
Quisiera ser la enredadera
que sube por tu piel de seda
Beberme tu pasión
Amarte entera
Amante del amor, Luís Miguel
–Amor, ¿puedes venir?
Me llamas desde el cuarto de baño con tu voz seductora, adornada en esta oportunidad por un toque juguetón.
–Claro, Alicia, ahora mismo voy –te respondo.
Es una de esas tardes de domingo, tan tranquilas que hay quien las llamaría aburridas. No hago más que dar vueltas en la cama, después de haber intentado leer el periódico y darme cuenta de que había empezado por lo menos cinco veces el mismo artículo sin entender siquiera de qué trata el título. Estoy más pendiente de lo que sucede en el baño, tratando de descubrir por los sonidos lo que estás haciendo.
Así que tu pregunta llega como caída del cielo. No es que pueda ir, sino que quiero. En realidad, me muero de las ganas de estar contigo, aunque sea solo para verte mientras cumples con tu larga y detallada rutina de belleza. Me levanto rápidamente de la cama y me dirijo al baño, al tiempo que te pregunto:
–¿Necesitas algo, cariño?
–Sí, Ana, tu compañía –me contestas.
Entonces apuro el paso.
–¡Voy corriendo, amada mía! –te digo en son de broma, para disimular el hecho de que prácticamente corro hacia ti.
Te encuentro sumergida en la amplia bañera, cubierta por una enorme capa de espuma blanca y fragante. El aire de la sala de baño está impregnado del exquisito aroma de la esencia y el gel de baño que estás usando. Me siento en el borde de la bañera, meto la mano en el agua y la muevo para hacer más espuma. Olfateo y, reconozco el aroma.
–¡Lavanda! –exclamo, sorprendida.
–Sí, lavanda –respondes–. ¿Por qué te sorprende?
–Por lo general, usas esencias más fuertes, estimulantes. Esta es relajante –digo.
–Es verdad, pero hoy quiero relajarme –me respondes, juguetona–. En realidad deseo que nos bañemos juntas. ¿Te gustaría?
No me hago de rogar. Rápidamente me desvisto y me meto en la bañera contigo. Apenas entro, te abrazo y te doy un apasionado beso. Respondes abriendo tu boca y chupándome la lengua, mientras me acaricias el cabello, la cara y el cuello. Me desprendo de tus manos y me acomodo en la bañera, frente a ti.
Entonces empiezas a jugar con tus pies, con ellos me acaricias y me rozas la cara. Te beso uno por uno esos dedos deliciosos de tus pies. Dedos delicados, de uñas pintadas. Sé que es una de tus zonas erógenas preferidas y tú sabes que me colocas cuando juegas con tus pies en mi cuerpo.
Cuando estoy entrando en calor los retiras y te das la vuelta en la bañera. Te pones a mi lado y ahora, juegas con tus manos. Las guías en camino descendente, bajando hasta mis pechos. Entonces empiezas a tocarlos muy suavemente, concentrándote en los pezones que se endurecen al contacto con tus sabios dedos.
Dejo de besarte y te pregunto burlona:
–¿Seguro que quieres relajarte?
Te ríes descaradamente y me contestas:
–No, no tengo ningunas intenciones de relajarme.
–Ya me parecía a mí –te comento entre risas y vuelvo a besarte, buscando también tus deliciosos pechos.
Nos quedamos abrazadas unos cuantos minutos, besándonos y tocándonos. Sintiendo cómo va creciendo nuestro deseo y con él la pasión de nuestras caricias.
Hasta que me separo de ti y te susurro al oído:
–Siéntate sobre el reborde de la punta y coloca la piernas a cada lado de la bañera.
–¿Qué tienes en mente, mi adorada diablilla? –me preguntas, pero mientras tanto haces lo que te he pedido.
–Ya lo verás –te respondo–. Mejor dicho, ya lo disfrutarás.
Me arrodillo ante ti. Tomo el envase de espuma de afeitar, lo agito y echo una generosa porción sobre mi mano. Te unto el oloroso producto por todo el monte de Venus, mientras tú sonríes y suspiras. Agarro la afeitadora y comienzo a rasurarte. Con mucho cuidado voy estirando la piel y pasando la maquinilla, retirando tanto el vello como la espuma. En poco tiempo tu pubis queda completamente depilado. Lo lavo con suficiente agua para quitar los restos del producto.
–¡Quedó precioso! –te comento, mientras admiro tu sexo extasiada.
–Lo puedo sentir –me dices, pasando tus dedos suavemente por esa piel tan sensible–. Quisiera verme en el espejo.
Haces amago de moverte, pero te pido que permanezcas así:
–Aún no he terminado, Alicia.
Me miras divertida, aunque sigues sentada. Estiras el brazo y agarras un pequeño espejo de mano. Observas cuidadosamente cómo ha se ve tu pubis completamente rasurado.
–Sí, efectivamente quedó precioso. Y no he sentido la menor molestia. Definitivamente, tienes unas manos tan habilidosas...
Ahora sí es verdad que me muero por ganas de besarlo y lamerlo. Sé que después de la afeitada estará muy sensible y que disfrutarás aún más de las caricias que te prodigarán mi lengua, mi boca, mis dientes, mis dedos.
Me inclino un poco más y meto la cabeza entre tus piernas, mientras con los dedos te voy separando los grandes labios. Me detengo unos instantes a contemplar tu interior húmedo y palpitante, que me invita a poseerlo y no puedo resistirme ante esa tentación. Te doy uno, dos, incontables lengüetazos. Siento tu estremecimiento, te aferro por las caderas y continúo.
¡Ah, el sabor de tu sexo en mi boca! Por más esfuerzos que haga, no puedo compararlo ni siquiera con los más exquisitos manjares y pensar que muy pronto me deleitaré con tus mieles. Podría decir con la gloria de tus mieles, porque a eso me saben: ¡a pura gloria! En esta oportunidad soy yo quien se estremece pregustando la delicia que me espera.
Lamo tus labios, gordos y pulposos, una y otra vez. Suave y lento, y un instante después fuerte y rápido. Voy alternando velocidad e intensidad. Luego los mordisqueo hasta que te retuerces y gimes. Entonces comienzo a chupar con fruición. Mi boca se vuelve ventosa que te succiona sin parar.
Mi lengua busca tu botón de placer. Lo encuentro ya erguido, enrojecido y palpitante. Me retiro, apenas un poco. Lo suficiente para deleitarme observándolo, y vuelvo a acercarme. Lo tomo entre los labios para darle un beso suave, lento, pero muy intenso. Oigo tus suspiros y percibo tu respiración agitada. Quiero más. Deseo escucharte gritar, pidiéndome que siga. Así que alterno las succiones con las caricias de la lengua. Puedo oír tu voz, que me pide:
–Sigue, Ana, sigue.
Y yo, que vivo sólo para cumplir tus órdenes, no puedo más que complacerte.



