
A media tarde del día siguiente a tu primera visita, suena el timbre de la puerta y voy a abrir. Ya estoy preparada con mi corto camisón de satén. Sé que estás del otro lado de la puerta. Me topo contigo. Gustavo Adolfo, mi querido, vienes para que continúe enseñándote las artes del amor. Admiro tus ojos marrones, la tez bronceada y esa encantadora sonrisa que me hacen recordar tanto a mi amante desde hace quince años –tu padre– y artífice de nuestro primer encuentro. Aunque no estoy muy segura de que sepa de esta segunda visita y eso –al menos en lo que a mí respecta–, le agrega mayor atractivo al hecho.
Nos abrazamos y besamos, allí mismo, a la entrada de mi apartamento. A leguas puedo percibir tanto la excitación como el nerviosismo de ti, mi guapo muchacho. Me digo que debo hacer algo para disminuir nuestra ansiedad, uno de los peores enemigos del sexo.
Como el día anterior, cuando llegaste con Gustavo, te invito a entrar y sentarte en el sillón tapizado con flores. Ese, donde suelo sentarme a leer. Converso sobre esto y aquello mientras sirvo dos tragos, tratando de que ni mis palabras ni mis acciones dejen ver el enorme deseo que despiertas en mí, querido. En realidad me atraes tanto que tengo unas ganas enormes de saltarte encima y devorarte a besos, pero debo contenerme. Quiero que ambos nos tomemos el tiempo suficiente para conocernos, explorarnos y descubrirnos juntos. Quiero hacer de ti, jovencito, un amante experto y avezado y para ello debo echar mano de todos mis artilugios, muchos de ellos producto de las enseñanzas de tu padre.
–Anoche no pude dormir pensando en ti, Ana –me comentas. ¡Te ruborizas! Pero puedo presentir tu felicidad.
–Exagerado –te digo, tratando de restarle importancia al comentario.
–Es cierto. Incluso me... ehhh... –vacilas y tus mejillas se encarnan más.
–Anda, dilo... ¿has estado jugando a solas con esas manitas lindas que tienes? –te aliento–. Anda, dime, cuéntame. Que no es para avergonzarte.
–Sí, me masturbé pensando en ti, en tu deliciosa boca y en lo que me hiciste ayer –me respondes, hurtándome tu mirada y sonrojándote de tal modo que me causas una ternura infinita. ¡Ah cuánto deseo besar tus mejillas arreboladas! Te tomo por el mentón y con delicadeza te levanto la cabeza, de modo que nuestros ojos se encuentren cuando te digo:
–Hoy quisiera enseñarte la forma de hacer vibrar a una mujer.
–Quiero aprender cómo hacerte vibrar a ti, Ana, sólo a ti –me dices, mientras te beso en la cara.
–Bien, entonces te mostraré la forma de hacerme enloquecer.
–Eso... eso es lo que quiero –y tu deseo es casi una súplica.
Me acomodo de costado en el sillón y me tiro hacia atrás. En mi mente bullen mil pensamientos y en mi cuerpo el deseo avasallante. ¡Eres tan hermoso! Te reclinas sobre mí y me besas en la boca. Mientras nuestras lenguas se saborean y conquistan una vez más, te desnudo con sumo cuidado. Logro deshacerme de tu abrazo por un instante, eres pura pasión, pero debo explicarte algo:
–Ahora me recostaré y poco a poco te iré diciendo que hacer.
Me tiendo de espaldas, abriendo las piernas y apoyando un pie en el borde y el otro en el apoyabrazos. Te indico que te arrodilles frente a mí, entre mis piernas y comienzo a dirigir tus movimientos:
–Apoya la base de tu mano izquierda aquí, sobre el hueso púbico, justo donde empieza a nacer el vello, y con tus dedos índice y medio abre los labios de mi vulva.
Al primer contacto de tu mano con mi sexo me estremezco.
–¡Ummm, es una vista estupenda! Tu sexo es hermoso, Ana –exclamas, bajando la cabeza para plantarme un beso en pleno monte de Venus. –Con la piel tan suave... tan delicada. ¡Y tu olor! Me embriagas.
Siento mi sexo humedecerse a medida que vas hablando. Veo la admiración en tu cara y no puedo más que admirarme yo también de lo hermoso que eres, de tus modales suaves y del estupendo entendimiento que va naciendo rápidamente entre nosotros. El instinto –¡Ah, el maravilloso instinto!– te lleva a presionar tu mano hacia abajo. La presión es mínima y sin embargo la reacción que provoca en mí es enorme: vuelvo a estremecerme y suspiro, abriendo más las piernas.
–Ahora, coloca el índice y el dedo medio de la otra mano a ambos lados del botón del clítoris. Así, como si lo atraparas entre tus dedos. Muévelos y apriétalos con la mayor suavidad y lentitud que te sea posible.
–¿Así?– me preguntas con tanta delicadeza como cada una de tus caricias. –¿Te gusta así, Ana? Por favor, dime si te gusta de esta manera.
Tus movimientos son seguros y acertados. En medio de la enorme excitación que me embarga no dejo de maravillarme de tu buena disposición para seguir mis indicaciones o para aventurarte a probar algo por pura intuición. Presiento que serás un amante excelente y quisiera que fueras mío de ahora en adelante. Te contesto entre suspiros:
–Sí, justamente así como lo estás haciendo.
Tus manos me enloquecen! Me están proporcionando un placer sin igual, lo siento cómo me va ganando el cuerpo, aletargando mi mente, adentrándose en mi alma. La sangre fluye rápidamente por mis venas y el clítoris se hincha, palpitando, agradeciendo la atención que está recibiendo. Cierro los ojos y por unos minutos me abandono a tus caricias, luego te digo:
–Humedécete el pulgar y el índice con tu saliva o con el líquido de mi vagina. Vuelve a colocarlos a ambos lados del clítoris y tuércelo muy, muy despacio, para después ir acelerando poco a poco.
¡Buen niño! Me obedeces. Haces como te voy indicando. Sigues atento los movimientos de mi cuerpo y los sonidos que emito, variando la velocidad según te dicta tu instinto. Te pido, te ruego, te suplico que no te detengas hasta llevarme al orgasmo y éste llega con la fuerza de un vendaval. Apenas me repongo te indico que ocupes tú el lugar en el sillón. Sosteniéndome de la cabecera, me trepo y me paro delante tuyo y acerco mi cadera a tu cara, descendiendo hasta que él alcanza mi vulva con su boca.
Das besos lentos, pequeños, suaves a mi clítoris y a mis labios vaginales. Te explico que ahora te darás cuenta que estoy muy excitada porque mi vagina está sumamente lubricada:
–Bébeme, Gustavo Adolfo. Es mi néctar y te lo brindo como ofrenda a las caricias que me estás regalando. Bebe cuanto quieras.
Te oigo gemir y suspirar, mi muchachito lindo, mi potrillo. Noto tus estremecimientos. Libas con la avidez de un niño sediento, regodeándose en cada gota, disfrutando de mi sabor, embriagándose con mi aroma más íntimo. Froto mi vagina contra tu cara, indicándote que quiero tu lengua dentro de mí, tus manos en mis pechos.
¡Anda, lame a voluntad! ¡Cómeme sin parar! Sigue con esos lengüetazos constantes y precisos. ¡Vaya que aprendes rápido, mi niño!
Cuando noto que un nuevo orgasmo se avecina, con las piernas temblando, me levanto un poco y me acuclillo sobre tu sexo erecto, plantando ambos pies a cada lado de tu pelvis. Permanezco agarrada con una mano a la cabecera del sillón, mientras que con la otra dirijo tu sexo y lo meto en mi vulva. Empiezo a subir y bajar rítmicamente, penetrándome con mayor profundidad cada vez. Muevo las caderas en círculos, abarcando todo mi interior. Me agacho hasta donde puedo y me levanto al punto de que tu sexo casi sale de mí. La fuerza con que aferras mis caderas aumenta mi excitación y a ti, te enloquece. Ambos acabamos casi al mismo tiempo, repitiendo como posesos, el nombre del otro.
¡Qué delicia es enseñarte, mi hermoso jovencito! ¿Qué haremos la próxima vez? Algo se me ocurrirá.
5 comentarios:
Nunca dejas de sorprenderme... NUNCA.
Besines.
Anamar,
eres una buena maestra,
¿porque no te habrá encontrado hace muchos años?
mi vida hubiera cambiado completamente,
me hubieras hecho salir de mi inocencia sobre las mujeres,
hubiera sabido que no solo yo quiero sexo, las chicas también, a lo mejor mas que yo!!!
estoy muy contento que a mi edad todavía he entrado en el mundo formidable de las mujeres,
he aprendido amar sin tener complejos de moral, sabiendo que no estoy solo en el mundo,
todavía pudieras darme el curso de iniciación, hay detalles que siempre quería hacer, pero no me atrevía,
¿también habrá capitulo tres del relato, que el chico manda en el encuentro?
un beso cariñoso
¡Vaya!
Eso es lo que llamo "jugar al caballito" :=)
Excelente, amiga, excelente...
Un beso, Simon
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El bello y noble arte de la docencia...
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