jueves, 7 de junio de 2007

El jardín de las delicias



¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!
Porque ha pasado el invierno,
las lluvias han cesado y se han ido
El cantar de los cantares

Nada indicaba que aquella jornada me deparaba una de las mejores experiencias de mi vida. Una que no había imaginado ni siquiera en mis fantasías más atrevidas o descabelladas. Como todos los días, esa mañana me senté frente al computador y lo encendí. Mientras los programas se cargaban, me quedé mirando por la ventana. Allí estaba, como todos los días, el jardinero.

–Ahí está, siempre agachado entre los arriates de flores. Tratándolas con tanto amor y cuidado –dije, en voz baja, para mí.

La primavera había empezado hacía apenas un mes y el producto de sus desvelos y su dedicación se notaba. Los rosales llenos de capullos y ese perfume que flotaba en el aire. Abrí una de las hojas de la ventana y lo observé. Aunque estaba cerca de la ventana no advirtió que lo estaba mirando. Me llamaron la atención sus manos. Manos fuertes, habituadas al trabajo duro, pero al mismo tiempo delicadas. Manos que trataban con suavidad a cada flor. ¿Cómo serían esas manos, diestras en acariciar flores, acariciando el cuerpo de una mujer? Las imaginé deslizándose sobre la piel, tocando, acariciando, reconociendo cada cumbre y cada hondura.

¡Ah! ¡Cuánto me gustaría sentir sus manos recorriendo la mía!
Estaba en eso de fantasear con las manos del jardinero, cuando se puso de pie, se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron, jardín por medio, como si me hubiera escuchado. Mi corazón empezó a latir más rápido y más fuerte que lo usual y el solo imaginar que él habría podido adivinar mis pensamientos, me hizo sonrojar.
Me regaló una sonrisa dulce y resplandeciente como el sol, que hizo aumentar aún más mi turbación. Miré sus ojos negros, brillantes y vivaces; sus labios rosados y carnosos, que invitaban a besarlos… Le devolví un tímido esbozo de sonrisa y cuando hacía un gesto para saludarlo, sonó el teléfono.

–¿Aló?– respondí.

–Ana, ¿olvidaste la reunión? –dijo del otro lado la voz perentoria de la secretaria–. Empezó hace quince minutos y te están esperando.

–¡Ay, Dios! –dije, y colgué el tubo.

Salí de mi oficina y llegué a la sala de reuniones casi sin aliento. Todos los presentes se dieron cuenta que había llegado a las corridas.

–Agradezco su presencia, Ana –el presidente volvía a regalarme uno de sus irónicos comentarios–. Imagino que debe haber estado ocupada en algo muy importante.

¡Como me hubiese gustado ser invisible! Observé las risitas forzadas y dos colegas, también directivos como yo, murmuraron por lo bajo. No era fácil, pero me esforcé en mantenerme calma. Busqué una silla desocupada y me senté sin mirar a los lados.

Desde el comienzo de la primavera tenía la cabeza en otro lugar. Quizás se debía a que en mi país de origen no había esos cambios de estación, pero lo cierto es que no lograba concentrarme en el trabajo ni recordar los detalles más habituales de la rutina diaria, esos que se hacen mecánicamente. Me pasaba el tiempo viendo a través de la ventana, contemplado el bello jardín y siguiendo los movimientos del jardinero.

Ahora mismo, mientras uno de mis colegas hablaba, yo no podía dejar de pensar en él, en ese hombre de quien ni siquiera sabía el nombre, pero que me obnubilaba la mente, ocupaba mis pensamientos como un invasor y me provocaba las más disparatadas ensoñaciones. Mis ojos se fueron directamente al ventanal. No me importaba nada. Ni el presidente de la empresa, ni la junta directiva ni mis competitivos colegas. Estaba obsesionada con el jardinero. Desde donde estaba, claro, no podía verlo, por lo que me dediqué a imaginarlo.

La reunión fue un verdadero suplicio porque el presidente no me quitaba los ojos de encima y me veía de una manera que me perturbaba aún más de lo que ya estaba.

Una hora después terminamos y regresé a mi oficina. Apenas abrir la puerta, percibí el exquisito olor que flotaba en el ambiente y vi la soberbia flor que adornaba mi escritorio. Se trataba de una orquídea Cattleya, originaria de mi país. Al tocar los delicados pétalos me embargó una enorme emoción. Entre las hojas había una tarjeta, con el siguiente mensaje. “La invito a ver nuestra colección de orquídeas. Venga al invernadero detrás del edificio de oficinas”.

El corazón me latía con tanta fuerza que temía fuera a salírseme por la boca y las piernas me temblaban.

Salí de la oficina y le dije a mi secretaria que debía ausentarme por unos minutos. Me recordó que en menos de media hora tenía cita con el presidente de la empresa. La tranquilicé explicándole que regresaría pronto.

Caminé –no es verdad, en realidad corrí–, a la parte trasera del edificio, atravesé el estacionamiento y franqueé la hermosa cancela de hierro. Para mi sorpresa entré a un jardín mejor cuidado que el del frente, con profusión de plantas, arbustos y setos. Divisé el invernadero y allí fui.

¿Qué me esperaba allí? No lo sabía. La excitación y la incertidumbre me estaban enloqueciendo. Solo entrar fue suficiente para sentirme a gusto de inmediato. La temperatura era agradable, la cantidad de plantas floreadas era inimaginable y, además, estaba el jardinero, su sonrisa asomando entre las orquídeas.

–Tengo que agradecerle –le dije, acercándome a él–, que me haya dejado una orquídea típica de mi país.

–Sí, una Cattleya lueddemaniana– me respondió, salió detrás de las flores y caminó hacia mí–. Oriunda de las zonas costeras de Venezuela.

En cualquier otro momento hubiera tenido la suspicacia suficiente para preguntarme y preguntarle por qué él sabía de dónde era yo, pero en aquel momento estaba embrujada por su presencia avasallante; por la calidez de su sonrisa; por su voz grave, profunda, masculina; y, sobre todo, por su olor a hombre que prevalecía sobre el de tantas flores juntas y me excitaba.

–Venga. Quiero mostrarle el resto –dijo, tendiéndome una de aquellas manos que yo solía admirar a través de la ventana y tanto deseaba sentir sobre mi piel.
Ahora la tenía frente a mí. Me la ofrecía. Alargué la mía. Lo toqué. El solo contacto me hizo estremecer y ya no pude resistir más. ¿Cómo explicar lo que hice? No hay modo. Si tengo que ser sincera, me abalancé sobre él y lo besé en los labios, mientras abría su camisa para tocar aquel pecho que tanto me atraía.

El jardinero respondió a mis caricias con los mismos bríos que yo se las prodigaba. Abrió la boca y me devolvió los besos, metiendo su lengua muy adentro, palpando mis pechos a través de la blusa, rozando mis caderas por encima de la falda. ¡Por fin sentía sus manos y eran todo lo que yo esperaba! Quizás más, porque nunca había sido blanco de tanta lujuria como aquella con la que ahora él me estaba manoseando. Igual hacía yo con él, tocándolo, restregándome contra su cuerpo recio, arrancándole la ropa a manotazos.

¿Cuánto tiempo pasó? ¿Minutos? ¿Segundos? Cuando mi cerebro reaccionó, ya era tarde. Estábamos desnudos. Se recostó en uno de los mesones y su miembro erecto quedó ante mí.

Estaba fascinada con su sexo soberbio y potente. Acaricié el glande enrojecido, las venas del tallo, los testículos duros y llenos. Me incliné apenas, me lo metí en mi boca. Él me tomó con fuerza por los cabellos, forzándome a engullirlo por completo y limitando cualquier otro tipo de movimiento de mi parte. Me gustaban sus modales decididos e incluso un poco toscos.

–Veo que tuviste más éxito que yo, Jean –dijo una segunda voz: la voz del presidente de la empresa, que llegaba desde atrás.

El jardinero aumentó la presión de su agarre y no pude voltear. Sin recuperarme del asombro, sentí los dedos del otro hombre en mi entrepierna.

–Es evidente que vas muy bien encaminado.

–Así es, Armand. –respondió el jardinero.

Se me congeló la sangre en el cuerpo. Y como sea que me detuve, el jardinero me obligó a continuar, empujando con fuerza su miembro en mi boca.

–Te dije que de esta tarde no pasaba –agregó, con la seguridad de un rufián que sabe que, al fin de cuentas, será obedecido.

No podía creer lo que estaba oyendo ¿Acaso aquellos dos hombres se habían puesto de acuerdo para seducirme? Se trataban por sus nombres, con total familiaridad y, por lo que decían, se habían puesto de acuerdo y urdido un plan.
Hice un intento por separarme, pero fue tan débil que más bien pareció una invitación a que continuaran. Porque no estaba en condiciones de resistirme y si debía ser sincera, tenía que admitir que estaba disfrutando, y mucho, de aquella inesperada situación.

Armand no sacaba los dedos de mi vulva. Por el contrario había metido otro y me masturbaba frenéticamente, casi con violencia. El orgasmo se iba acercando a toda velocidad, hasta que estalló en forma de un torrente que me inundó y se deslizó por mis muslos abajo. Entonces sin soltarme, Jean se bajó de la mesa y pude sentir a Armand restregando su sexo en mi humedad, mientras abría mi ano con dos dedos y decía en voz tenue:

–Sí, me gustan las mujeres que acaban así, bien mojadas.

De allí en más, todo es confuso. Sólo retazos de recuerdos: Jean que me besaba con salvajismo, mordiendo mis labios y tirando de mis cabellos. Armand mordisqueando mi espalda, empujando una y otra vez sus dedos en mi ano, estremeciéndome de placer con cada nueva embestida. Estaba a punto de desfallecer entre aquellos dos hombres, pensando en lo que habían tramado. No necesitaba esperar más.

El jardinero volvió a recostarse en el mesón cercano, me tomó entre sus brazos y me encaramó sobre él, penetrándome con un golpe decidido. La columna de acero en que se había convertido su sexo me taladraba las entrañas. Era tan fuerte que me subía y me bajaba sin ninguna dificultad. Entonces agarró mis nalgas y las abrió, ofreciendo mi trasero a Armand. Éste apoyó su bien lubricado sexo en el orificio y empezó a introducirlo con delicadeza.

Cuando lo tuvo completamente dentro, ambos se turnaron para embestirme. Se veía a todas luces que no era la primera vez que hacían esto. La sincronización de sus movimientos era perfecta: uno metía, el otro sacaba, uno embestía, el otro me sostenía por las caderas. La fricción de ambos sexos en mi interior me producía un placer indescriptible.

Jean ahora me besaba los pechos y podía sentir la boca de Armand en mi espalda. Todo se conjugó para que acabara en un orgasmo tras otro, vibrando como un diapasón, gritando como una posesa, pidiendo más y más, embutida entre aquellos hombres que continuaban penetrándome sin descanso. No sé cuántas veces acabé, aunque sí recuerdo la exquisita sensación de esa tibieza llenando mi interior al unísono y la laxitud que me embargó hasta el punto que me desvanecí.

¿Cuánto tiempo transcurrió? No lo sé. Cuando desperté estaba allí, sobre la gran mesa de trabajo de madera noble. Desnuda, con las piernas abiertas.
Y allí, donde los muslos se unen para formar la cavidad, los pétalos acariciando la sensible piel de mi vulva, y como si hubiera nacido allí, la más hermosa orquídea miniatura que recuerdo haber visto en mi vida.

4 comentarios:

Zârck. dijo...

Imagina, yo que soy un humilde jardinero me he quedado prendado con tus delicias. Y con tu orquidea.
Saludos desde el Jardín.

george dijo...

Querida Ana,
a veces casi tengo miedo que alguien te hace daño, pero veo, mas fuerte y loco te cojan, mas disfrutas...
yo leiendo disfruto casi como tu, casi me regalas uno de tus múltiples orgasmos, describes tan bien detallado para que uno participa, esta vez no hay que imaginarse la vulva, lo pones al comienzo para que ya desde allí puede dominar la mente...
¡esta si es una flor abierta!

beso la flor con cariño

Rodrigo Fúster dijo...

Salvaje, procaz, adictivo e ilusorio. Sabes muchos se hanquejado en mis blog que escribo muy largo, pero al contrario encuentro que el secreto de una buena historia esta en los detalles.
Muy sensual ana, me pregunto ¿ cómo serás?

Anónimo dijo...

Oh Ana yo te deseo...

Me gustaría conocerte.