viernes, 4 de mayo de 2007

Un lecho de rosas



A ti, con todo y tus espinas


–No, por favor, no le quite las espinas.

Una y otra vez debo pedirle lo mismo a la florista. ¿Cómo hacer para que entienda que el atractivo de la rosa está en la delicada suavidad de sus pétalos, en el exquisito aroma de su perfume, en la gota de rocío que se esconde en su interior, en la perfecta erección de sus tallos y en el filoso peligro que encierran sus espinas?

–Si se las quita, sería otra flor más –le aclaro.

Mueve su cabeza a manera de reproche.

–¿Quién las entiende? –dice la dueña de la floristería. Puedo imaginarme que debe estar pensando que estoy loca.

Todos los lunes, cuando llegas a la oficina, allí están en tu florero preferido veinticuatro rosas rojas. ¿Por qué rojas? Por la pasión, ese remolino que despiertas en mí. ¿Por qué rosas? Porque además de otros gustos compartidos, a ambos nos encanta esta flor. ¿Por qué precisamente veinticuatro? Por las horas del día en que quisiera tenerte entre mis brazos.

Casi puedo verte sonriendo al encontrarlas sobre tu escritorio. Nunca has preguntado quién las envía, pero en ocasiones te has acercado a mi despacho y me has dado las gracias por lo que yo sé que tú sabes. Mi respuesta es siempre la misma: apenas una cómplice sonrisa enigmática.

Desde hace meses te deseo en secreto y sé –no me preguntes cómo ni por qué, pero lo sé–, que tú sientes lo mismo. Quizás lo lea en la forma en que caminas hacia mí, mostrándote para que te admire. O tal vez sea porque tus ojos parecen desvestirme cada vez que solicitas mi presencia en tu oficina, cosa que –dicho sea de paso– cada vez hace con más frecuencia. O será porque cuando salimos a almorzar con todos los compañeros, te las arreglas para quedar a mi lado y, como al descuido, aprovechas para pasar la mano por el respaldar de mi silla para tocar mi espalda o rozar mi cuello. ¿Crees que no me doy cuenta cómo te esmeras en llenar mi copa de agua? Cada vez que lo haces, una de tus manos invariablemente me roza los pechos. ¿Y las caricias en mi rodilla al levantarte de la mesa? Me doy cuenta de todo, aunque lo haces con una naturalidad sorprendente. Eres un bribón ¿lo sabías? Y me fascina que lo seas.

Esta mañana entras a mi oficina, das la vuelta al escritorio, te paras justo detrás de mí y me dices:

–¿Puedes traducir este informe, por favor?

Te estás acercando más de lo necesario. Tanto que huelo tu perfume, me quema tu aliento y hasta puedo percibir los pelos de tu hermosa barba bien recortada contra mi oreja.

Doy un respingo, y trago. ¿Cómo controlar el temblor del cuerpo?,

–¿Para hoy? –te pregunto, con la voz apenas en un hilo.

–Claro, es la nota de primera página. Al terminar, me la llevas a mi oficina.

Te vas sin pronunciar una sola palabra.

Cuando tres horas después toco a tu puerta, para disimular mi nerviosismo te digo que ya está lista la traducción.

–Muy bien –me respondes–. Entra y tranca la puerta. Pásale el seguro.

¿Por qué sonríes así?

Con el corazón a punto de estallar me acerco a ti. Algo le ha pasado a tu escritorio: está totalmente despejado a excepción del florero con las rosas.

–Siéntate –me ordenas, señalando una de las sillas.
Te levantas y tomas todas las rosas del florero, menos una, y como en una ceremonia las desparramas sobre el escritorio, sin dejar de mirarme.

–Desde el principio supe que eres tú quien me las regalas y quiero agradecértelo. No se me ocurre mejor manera que ésta: Amarnos sobre ellas –indiscutible, terminante, concluyente.

En el florero, un solitario capullo. Lo miro y te das cuenta. Con esa sonrisa enigmática que me pierde, me anticipas:

–Esa es para amarte.

Un instante después, no sé cómo ha sido, nos estamos arrancando la ropa en un concierto de manos perentorias y bocas que se buscan. Cuando me recuestas sobre el escritorio tapizado de rosas, en la mano tienes la que has tomado del florero y con ella me acaricias la cara, bajas por mi cuello, rozas mis hombros y la deslizas por mi seno.

Vas despertando mis pechos y mi lujuria con caricias, a las que indulgente me entrego. Me miras fijamente, vuelves a sonreír y, mostrándome una espina, de tu boca salen mis palabras, las reconozco:

–Una rosa sin espinas es sólo una flor más.

Cuando acercas la punta de la espina a mi pezón, ya está parado y duro. Completamente expuesto. ¿Me parece sentir el pinchazo o es sólo idea mía? Tiemblo, mitad miedo, mitad lujuria. Se me escapa un gemido.
Escrutas mi reacción, te satisface lo que ves. No me lastimas, pero la punta de la espina me inquieta. Estoy a tu merced.

–Puedo detenerme cuando lo desees –no sé si es invitación o amenaza. El deseo me seca la garganta, no puedo hablar, no me salen las palabras.

Te inclinas más sobre mí, y sin dejar de besarme, me abres las piernas con la mano libre. La suavidad del capullo me estremece el sexo. Me cautiva. Siento el roce de los pétalos mi clítoris y tus dedos que me abren más los labios, descubriéndolo.
Subes y bajas la rosa, humedeciéndola conmigo. Arriba, abajo, tan suavemente que pierdo la cabeza. Estoy en éxtasis.

Hasta que acercas las espinas. Percibirlas tan cerca de mi clítoris, me atemoriza. Semejante punta. Me estremezco, se me escapa otro gemido. Pero sólo están apoyadas en mi piel, apenas pesan. No ejerces la menor presión y yo no me atrevo ni a respirar.

Colocas el capullo entre las demás rosas y me acuestas sobre el escritorio. Arqueo el cuerpo, tratando de evitar las espinas.

–Shhhhh... tranquila. Concéntrate en el placer –susurras en mi oído–. Olvídate del dolor.

Y así, sin más me tomas. Me penetras con furor, impunemente, inmovilizada como estoy, por el terror a pincharme. Tú penetras más y más. Te sales casi del todo, vuelves a hundirte. Bombeas en mi cuerpo sin parar. Tu voz me hechiza, me transporta. Me olvido del dolor, y te respondo. Echo el cuerpo adelante, pero el tuyo me clava en la mesa.

Curiosa mezcla, la de dolor y placer. Me hace acabar pronto. Olvido el terror y cuando mi cuerpo se cimbra no es para esquivar las espinas. Cuando me tenso como un arco, en el clímax, las siento en los hombros y la espalda, lacerándome la piel, clavándose en mi carne.

No me das respiro. No he terminado de salir de la exaltación del orgasmo, cuando me levantas del escritorio y me paras de espaldas a ti. Empiezas a curarme las heridas con tu boca suave y dulce. Entre lengüetada, beso y chupada tomo tu pene en mi mano. Lo acaricio, moviéndolo adelante y atrás, y sé lo que vendrá. Lo quiero.

En apenas un momento tu tibio semen derramado, mitiga el escozor de mis cachetes y se escurre entre mis nalgas.

1 comentario:

Amly dijo...

un lecho de rosas... una bella espalda, respiros rápidos y una mano que acaricia..