jueves, 10 de mayo de 2007

Nariz de fuego



“El placer no es sino la felicidad
de una parte del cuerpo"

Joseph Joubert

—¿Los narizones?— me preguntas sorprendido, como si no pudieras creer lo que estoy diciendo. Aprovechando que bailamos una canción suave, me pego más a ti y restriego mi sien contra la punta de tu aquilina prominencia nasal, blanco de mi deseo desde la primera vez que te divisé entre la multitud que pululaba por la fiesta.

—Sí, me gustan los narigudos. A decir verdad, mientras más grande tengan la nariz, mejor —ronroneo, con mis labios pegados a tu oreja. Percibo el ligero estremecimiento que recorre tu cuerpo y cómo se agita tu respiración. Mientras observo tus aletas abriéndose y cerrándose a pocos milímetros de mí, siento aumentar mi excitación.

—Me estás tomando el pelo, por supuesto. Estás utilizando la nariz como metáfora para referirte al miembro viril, ¿no es cierto? —preguntas, sin salir todavía de tu incredulidad. Me separo un poco de ti, mirándote directo a los ojos.

—No, estoy hablando muy en serio —digo, con voz grave.
Creo que en ese momento caíste en la cuenta de por qué te he estado buscando toda la noche, acercándome a ti cada vez que puedo, echando mano de todas mis armas de seducción para conquistarte.

—Además— digo con voz melosa, preparando lo que estoy segura será el golpe de gracia—, tengo esta fantasía que me ronda la cabeza desde hace algún tiempo y creo que ha llegado el momento de realizarla. ¿Quieres escuchar de qué se trata?

Tu risa y la forma en que inclinas la cabeza buscando mi boca, para que te la cuente al oído, me dan a entender que mi estrategia ha surtido efecto. ¡Listo! Allá vamos, pues. Ahora sólo tengo que describirte con lujo de detalles lo que tanto anhelo, hacerte enloquecer de deseo y ver si puedes ser el cómplice que realice mi fantasía.

Prácticamente me embuto en tu pecho y comienzo a hablarte en voz baja y muy despacio, mientras con un dedo te acaricio con mucha delicadeza el puente, las aletas, la punta, los lados... Como si hubiese preparado todo, en ese momento empieza a sonar esa hermosa bachata “Burbujas de Amor”, cantada por Juan Luís Guerra y 4:40 que dice así:

Quisiera ser un pez/para meter mi nariz en tu pecera/ y pasar la noche entera/mojado en ti.

No puedo reprimir la risa cuando escucho esa parte. Me tomas de la mano y me sacas de la pista de baile.

—Busca tu bolso, por favor. Nos vamos ahora mismo —me dices. Aunque pensándolo mejor, me lo estás exigiendo, ordenando, sin siquiera preguntar si fui a la fiesta en mi auto o por cualquier otro medio. Tampoco me importa darte mayores explicaciones.

Caminamos tomados de la mano hasta el estacionamiento. Cuando llegamos a tu auto, un elegante convertible, me abres la portezuela y me invitas a subir. Al pasar a tu lado acaricias mi mejilla derecha con la punta de tu nariz.

—Veamos qué puedo hacer por tu fantasía —tu voz es un susurro que me cosquillea en el oído.

Me estremezco de puro gozo, anticipando el tan esperado momento en que por fin se hará realidad lo que tanto quiero.

En menos de diez minutos llegamos a uno de los numerosos miradores de aquella zona. Te quitas la chaqueta y la corbata. Yo aprovecho para despojarme de mis sandalias. Bajas la capota. Yo echo mi asiento hacia atrás. Empezamos a besarnos. Dejamos de charlar, permitiendo que la pasión se exprese.
Poco a poco va aumentando la intensidad de nuestras caricias y la excitación enciende nuestros cuerpos. Siento tu mano deslizándose por mis caderas y levantándome la falda del vestido. Complaciente dejo que me quites la tanga que llevo puesta.

Entonces te pasas a mi lado, sobre mí.

—Chúpame la nariz —exiges.

Esta vez la sorprendida soy yo. ¡Eso no formaba parte de la fantasía que te describí! Es evidente que he logrado cautivarte y ahora tu imaginación vuela libre y eso me encanta, así que con mucho gusto te sigo la corriente.

Tomo la punta de tu nariz entre mis labios y la beso, aprovechando para lamerla y mordisquearla con suavidad. Luego comienzo a chuparla, y dejo que mis manos den un paseo por tu cuello y te exploren el pecho. ¡Vaya! Experimento una deliciosa mezcla de expectativa y desconcierto que me enardece. Ni me acuerdo ni me importa que estamos al aire libre, en medio de la noche y que te conocí hace apenas unas horas. Refriego mi cuerpo contra el tuyo. La piel me quema. El corazón me late de tal modo que parece un caballo desbocado.

Me sacas la nariz de la boca. Apoyas mis pies sobre el tablero y me abres las piernas. Tomándome por las caderas, vas bajando muy lentamente hasta meter tu cabeza entre mis muslos. Una vez allí te detienes a contemplar mi monte de Venus. Me he recortado el fino vello, aunque no esperaba esto, créeme.

—¡Qué maravilla! —oigo que dices, pero tu voz parece venir de lejos, apenas un murmullo ronco que reverbera en mi interior. No pretendas que escuche y mucho menos que comprenda.

Abres mis labios mayores con tus dedos y acercas tu cara. Puedo sentir el aire caliente que sale de tus cornetes que se me antojan perfectos, como cincelados por la mano de un artista. Arqueo el cuerpo y la punta de tu nariz queda justamente contra mi clítoris. Me vuelves a agarrar con fuerza por las caderas y decidido entierras tu nariz en mi vulva.

—¡Ah! —se me escapa el grito de puro goce. Me regodeo en la voluptuosa sensación. Estoy en la gloria. Por fin mi fantasía se está haciendo realidad. Tal como lo imaginaba, tienes una nariz de fuego.

Ahí estás, dedicado. Te tomas tu tiempo. Te revelas creativo, y no me lo esperaba. Frotas despacio, con esmero y delicadeza mi pequeño botón de placer con tu prodigioso apéndice nasal. Cada vez que lo presionas siento cómo va saliendo de su capuchón y se erige arrogante, pidiéndote más atenciones.

—Sí, sí, sí… Sigue así… Me gusta lo que estás haciendo— digo.
Me he transmutado en un solo suspiro interminable, sólo puedo emitir gemidos. Tengo el cuerpo crispado, la garganta reseca, la piel inflamada.

Te has transformado en un experto, me sorprendes. Deslizas tu nariz a lo largo de mis labios mayores y, como no te basta, te hundes y vas a por más con los menores. Estoy tan sensible, que percibo matices, relieves y el contraste entre la dureza del puente y la suavidad de las aletas, o cuando usas sólo la punta para acariciarme.

Mi interior no está mojado, qué va, está anegado y sé que se está anunciando un torrente, porque siento aproximarse el clímax. Tú también te has dado cuenta de que estoy a punto de acabar, y redoblas tus friegas en mi clítoris. Presionas más, aunque ahora lo haces con fuerza y ritmo, a mayor velocidad.

—Sigue así, por favor. Continúa —te pido una o diez veces, hasta que estallo de manera tan potente, que nace en ese diminuto cúmulo de terminaciones nerviosas y se expande por cada rincón de mi cuerpo, por minúsculo que sea. Soy un gran orgasmo. Jadeo, grito y me retuerzo.

Entonces decides dar la estocada final. Sin aviso te incorporas y de un solo golpe me penetras.

—Grita, grita más fuerte —me apremias con un gruñido.

Embistes sin darme pausa ni sosiego. Me montas con fuerza, me acometes de tal modo que me arrancas otro orgasmo. Y este, ya no se detiene así como así, se prolonga, inacabable.

Subo un pie a tu hombro e inmediatamente apoyas tu nariz en el empeine.

—Eso querías, ¿verdad? —preguntas.

Afirmo sin hablar, no puedo articular palabra, sólo jadeo.

—Ahora quiero acabar yo —me urges de tal modo que no admite discusión.
Ambos nos movemos al mismo ritmo febril, casi enloquecido. Tu estallido no tarda en llegar y se mezclan tus bramidos y mis sofocos, aunque por testigo tenemos sólo el silencio y, como único espectador, la inmensidad del cielo oscuro cielo apenas salpicado por la luz de las estrellas.

Caes sobre mí, que aún estoy temblando, y colocas tu cabeza entre mis pechos. Te rodeo con mis brazos. Te acaricio, busco tu nariz para darle las gracias por despertar mi voluptuosidad, y por las sensaciones que me acaba de regalar. La toco con tanta delicadeza que más que acariciarla, la venero. Quiero besarla, lamerla, rendirle el mayor homenaje que se me cruce por la cabeza, se lo merece. Pero estoy exhausta y no quiero desenlazarme de tus brazos.

—¿Conoces ese concurso llamado “La nariz de oro”? —te pregunto, cuando logro recuperar el aliento.

—Sí, claro. La competencia de cata a ciegas para elegir a los mejores sumilleres de España —respondes, divertido y mirándome con extrañeza–. ¿Me vas a decir que ya lo habías hecho con...? —empiezas a decir.

—¡Shhh! —te interrumpo—. No, no se trata de eso —te aclaro, entre risas.

—¿De qué se trata, entonces?

—Lo que quería decirte es que yo lo organizaría de otra manera y tú, sin discusión alguna, serías el ganador.

Me incorporo y te planto el más apasionado y agradecido de los besos en tu sublime nariz.

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