el menor zumbido del aparato funcionando. Aumenté un poco tanto la velocidad como la intensidad. El cambio se notaba a la perfección.

Las ondas me estimulaban el clítoris. Ya lo podía adivinar irguiéndose duro, rosáceo y pulsante fuera de su capuchón, buscando el contacto con aquella lengüeta que encerraba tantas promesas de placer. Los labios mayores también se agitaban con las pulsaciones de la mariposa, que parecía haber cobrado vida y estar revoloteando sobre mi sexo, enardecido por las intensas caricias. Aquellas vibraciones se replicaban en el pene de gel que me penetraba. Sentía cómo ésta se iba humedeciendo, calentándose y transformándose en un órgano vivo que pulsaba, se contraía y latía por voluntad propia.

Yo estaba realmente excitada por lo novedoso y lo atrevido de la situación. Poco a poco fui subiendo la intensidad y la velocidad, llevándolas al máximo. En ese momento cerré los ojos para concentrarme únicamente en lo que estaba sintiendo. Todo mi cuerpo temblaba, haciendo eco de las vibraciones de la lengüeta, la mariposa y el pene. Aquel movimiento oscilatorio se había apoderado incluso de mi cerebro, la cabeza me daba vueltas y tuve que recostarme a la pared para no caer.
Entonces sentí el orgasmo nacer lento pero inexorable en mi interior; creciendo a pasos enormes, decididos, seguros; conquistando valles, montañas, hondonadas y precipicios; aumentando con una fuerza trepidante que devastaba todo ápice de conciencia; expandiéndose hasta lo más recóndito de mi cuerpo entregado por completo a aquel momento lujurioso; hasta que finalmente estalló en cada célula de mi cuerpo, mi mente, mi alma.

Abrumada ante la potencia del clímax, apagué al aparato y me senté en el inodoro, respirando hondo y tratando de recuperar la compostura. Mi entrepierna rezumaba. Retiré la mariposa y el pene, metí dos dedos en mi interior, los empapé bien y los chupé con fruición.

–Sí, ¡es justo lo que queríamos! –exclamé contenta. Me limpié lo mejor que pude y volví a colocarme el aparato. Salí del sanitario, dirigiéndome a nuestra mesa.

Ya me esperaba la taza humeante, el emparedado y él, muerto de curiosidad e impaciente por mi tardanza. Me senté sin decirle nada y fingí acomodarme la media. Tomé el emparedado, le di un mordisco y empecé a masticar con deliberada lentitud.

–¿Qué tal? –me preguntó, aparentando una calma que, yo sabía, estaba muy lejos de sentir.

–Bien –le respondí, fingiendo indiferencia.

–¿Te lo pusiste? –insistió, cada vez más ansioso.

–Sí –le contesté de manera escueta. Quería que experimentara el mismo nerviosismo y expectación que yo había sentido antes. Al parecer lo estaba logrando, porque ahí mismo me lanzó otra pregunta:

–¿Y qué tal?

–Bien, se siente muy bien.

–Estupendo –comentó como al descuido, refugiándose una vez más tras la máscara de despreocupación que había utilizado antes y que casi me había sacado de mis casillas.

Para picar aún más su curiosidad, sonreí enigmáticamente mientras me inclinaba hacia la mesa para agarrar la cucharilla y probar la crema del capuccino. A propósito dejé un poco sobre mis labios y me los relamí, dejando escapar un sonoro suspiro.

–¡Exquisito! –dije, recostándome cómoda en la silla. Entonces dos segundos después inquirió en un tono casi suplicante:

–¿Lo probaste?

Sí – le respondí.

–¿Te gustó? –me miró directamente a los ojos, tratando de leer en ellos la intensidad de la experiencia que hacía apenas unos minutos yo había vivido en la privacidad del sanitario.

–Mucho. Me gustó y lo disfruté mucho –contesté con absoluta sinceridad. Me incorporé en la silla, agregando: –Aquí tienes el control remoto.

–¡Perfecto! Vamos a divertirnos – dijo, acercándose a mí y dándome un tierno beso en los labios.

–Sin embargo, debo advertirte… –decía pero en ese mismo instante y sin previo aviso él activó el aparato. Tuve un sobresalto por lo inesperado e iba a reclamarle, pero recordé que precisamente ese era el propósito de nuestro juego de hoy: dejar que él tuviera el control sobre mí. Bueno, podría decir “que tuviera más control sobre mí”. Así que guardé silencio y me concentré en mis sensaciones, en tanto él se dedicaba a regular la intensidad y la velocidad del aparato mediante el telecomando.

Poco a poco el placer se iba apoderando de mí, a medida que las vibraciones se hacían más o menos intensas y más o menos rápidas por decisión de él. Yo sentía una mezcla de pudor, por estar siendo masturbada en un lugar público abarrotado de gente; de excitación, debido a la perversa situación de encontrarme a su merced; de entrega, ya que estaba absolutamente en sus manos; y de preocupación, porque había experimentado en carne propia la potencia del orgasmo producido por aquel aparato que ahora vibraba dentro de mí y pulsaba contra mi clítoris.

Él movía los controles y me veía fijamente, queriendo adivinar lo que yo estaba sintiendo en ese momento, concentrándose en percibir el efecto de sus cambios en mi cuerpo. Entonces, como me conoce tan bien y sabe que la anticipación me enloquece, decidió anunciarme lo que haría:

–Voy a aumentar… al tope.

Era el momento que tanto temía. El recuerdo del orgasmo aún estaba fresco en mi mente y en mi cuerpo, sólo que no sabía si ahora tendría la misma potencia del anterior y cómo me iba a comportar en caso de que así fuera. Era harto evidente que él estaba disfrutando cada segundo, viendo cómo me debatía entre tantos sentimientos y pensamientos encontrados.

Por una parte, intentaba aparentar calma y naturalidad cuando en realidad mi cuerpo se había transformado en un torbellino. Permanecía recostada del respaldo con las piernas cruzadas, cuando deseaba revolverme en mi asiento y gritar como una desenfrenada, enloquecida por aquel placentero suplicio. Por la otra, quería que él aumentara la velocidad y la intensidad y me hiciera acabar de una vez por todas. Sin embargo, no percibí ningún cambio en las vibraciones; muy por el contrario, sentí apagarse el aparato. Al verlo me topé con su sonrisa burlona.

–¡Bastardo! –murmuré entre dientes, notando cómo el placer y el inminente orgasmo desaparecían.

–¿Te quedaste con las ganas? –preguntó, riéndose ya a carcajadas.

Yo estaba furiosa e hice ademán de arrebatarle el control remoto, pero él me detuvo en seco:

–No, no te atrevas.

Las lágrimas estaban a punto de saltárseme. No podía con el desasosiego ni la rabia. Respiré hondo y le pregunté:

–¿Podemos irnos a casa?

–Creí que querías acabar en público –retrucó, burlándose de mí–. Me habías dicho que era una de tus más anheladas fantasías, por lo cual corrí presuroso a cumplírtela.

–Eso dije, pero ya no lo quiero hacer – le dije, desafiante.

–¿Por qué?

–Hay demasiada gente.

–¿Y eso qué importa?

–Pues… –no encontraba forma de explicarle que aquella fantasía loca que se me había ocurrido ahora me daba vergüenza y temor. Entonces escuché aquella voz dulce, que tanta seguridad me inspiraba:

–Tranquilízate. Pago y nos marchamos a casa.

Efectivamente lo hizo así, sólo que mientras caminábamos por uno de los pasillos –afortunadamente casi desierto–, volvió a encender el aparato. Grité y algunas personas se voltearon a ver qué sucedía. Él aprovechó para recostarme a una columna y apretujarse contra mi cuerpo, en tanto me susurraba al oído:

–Usa tu imaginación, amor. Cierra los ojos y recréate. Sueña que estás en otro sitio, en nuestra casa, en la playa, donde quieras. Usa tu imaginación, puta. Piensa que es mi lengua la que te lame el clítoris, mis manos las que te frotan el pubis, mi sexo el que te está penetrando. Usa tu imaginación, zorra.

–Sí, sí, sí –decía yo, entregada al goce, transportada por aquellas palabras que siempre me calentaban y percibiendo como él regulaba el telecomando según me iba hablando. Su tono de voz dejaba entrever su excitación, aumentando aún más la mía. Volví a sentir la proximidad del clímax y me rendí a él sin la menor resistencia.

jueves, 7 de junio de 2007

El jardín de las delicias



¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!
Porque ha pasado el invierno,
las lluvias han cesado y se han ido
El cantar de los cantares

Nada indicaba que aquella jornada me deparaba una de las mejores experiencias de mi vida. Una que no había imaginado ni siquiera en mis fantasías más atrevidas o descabelladas. Como todos los días, esa mañana me senté frente al computador y lo encendí. Mientras los programas se cargaban, me quedé mirando por la ventana. Allí estaba, como todos los días, el jardinero.

–Ahí está, siempre agachado entre los arriates de flores. Tratándolas con tanto amor y cuidado –dije, en voz baja, para mí.

La primavera había empezado hacía apenas un mes y el producto de sus desvelos y su dedicación se notaba. Los rosales llenos de capullos y ese perfume que flotaba en el aire. Abrí una de las hojas de la ventana y lo observé. Aunque estaba cerca de la ventana no advirtió que lo estaba mirando. Me llamaron la atención sus manos. Manos fuertes, habituadas al trabajo duro, pero al mismo tiempo delicadas. Manos que trataban con suavidad a cada flor. ¿Cómo serían esas manos, diestras en acariciar flores, acariciando el cuerpo de una mujer? Las imaginé deslizándose sobre la piel, tocando, acariciando, reconociendo cada cumbre y cada hondura.

¡Ah! ¡Cuánto me gustaría sentir sus manos recorriendo la mía!
Estaba en eso de fantasear con las manos del jardinero, cuando se puso de pie, se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron, jardín por medio, como si me hubiera escuchado. Mi corazón empezó a latir más rápido y más fuerte que lo usual y el solo imaginar que él habría podido adivinar mis pensamientos, me hizo sonrojar.
Me regaló una sonrisa dulce y resplandeciente como el sol, que hizo aumentar aún más mi turbación. Miré sus ojos negros, brillantes y vivaces; sus labios rosados y carnosos, que invitaban a besarlos… Le devolví un tímido esbozo de sonrisa y cuando hacía un gesto para saludarlo, sonó el teléfono.

–¿Aló?– respondí.

–Ana, ¿olvidaste la reunión? –dijo del otro lado la voz perentoria de la secretaria–. Empezó hace quince minutos y te están esperando.

–¡Ay, Dios! –dije, y colgué el tubo.

Salí de mi oficina y llegué a la sala de reuniones casi sin aliento. Todos los presentes se dieron cuenta que había llegado a las corridas.

–Agradezco su presencia, Ana –el presidente volvía a regalarme uno de sus irónicos comentarios–. Imagino que debe haber estado ocupada en algo muy importante.

¡Como me hubiese gustado ser invisible! Observé las risitas forzadas y dos colegas, también directivos como yo, murmuraron por lo bajo. No era fácil, pero me esforcé en mantenerme calma. Busqué una silla desocupada y me senté sin mirar a los lados.

Desde el comienzo de la primavera tenía la cabeza en otro lugar. Quizás se debía a que en mi país de origen no había esos cambios de estación, pero lo cierto es que no lograba concentrarme en el trabajo ni recordar los detalles más habituales de la rutina diaria, esos que se hacen mecánicamente. Me pasaba el tiempo viendo a través de la ventana, contemplado el bello jardín y siguiendo los movimientos del jardinero.

Ahora mismo, mientras uno de mis colegas hablaba, yo no podía dejar de pensar en él, en ese hombre de quien ni siquiera sabía el nombre, pero que me obnubilaba la mente, ocupaba mis pensamientos como un invasor y me provocaba las más disparatadas ensoñaciones. Mis ojos se fueron directamente al ventanal. No me importaba nada. Ni el presidente de la empresa, ni la junta directiva ni mis competitivos colegas. Estaba obsesionada con el jardinero. Desde donde estaba, claro, no podía verlo, por lo que me dediqué a imaginarlo.

La reunión fue un verdadero suplicio porque el presidente no me quitaba los ojos de encima y me veía de una manera que me perturbaba aún más de lo que ya estaba.

Una hora después terminamos y regresé a mi oficina. Apenas abrir la puerta, percibí el exquisito olor que flotaba en el ambiente y vi la soberbia flor que adornaba mi escritorio. Se trataba de una orquídea Cattleya, originaria de mi país. Al tocar los delicados pétalos me embargó una enorme emoción. Entre las hojas había una tarjeta, con el siguiente mensaje. “La invito a ver nuestra colección de orquídeas. Venga al invernadero detrás del edificio de oficinas”.

El corazón me latía con tanta fuerza que temía fuera a salírseme por la boca y las piernas me temblaban.

Salí de la oficina y le dije a mi secretaria que debía ausentarme por unos minutos. Me recordó que en menos de media hora tenía cita con el presidente de la empresa. La tranquilicé explicándole que regresaría pronto.

Caminé –no es verdad, en realidad corrí–, a la parte trasera del edificio, atravesé el estacionamiento y franqueé la hermosa cancela de hierro. Para mi sorpresa entré a un jardín mejor cuidado que el del frente, con profusión de plantas, arbustos y setos. Divisé el invernadero y allí fui.

¿Qué me esperaba allí? No lo sabía. La excitación y la incertidumbre me estaban enloqueciendo. Solo entrar fue suficiente para sentirme a gusto de inmediato. La temperatura era agradable, la cantidad de plantas floreadas era inimaginable y, además, estaba el jardinero, su sonrisa asomando entre las orquídeas.

–Tengo que agradecerle –le dije, acercándome a él–, que me haya dejado una orquídea típica de mi país.

–Sí, una Cattleya lueddemaniana– me respondió, salió detrás de las flores y caminó hacia mí–. Oriunda de las zonas costeras de Venezuela.

En cualquier otro momento hubiera tenido la suspicacia suficiente para preguntarme y preguntarle por qué él sabía de dónde era yo, pero en aquel momento estaba embrujada por su presencia avasallante; por la calidez de su sonrisa; por su voz grave, profunda, masculina; y, sobre todo, por su olor a hombre que prevalecía sobre el de tantas flores juntas y me excitaba.

–Venga. Quiero mostrarle el resto –dijo, tendiéndome una de aquellas manos que yo solía admirar a través de la ventana y tanto deseaba sentir sobre mi piel.
Ahora la tenía frente a mí. Me la ofrecía. Alargué la mía. Lo toqué. El solo contacto me hizo estremecer y ya no pude resistir más. ¿Cómo explicar lo que hice? No hay modo. Si tengo que ser sincera, me abalancé sobre él y lo besé en los labios, mientras abría su camisa para tocar aquel pecho que tanto me atraía.

El jardinero respondió a mis caricias con los mismos bríos que yo se las prodigaba. Abrió la boca y me devolvió los besos, metiendo su lengua muy adentro, palpando mis pechos a través de la blusa, rozando mis caderas por encima de la falda. ¡Por fin sentía sus manos y eran todo lo que yo esperaba! Quizás más, porque nunca había sido blanco de tanta lujuria como aquella con la que ahora él me estaba manoseando. Igual hacía yo con él, tocándolo, restregándome contra su cuerpo recio, arrancándole la ropa a manotazos.

¿Cuánto tiempo pasó? ¿Minutos? ¿Segundos? Cuando mi cerebro reaccionó, ya era tarde. Estábamos desnudos. Se recostó en uno de los mesones y su miembro erecto quedó ante mí.

Estaba fascinada con su sexo soberbio y potente. Acaricié el glande enrojecido, las venas del tallo, los testículos duros y llenos. Me incliné apenas, me lo metí en mi boca. Él me tomó con fuerza por los cabellos, forzándome a engullirlo por completo y limitando cualquier otro tipo de movimiento de mi parte. Me gustaban sus modales decididos e incluso un poco toscos.

–Veo que tuviste más éxito que yo, Jean –dijo una segunda voz: la voz del presidente de la empresa, que llegaba desde atrás.

El jardinero aumentó la presión de su agarre y no pude voltear. Sin recuperarme del asombro, sentí los dedos del otro hombre en mi entrepierna.

–Es evidente que vas muy bien encaminado.

–Así es, Armand. –respondió el jardinero.

Se me congeló la sangre en el cuerpo. Y como sea que me detuve, el jardinero me obligó a continuar, empujando con fuerza su miembro en mi boca.

–Te dije que de esta tarde no pasaba –agregó, con la seguridad de un rufián que sabe que, al fin de cuentas, será obedecido.

No podía creer lo que estaba oyendo ¿Acaso aquellos dos hombres se habían puesto de acuerdo para seducirme? Se trataban por sus nombres, con total familiaridad y, por lo que decían, se habían puesto de acuerdo y urdido un plan.
Hice un intento por separarme, pero fue tan débil que más bien pareció una invitación a que continuaran. Porque no estaba en condiciones de resistirme y si debía ser sincera, tenía que admitir que estaba disfrutando, y mucho, de aquella inesperada situación.

Armand no sacaba los dedos de mi vulva. Por el contrario había metido otro y me masturbaba frenéticamente, casi con violencia. El orgasmo se iba acercando a toda velocidad, hasta que estalló en forma de un torrente que me inundó y se deslizó por mis muslos abajo. Entonces sin soltarme, Jean se bajó de la mesa y pude sentir a Armand restregando su sexo en mi humedad, mientras abría mi ano con dos dedos y decía en voz tenue:

–Sí, me gustan las mujeres que acaban así, bien mojadas.

De allí en más, todo es confuso. Sólo retazos de recuerdos: Jean que me besaba con salvajismo, mordiendo mis labios y tirando de mis cabellos. Armand mordisqueando mi espalda, empujando una y otra vez sus dedos en mi ano, estremeciéndome de placer con cada nueva embestida. Estaba a punto de desfallecer entre aquellos dos hombres, pensando en lo que habían tramado. No necesitaba esperar más.

El jardinero volvió a recostarse en el mesón cercano, me tomó entre sus brazos y me encaramó sobre él, penetrándome con un golpe decidido. La columna de acero en que se había convertido su sexo me taladraba las entrañas. Era tan fuerte que me subía y me bajaba sin ninguna dificultad. Entonces agarró mis nalgas y las abrió, ofreciendo mi trasero a Armand. Éste apoyó su bien lubricado sexo en el orificio y empezó a introducirlo con delicadeza.

Cuando lo tuvo completamente dentro, ambos se turnaron para embestirme. Se veía a todas luces que no era la primera vez que hacían esto. La sincronización de sus movimientos era perfecta: uno metía, el otro sacaba, uno embestía, el otro me sostenía por las caderas. La fricción de ambos sexos en mi interior me producía un placer indescriptible.

Jean ahora me besaba los pechos y podía sentir la boca de Armand en mi espalda. Todo se conjugó para que acabara en un orgasmo tras otro, vibrando como un diapasón, gritando como una posesa, pidiendo más y más, embutida entre aquellos hombres que continuaban penetrándome sin descanso. No sé cuántas veces acabé, aunque sí recuerdo la exquisita sensación de esa tibieza llenando mi interior al unísono y la laxitud que me embargó hasta el punto que me desvanecí.

¿Cuánto tiempo transcurrió? No lo sé. Cuando desperté estaba allí, sobre la gran mesa de trabajo de madera noble. Desnuda, con las piernas abiertas.
Y allí, donde los muslos se unen para formar la cavidad, los pétalos acariciando la sensible piel de mi vulva, y como si hubiera nacido allí, la más hermosa orquídea miniatura que recuerdo haber visto en mi vida.

lunes, 4 de junio de 2007

La tentación del abismo



A ti, mi barranco

Nunca me ha atraído la tranquila placidez de los valles. Muy por el contrario, adoro la excitación que me produce pararme al borde del precipicio, extender los brazos, esperar la ráfaga de aire que me haga ascender y lanzarme al vacío con los ojos muy abiertos. Sé que el placer está en disfrutar tanto del vuelo entre las nubes como de la caída cuesta abajo. Por eso mismo me gusta el sexo contigo. Tú eres para mí la hondonada del arranco donde pierdo toda noción de tiempo y espacio. En ti vivo, por ti muero.

Desde hace varios días no nos vemos, porque hemos estado demasiado ocupados. Pero ahora tenemos todo el fin de semana para nosotros dos. Llego antes que tú al sitio donde habitualmente nos encontramos, o al menos eso creo. Comienzo a desvestirme para darme un baño antes de que aparezcas. Me sorprendo cuando te oigo a mis espaldas:

—¡Hola, amor! —saludas con tu voz ronca, que tanto me agrada.

—¡Coño, me asustaste! —te contesto, temblando.

—¿De verdad? —dices en tono burlón. Desnudo, te acercas a mí, restriegas tu sexo erecto contra mis nalgas, me metes una mano entre las piernas y preguntas con tu cabeza muy pegada a la mía: —A ver. ¿Tienes ganas?

Siempre tengo ganas de ti, que me gustas y me regustas. Y aunque no las tuviera, tu sola pregunta me las provocaría.

—Con semejante erección, ¿cómo no las voy a tener? —digo, juguetona.

Me desvistes por completo y comienzas a acariciarme la espalda, alternado la aspereza de tu barba con la suavidad de tu lengua. Esa combinación me excita sobremanera. Tú lo sabes bien, por eso pasas un buen rato haciéndolo. Me metes tres de tus dedos en la boca y me pides:

—Chúpalos como si fueran mi verga.

Nuestras miradas se cruzan en el espejo que está frente a nosotros y el aire se carga de electricidad.

Succiono tus dedos mientras siento como el bulto que apoyas contra mis nalgas se hace cada vez más grande y más duro. Me volteas. Metes los tres dedos mojados en mi sexo. Dejas escapar una exclamación de gusto y me dices bajito en la oreja:

—Me enloquece tu cuca así, húmeda, caliente, palpitando....

Te miro a los ojos y completo tu frase:

—Deseándote.

Mi boca busca la tuya. Subo mi pierna derecha a tu cadera. Mientras mueves tus dedos en mi húmedo interior, tu lengua hace lo mismo en mi boca. De allí pasas a mi cuello, besas, chupas, lames, frotas tu barba contra él, muerdes. Acabo entre gemidos. Ávido te arrodillas a beber cada gota de mis jugos.

—Mar, sabes a puro mar —gritas con deleite—. ¿Quieres probarte?

Relamo lo que chorrea de tu barba reluciente, beso lo que queda en tus labios, hurgo en tu boca en busca de cualquier gotita, por mínima que sea.

—¡Más, quiero más! —te pido.

—Claro que quieres más —me dices, mientras acaricias mis tetas. Tus dedos comienzan a dibujar erecciones en mis pezones.

Suspiro, estremecida aún por el orgasmo.

—¡Ah, se te ponen duros rapidito! —exclamas extasiado, —¿Y qué vas a hacer para obtenerlo?

Suspiro.

—Todo lo que quieras. Todo lo que me pidas. Todo lo que se nos ocurra —respondo, siguiendo tu juego.

Atrapas mis pezones con la boca y chupas. Los halas, alargándolos. Muerdes. Sobas. Aprietas. Hoy estás de muy buen humor y yo también. Debe ser por el reencuentro tras tantos días separados.

—¡Vamos por más, mi amor! —exclamas entre risas.

No puedo sino reír contigo.

Me tumbas suavemente sobre la cama, separo las piernas, te inclinas sobre mí y con delicadeza abres mis labios vaginales. Tocas mi clítoris, lo pellizcas entre tus dedos, lo besas, lo chupas, lo lames, lo muerdes con los labios y halas de él. Me retuerzo de placer. Río de gozo. Tu boca se convierte en una ventosa que chupa y chupa cada vez con más fuerza. La rica sensación de placer se va diseminando desde mi clítoris hasta el último rincón de mi cuerpo, en un orgasmo que me hace vibrar, estremecer, gemir, suspirar.

Metes otra vez tus tres dedos en mi cuca ardiente y sus paredes se contraen a su alrededor, atrapándolos. Los doblas, tanteando mi interior. Comienzas a presionar y no paras hasta que me haces acabar, bañándome como una fuente donde vas a saciar tu sed. Te empapas la mano y me la das a lamer.
Te pido que te recuestes y me inclino sobre ti. Te beso en la boca, acariciándote la barba. Bajo por tu cuello y te lo muerdo justo ahí donde se siente más fuerte la vena palpitando. Te lamo el pecho, me regodeo en lo exquisito de tus hombros fuertes. Chupo tus tetillas con fruición. Recorro tu abdomen con las manos, metiendo mi lengua en tu ombligo. A propósito esquivo tu sexo, para escucharte protestar:

—¡Epa, te estás olvidando de algo!

Levanto la cabeza y te miro sonriente.

—No se me olvida —te digo, mojándome los labios lujuriosamente—. Ya voy para allá. Ten paciencia.

Te oigo mascullar unas cuantas groserías y me río, la paciencia no es una de tus virtudes. Te beso los pies con entrega. Lamo el arco, chupo tus dedos, mordisqueo los talones, sobo tus tobillos. Subo por tus pantorrillas, acariciándolas con mis uñas. Te estremeces, gimes y abres las piernas.

Me arrodillo, tomo tu miembro entre mis manos y me meto tan solo la cabeza en la boca. La succiono muy lenta y suavemente, como si la besara. Suspiras. Mordisqueo con suma delicadeza tu glande, apenas presionando con mis dientes, a cada mordisco sigue una chupada o una lamida. Muerdo, chupo, lamo. Doy lengüetazos a lo largo de tu sexo. Recorro sus venas infladas. Vuelves a suspirar. Te estremeces. Poco a poco voy engullendo y empiezo a succionar. Me tomas de la cabeza.

—Sí, amor, chúpamelo así —me dices con voz entrecortada—. ¡Qué rica boca tienes!

Mamo y te acaricio con la lengua, haciendo círculos ahora grandes, ahora pequeños. Cada vez succiono con más fuerza. Juego con tus bolas, las chupo suavecito, las lamo, mientras te masajeo el perineo. Te retuerces de placer. Te beso el ano y me quedo allí lamiendo, chupando, acariciando. Introduzco dos dedos en mi boca y los mojo muy bien con saliva.

—¿Puedo? —quiero saber. Siempre te pregunto, a veces estás de humor, otras veces no.

—Sí —me contestas—. Claro que puedes.

Te meto los dos dedos. Gimes. Adoro ver como crece aún más tu verga cuando lo hago. Es como si a medida que voy metiendo los dedos te la fuera sacando poco a poco. Tus venas parecen a punto de estallar. Continuo chupando, cada vez con mayor fuerza, mientras empujo los dedos más y más adentro. Siento tus estremecimientos. Oigo tus gemidos. Veo tu gozo. Acabo una vez, con el simple placer de verte disfrutar.

Me subo sobre ti. Me tomas por las caderas y me ayudas a subir y bajar, a moverme de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en círculos. Te cabalgo sin apartar mis ojos de los tuyos. Me sueltas. Te llevas dos dedos a la boca y los ensalivas. Me inclino ligeramente hacia delante, me aferras con un brazo y me metes los dos dedos de un solo golpe. El latigazo de placer recorre toda mi columna vertebral, haciéndome cimbrar.

—Te gusta, te gusta, amor —me dices.

—Sí, así, dame más duro —Te contesto, aunque no era una pregunta.

Metes y sacas, mientras meneo las caderas. Esta vez acabo rápido, mojándome hasta las nalgas.

Me echas sobre la cama, flexiono las piernas a ambos lados y te abalanzas sobre mí con todo tu peso. Embistes, empujando y empujando fortísimo. Te clavo las uñas en la espalda. Gimes de placer. Mis caderas se mueven, pidiéndote más y más hasta que llego, en otro orgasmo de esos fuertes que me hacen estremecer el cuerpo por completo.

Te arrodillas, pones mis piernas sobre tus hombros. Con tu miembro me vas humedeciendo, llevando mis jugos desde mi sexo. Adelante, atrás, adelante atrás. Apenas apoyas la cabeza en el ano y me miras. Te sonrío.

—Dame con todo, amor —pido, suplicante.

Me penetras lentamente. Me metes dos dedos en la vagina y comienzas a sacarlos y meterlos. Con mis caderas te indico el ritmo que quiero: despacio al principio, poco voy incrementando la fuerza y la velocidad. Tú embistes, yo te acepto. Empujas, recibo. Cada vez más fuerte, más duro, más profundo. Nos desbocamos. Parecemos un par de animales salvajes, desenfrenados, enloquecidos. Acabamos juntos, al mismo instante, en el mismo estremecimiento, con el mismo alarido. Somos dos fundidos en uno.

¡El fin de semana apenas comienza!