
A ti, mi barranco
Nunca me ha atraído la tranquila placidez de los valles. Muy por el contrario, adoro la excitación que me produce pararme al borde del precipicio, extender los brazos, esperar la ráfaga de aire que me haga ascender y lanzarme al vacío con los ojos muy abiertos. Sé que el placer está en disfrutar tanto del vuelo entre las nubes como de la caída cuesta abajo. Por eso mismo me gusta el sexo contigo. Tú eres para mí la hondonada del arranco donde pierdo toda noción de tiempo y espacio. En ti vivo, por ti muero.
Desde hace varios días no nos vemos, porque hemos estado demasiado ocupados. Pero ahora tenemos todo el fin de semana para nosotros dos. Llego antes que tú al sitio donde habitualmente nos encontramos, o al menos eso creo. Comienzo a desvestirme para darme un baño antes de que aparezcas. Me sorprendo cuando te oigo a mis espaldas:
—¡Hola, amor! —saludas con tu voz ronca, que tanto me agrada.
—¡Coño, me asustaste! —te contesto, temblando.
—¿De verdad? —dices en tono burlón. Desnudo, te acercas a mí, restriegas tu sexo erecto contra mis nalgas, me metes una mano entre las piernas y preguntas con tu cabeza muy pegada a la mía: —A ver. ¿Tienes ganas?
Siempre tengo ganas de ti, que me gustas y me regustas. Y aunque no las tuviera, tu sola pregunta me las provocaría.
—Con semejante erección, ¿cómo no las voy a tener? —digo, juguetona.
Me desvistes por completo y comienzas a acariciarme la espalda, alternado la aspereza de tu barba con la suavidad de tu lengua. Esa combinación me excita sobremanera. Tú lo sabes bien, por eso pasas un buen rato haciéndolo. Me metes tres de tus dedos en la boca y me pides:
—Chúpalos como si fueran mi verga.
Nuestras miradas se cruzan en el espejo que está frente a nosotros y el aire se carga de electricidad.
Succiono tus dedos mientras siento como el bulto que apoyas contra mis nalgas se hace cada vez más grande y más duro. Me volteas. Metes los tres dedos mojados en mi sexo. Dejas escapar una exclamación de gusto y me dices bajito en la oreja:
—Me enloquece tu cuca así, húmeda, caliente, palpitando....
Te miro a los ojos y completo tu frase:
—Deseándote.
Mi boca busca la tuya. Subo mi pierna derecha a tu cadera. Mientras mueves tus dedos en mi húmedo interior, tu lengua hace lo mismo en mi boca. De allí pasas a mi cuello, besas, chupas, lames, frotas tu barba contra él, muerdes. Acabo entre gemidos. Ávido te arrodillas a beber cada gota de mis jugos.
—Mar, sabes a puro mar —gritas con deleite—. ¿Quieres probarte?
Relamo lo que chorrea de tu barba reluciente, beso lo que queda en tus labios, hurgo en tu boca en busca de cualquier gotita, por mínima que sea.
—¡Más, quiero más! —te pido.
—Claro que quieres más —me dices, mientras acaricias mis tetas. Tus dedos comienzan a dibujar erecciones en mis pezones.
Suspiro, estremecida aún por el orgasmo.
—¡Ah, se te ponen duros rapidito! —exclamas extasiado, —¿Y qué vas a hacer para obtenerlo?
Suspiro.
—Todo lo que quieras. Todo lo que me pidas. Todo lo que se nos ocurra —respondo, siguiendo tu juego.
Atrapas mis pezones con la boca y chupas. Los halas, alargándolos. Muerdes. Sobas. Aprietas. Hoy estás de muy buen humor y yo también. Debe ser por el reencuentro tras tantos días separados.
—¡Vamos por más, mi amor! —exclamas entre risas.
No puedo sino reír contigo.
Me tumbas suavemente sobre la cama, separo las piernas, te inclinas sobre mí y con delicadeza abres mis labios vaginales. Tocas mi clítoris, lo pellizcas entre tus dedos, lo besas, lo chupas, lo lames, lo muerdes con los labios y halas de él. Me retuerzo de placer. Río de gozo. Tu boca se convierte en una ventosa que chupa y chupa cada vez con más fuerza. La rica sensación de placer se va diseminando desde mi clítoris hasta el último rincón de mi cuerpo, en un orgasmo que me hace vibrar, estremecer, gemir, suspirar.
Metes otra vez tus tres dedos en mi cuca ardiente y sus paredes se contraen a su alrededor, atrapándolos. Los doblas, tanteando mi interior. Comienzas a presionar y no paras hasta que me haces acabar, bañándome como una fuente donde vas a saciar tu sed. Te empapas la mano y me la das a lamer.
Te pido que te recuestes y me inclino sobre ti. Te beso en la boca, acariciándote la barba. Bajo por tu cuello y te lo muerdo justo ahí donde se siente más fuerte la vena palpitando. Te lamo el pecho, me regodeo en lo exquisito de tus hombros fuertes. Chupo tus tetillas con fruición. Recorro tu abdomen con las manos, metiendo mi lengua en tu ombligo. A propósito esquivo tu sexo, para escucharte protestar:
—¡Epa, te estás olvidando de algo!
Levanto la cabeza y te miro sonriente.
—No se me olvida —te digo, mojándome los labios lujuriosamente—. Ya voy para allá. Ten paciencia.
Te oigo mascullar unas cuantas groserías y me río, la paciencia no es una de tus virtudes. Te beso los pies con entrega. Lamo el arco, chupo tus dedos, mordisqueo los talones, sobo tus tobillos. Subo por tus pantorrillas, acariciándolas con mis uñas. Te estremeces, gimes y abres las piernas.
Me arrodillo, tomo tu miembro entre mis manos y me meto tan solo la cabeza en la boca. La succiono muy lenta y suavemente, como si la besara. Suspiras. Mordisqueo con suma delicadeza tu glande, apenas presionando con mis dientes, a cada mordisco sigue una chupada o una lamida. Muerdo, chupo, lamo. Doy lengüetazos a lo largo de tu sexo. Recorro sus venas infladas. Vuelves a suspirar. Te estremeces. Poco a poco voy engullendo y empiezo a succionar. Me tomas de la cabeza.
—Sí, amor, chúpamelo así —me dices con voz entrecortada—. ¡Qué rica boca tienes!
Mamo y te acaricio con la lengua, haciendo círculos ahora grandes, ahora pequeños. Cada vez succiono con más fuerza. Juego con tus bolas, las chupo suavecito, las lamo, mientras te masajeo el perineo. Te retuerces de placer. Te beso el ano y me quedo allí lamiendo, chupando, acariciando. Introduzco dos dedos en mi boca y los mojo muy bien con saliva.
—¿Puedo? —quiero saber. Siempre te pregunto, a veces estás de humor, otras veces no.
—Sí —me contestas—. Claro que puedes.
Te meto los dos dedos. Gimes. Adoro ver como crece aún más tu verga cuando lo hago. Es como si a medida que voy metiendo los dedos te la fuera sacando poco a poco. Tus venas parecen a punto de estallar. Continuo chupando, cada vez con mayor fuerza, mientras empujo los dedos más y más adentro. Siento tus estremecimientos. Oigo tus gemidos. Veo tu gozo. Acabo una vez, con el simple placer de verte disfrutar.
Me subo sobre ti. Me tomas por las caderas y me ayudas a subir y bajar, a moverme de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en círculos. Te cabalgo sin apartar mis ojos de los tuyos. Me sueltas. Te llevas dos dedos a la boca y los ensalivas. Me inclino ligeramente hacia delante, me aferras con un brazo y me metes los dos dedos de un solo golpe. El latigazo de placer recorre toda mi columna vertebral, haciéndome cimbrar.
—Te gusta, te gusta, amor —me dices.
—Sí, así, dame más duro —Te contesto, aunque no era una pregunta.
Metes y sacas, mientras meneo las caderas. Esta vez acabo rápido, mojándome hasta las nalgas.
Me echas sobre la cama, flexiono las piernas a ambos lados y te abalanzas sobre mí con todo tu peso. Embistes, empujando y empujando fortísimo. Te clavo las uñas en la espalda. Gimes de placer. Mis caderas se mueven, pidiéndote más y más hasta que llego, en otro orgasmo de esos fuertes que me hacen estremecer el cuerpo por completo.
Te arrodillas, pones mis piernas sobre tus hombros. Con tu miembro me vas humedeciendo, llevando mis jugos desde mi sexo. Adelante, atrás, adelante atrás. Apenas apoyas la cabeza en el ano y me miras. Te sonrío.
—Dame con todo, amor —pido, suplicante.
Me penetras lentamente. Me metes dos dedos en la vagina y comienzas a sacarlos y meterlos. Con mis caderas te indico el ritmo que quiero: despacio al principio, poco voy incrementando la fuerza y la velocidad. Tú embistes, yo te acepto. Empujas, recibo. Cada vez más fuerte, más duro, más profundo. Nos desbocamos. Parecemos un par de animales salvajes, desenfrenados, enloquecidos. Acabamos juntos, al mismo instante, en el mismo estremecimiento, con el mismo alarido. Somos dos fundidos en uno.
¡El fin de semana apenas comienza!
3 comentarios:
Anamar,
Sabes exactamente que excitas al lector, me gusta nadar mentalmente en tus líquidos, imaginar tu cuerpo abierto y muy excitado, verte con cada orgasmo, amarte porque nunca tienes suficiente, soñar te en las noches...
¿existe hombre que resiste una sesión tan larga contigo?
un beso diosa
Es un pecado llamarle "fin" de nada, ni siquiera de semana...
Excitados besos desde el agua
No será mucho goloza...
El pobre debe estar muy delgado...
o NO?
Publicar un comentario