domingo, 6 de mayo de 2007

Ojos que me ven



A ti,
sé que estás allí,
en la penumbra...

Estoy rendida. Más que rendida, estoy realmente exhausta. Llevo horas sentada frente a la computadora, escribiendo como una posesa. Encontré el sendero de la inspiración muy temprano en la mañana y en todo el día no he parado de aporrear la máquina.

Ahora quiero darme una buena ducha, reposar y más tarde echarme un rato en la cama a revisar lo escrito. Apago la lámpara de mi escritorio y me desperezo antes de levantarme de la silla. Me estiro como una gata perezosa. Lo hago con una mezcla de satisfacción y premeditación, porque sé que mi casero también apagará las luces de su estudio, buscará a su esposa y juntos se dedicarán a disfrutar del maravilloso espectáculo que generosamente les brindo cada atardecer.

Alquilé una pequeña cabaña en la casa de playa de un matrimonio conocido de unos amigos míos. Buscaba un sitio tranquilo, donde sentarme a escribir y leer todo el día, sin mayores preocupaciones y sin que nadie me interrumpiese. He conseguido mucho más que eso. El primer día nomás, advertí que a él le gusta sentarse en la penumbra y observarme; lo cual no me molesta en lo absoluto. Muy por el contrario, me encanta. Lo que sí me sorprendió fue descubrir que su mujer también estaba allí, mirándome con voracidad, siguiendo con atención todo lo que hago.

Sabiendo que me espían, comienzo por desvestirme despacio, gozando cada movimiento, permitiendo que mis espectadores disfruten de lo que tanto les gusta.
Empiezo por bajar el cierre del short con lentitud, prolongando el instante, hasta que llega el momento de quitármelo. Mientras me despojo de él, cuido cada movimiento ondulante de mi cuerpo. A partir de ese momento, me transformo.

Cuando dejo el short en el piso, me siento poseída por voluptuosas sensaciones. Abro uno a uno los botones de la blusa. Me despojo de ella y la tiro a la silla más cercana. Sólo queda una combinación de algodón entre sus ojos y mi cuerpo. Otra vez me desperezo. Estiro todo el cuerpo. Termino de desnudarme.

Me acaricio los pechos con delicadeza, deleitándome en la suavidad de mi propio goce. Adoro la sensación de mis pezones endureciéndose. Cuando están bien erectos los acaricio con el dorso de mis muñecas. Es exquisita la sensación de mi pulso latiendo sobre los pezones duros, de la piel suave contra la firmeza casi pétrea.

Adivino a mis caseros en la penumbra. Estarán de pie, ambos de frente a mí, ella con su cabeza recostada en uno de los hombros de él. Los imagino: él le toca los pechos de la misma manera que yo hago con los míos y ella se deja acariciar de buen grado. Esa imagen aumenta mi propio placer.

Froto con más fuerza. Me estrujo los pechos. Halo mis pezones, estirándolos todo lo que puedo. La mezcla de dolor y gozo es deliciosa, me invade todo el cuerpo. Inclino la cabeza y me lamo los pechos. Sí. Chupo mis propios senos, es algo que despierta mis deseos más salaces. Los succiono. Los muerdo.

Allí estarán ellos, mi pareja vecina, replicando mis movimientos. Si hasta me parece escuchar los suspiros de ella y la respiración cada vez más agitada de él. Me estremezco. Siento como el sexo se me va anegando con mi deliciosa miel. Mi mano se transforma en un cuenco con el que la junto y luego la llevo a mi boca.

–¡Mmm! –exclamo.

Subo una pierna a una butaca y abro los labios de mi vagina. Me busco el clítoris, coloco dos dedos a su lado y uno sobre él, haciendo presión y frotando. Cuando lo siento henchido, lo tomo entre mis dedos para tirar de él. Continúo así –presionando, frotando, tirando–, hasta que percibo que la conocida oleada de placer empieza a recorrerme el cuerpo, como senderos de fuego serpenteando. Una vez más meto los dedos en mi vulva para recoger mis jugos. Me los lamo y los relamo.

Echo un vistazo a mis caseros, porque ahora los puedo ver. Descubrir que ella está en la misma posición que yo me alimenta la voluptuosidad. Él, arrodillado, le lame el sexo con avidez. Ella se deja hacer, pero no deja de mirarme. Está atenta, sigue cada uno de mis movimientos. El saberme observada me hace estremecer.

Sigo masturbándome, ahora más rápido y fuerte. Meto tres dedos en mi vulva humedecida y empujo, empujo sin parar, con la vista puesta en la pareja al otro lado del jardín. Ella está recostada contra una poltrona y él la penetra con fuerza. Imagino los gestos de la cara de ambos, los jadeos que estallan en la garganta, el sudor empapándoles el cuerpo.

¡Ah! El muy travieso la está penetrando, y sin embargo no deja de mirarme. Siento los ojos de él clavados en mí. ¡Por todos los santos, cómo me excita! Allí viene otro orgasmo, se está anunciando. Tengo que buscar apoyo porque las piernas ya no me sostienen. Camino hasta mi cama y me recuesto, aunque no saco los dedos de mi interior ni dejo de mirar a mi pareja. Las contracciones se suceden una tras y otra, irradiándose por todo mi cuerpo.

Flexiono las piernas y me incorporo para seguir viendo a mis caseros. Se han acostado en el sofá de su estudio. Estiro la mano libre y busco entre mis cosas el falo de goma que uso cuando necesito algo más que mis dedos. Estoy tan mojada que ni siquiera tengo que lubricarlo. Lo apoyo a la entrada de mi vagina y lo meto de un solo golpe.

–¡Qué rico! –grito en la soledad de la cabaña.

Lo saco por completo y vuelvo a meterlo, cada vez con más fuerza, más rápido y más profundo. Estoy fuera de mí, completamente excitada. Acabo sin poder reprimir el grito. Me parece que ella tampoco. No sé si es ilusión o realidad, pero me pareció escuchar no un grito, un alarido proveniente del estudio. Ella, recostada sobre el pecho de su hombre, debe haber llegado con tanta fuerza como yo.
Exhausta por los orgasmos que, cada vez más suaves, siguen sacudiéndome el cuerpo, me dejo caer en la cama y cierro los ojos. Poco a poco me voy relajando, mi respiración se normaliza y me quedo dormida.

Cuando despierto, noto que afuera es noche cerrada. Sobre mi mesa de noche consigo una hermosa tarjeta de hilo blanco, junto a un vaso de cristal con flores del jardín:

"Ana: Sabemos que mañana te marchas y hemos querido agradecerte tu generosa y sensual entrega. ¡Mil gracias! Eres bienvenida a esta, tu cabaña, tu escenario, nuestra delicia. Regresa cuando quieras. M y J".

Mi mente vuela libremente hacia la próxima temporada de retiro creativo...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde luego hay vacaciones que traen un cansancio muy placentero. No sabemos que posición prefeririamos, si la de ver o ser mirados. Mejor primero uno y luego otra.

Besos desde el agua.

Etèria dijo...

Interesante eso de mirar y ser mirado. No me hagas elegir.

Precioso relato.

Besitos.

Rodrigo Fúster dijo...

Sabes eres realmente un post interesante, dedos sensuales escriben la historia... amiga serás crusificada en :
www.crucificadasporeldeseo.blogspot.com