sábado, 28 de abril de 2007

Al ritmo de tus caderas


Para que se animen a bailar con pasión

Parada frente a mí, tu cuerpo muestra el deseo que bulle en tu interior, anticipándome el vendaval de pasiones que estoy por presenciar y sentir. Otras veces te he visto bailar, mujer, gitana mía. En la escuela de flamenco, presentándote ante el público, en fiestas de familiares o amigos. Siempre un deleite, un verdadero tributo para los sentidos, un privilegio que me provoca profundas emociones. Pero ésta será la primera vez que danzarás sólo para mí, bailaora.

Veo la flor de gasa que sujeta tu cabello oscuro, ala de cuervo, y el resplandor de los aretes de plata que cuelgan de tus orejas. Detalles rebosantes de ese duende que aumenta tanto el embrujo como la seducción. Admiro tu largo cuello y tu cerviz, que no pierden ni un ápice de su fuerza aunque ahora estén doblados. Tienes la mirada fija en el piso, como si me estuvieras robando el placer de mirarme en la profundidad de tus divinas cuencas.

Tu pose me permite contemplar la suave redondez de los hombros echados hacia atrás, resaltando aún más la comba de los pechos grandes, generosos. Senos rotundos. Carnes que suben y bajan al ritmo de tu respiración. Pechos de pezones erectos, dibujados por el pincel del más virtuoso artista. Ahora me niegas la visión de la prometedora zanja de tus senos, cueva de miel y fuego; pero -aun sin verla- en ella me regodeo.

La fina tela de la falda no logra ocultar la curva de tus nalgas redondas e incitantes. Me laten las manos al evocarlas, sintiendo su firmeza bajo mis palmas y la forma en que responden a mis caricias cuando las toco. Imagino tu abdomen pleno, latiendo de expectación. Me provoca posar mi cabeza sobre ese vientre y dejarla allí, hasta el final de los tiempos.

Con gesto coqueto, recoges el borde de la falda hasta la altura del muslo y muestras la pierna izquierda, lanzando hacia el lado derecho las caderas redondas, voluptuosas. Vas descalza, sin tus zapatones de flamenco. ¡Qué pies, mujer! Sublimes de tan fuertes.

Bailaora... apenas empieza la música te giras y clavas en mí tus ojos verde esmeralda, brillantes, húmedos de embeleso, más hermosos a fuerza del gozo de regalarme un baile, tu danza de fuego. No creas que no me doy cuenta de tu gesto, de esa sonrisa villana que se dibuja en tus labios. De cómo los unes en el mohín de un beso y después das un golpe de talón en el piso, con una fuerza que me subyuga. ¡Ah, cíngara fogosa!

L’amour est un oiseau rebelle
Que nul ne peut apprivoisier;
et c’est bien en vain qu’on l’appelle,
s’il lui conviente de refuser..

Con los primeros acordes de Habanera, tu cuerpo delicioso es una serpiente de la tentación delante de mis ojos. ¿Me miras? Sí. No apartas la vista de mí ni tan solo un instante. Tu pie derecho dibuja un círculo sobre el piso y mueves tus caderas hacia la izquierda. Das un golpe de talón más, reclamando mi atención.
¡Como si fuera necesario!

Anda, provócame con tu duende, zalamera. Dibuja otro círculo, ofrécete. Eso, ahora el pie izquierdo y hacia el lado contrario van tus caderas, hablándome de misteriosos placeres.

Rien n’y fait, menace au prière.
L’un parle bien, l’autre se tait;
et c’est autre que je préfère,
il n’a rien dit mais il me plait.

Tus brazos, bailaora. ¡Ay, tus brazos! Dos aves sueltas a vuelo, flores que se abren y se cierran como mi deseo. Tus manos. Cada movimiento, una caricia que me recorre el cuerpo. Tu mirada penetrante, una provocación que no se aparta de la mía, fascinada.

L’amour! L’amour! L’amour! L’amour!!

¡Eso, bailaora! Eso esperaba. Que te quitaras la blusa de un tirón, que la botaras. Que te acariciaras los senos y con tus manos me los ofrecieras, como en bandeja. Que los acercaras a mi boca, para que mi lengua apenas rozara sus pezones y, provocadora, te alejases con los ojos fijos en los míos mientras Bizet me habla de un amor jamás antes conocido:

L’amour est un enfant de Bohème,
Il n’a jamais, jamais connu du loi;
Si tu ne m’aimes pas, je t’aime;
si je t’aime, prends gard à toi!

Ven, camina hacia mí, balancéate, echa la cadera hacia adelante, ofrécete; voltéala hacia atrás, negándote. Gira de izquierda a derecha, transfórmate en deseo. Y a cada paso, con cada taloneo muéstrame tus muslos, descúbreme esas piernas, incítame con toda la impudicia del baile.

Ven, acércate para que perciba tu aroma de hembra en celo y, por favor, mírame. No dejes de mirarme.

L’oiseau que tu croyais surprende
battit de l’aile et s’envola;
L’amour est loin, tu peux l’attendre;
tu ne lattends plus, il est lá!

Te das otra vuelta y giras, quedando de espaldas a mí. Y por el aire vuela la falda, incendiado con el contoneo de tus ancas. De un lado a otro, y el taloneo que machaca mis sentidos –gitana de mis sueños–, como tus miradas por encima del hombro, tus ojos de lujuria.

Aquí estás, toda desnuda.

Te acercas a mí, y mi sangre hierve. Refriegas tus nalgas en mi entrepierna, enajenas mis sentidos, consigues que me pierda.

Tout autour de toi, vite, vite,
il vien, s’en va, puis il revient;
tu crois le tenir, il t’èvite,
tu crois l’èviter, il te tient.

Y con la última vuelta allí estás, de pie frente a mis ojos, las caderas a la altura de mi cara. Apasionada. Impúdica. Salaz. Pura lujuria. Te echas hacia atrás y arqueas el cuerpo ofreciéndome esa cueva abierta, esa humedad que de tan anegada, casi gotea. Sexo abierto que se me ofrece y del cual quiero beber.

L’ amour! L’amour! L’amour! L’amour!

Te dejas aferrar por las caderas, te levanto del suelo. Me devora tu mirada hambrienta. Abres las piernas y te clavo en mi verga enhiesta. Un instante antes del estertor, apenas si puedo susurrar la súplica, que a la vez es orden: "Ven, gitana mía, báilame otra vez esa Habanera".

Ilustración: Óleo Flamenco Dancer III del pintor Fabián Pérez

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