
A ti,
mi pasión,
mi locura...
Desde el principio quiero dejar en claro que no hice nada para provocar los acontecimientos que sucedieron. Todo ocurrió de manera espontánea y como nos dimos cuenta los involucrados, esas situaciones casuales pueden resultar muy placenteras. Era domingo en la mañana, después de desayuno. Ambos estábamos en la sala leyendo el periódico, él sentado en su poltrona y yo echada en el sofá, cuando sonó el teléfono. En vez de levantarme a responder, me di la vuelta y me arrodillé sobre el sofá, apoyando los codos en uno de sus brazos.
—¿Aló? —dije.
Al otro lado del auricular sonó un “¡Aninha!" que pretendía ser alegre. Era mi amiga Gabriela, al instante reconocí la voz y la forma de llamarme como solía hacerlo cuando trabajábamos juntas, en una empresa de doblaje de series, telenovelas y películas para la televisión. Ella como traductora de portugués y yo como traductora de inglés e italiano.
—¡Hola, Gaby! —le respondí, y no pude evitar que se filtrara un dejo de irritación, aunque le tenía genuino cariño a mi amiga Gaby.
Tras varios años de relación, ella se había separado de su compañero y no parecía estar sobrellevando muy bien el rompimiento. Así que me telefoneaba a cualquier hora para contarme sus penas e invitarme a salir con ella, como en los viejos tiempos.
—¿Cómo andas? ¿Qué haces? ¿Estás ocupada? —me preguntó.
Antes de poder contestar alguna de las tres preguntas sentí las manos de él acariciándome el trasero por encima del corto kimono que llevaba puesto. ¿En qué momento se había levantado y se había colocado detrás de mí? No lo había escuchado levantarse, ni lo había sentido acercarse.
—Muy bien, Gaby —respondí, fingiendo compostura—. Descansando, leyendo el periódico... Ya sabes, domingueando. ¿Y tú?
—Olvidaste decir provocando. Porque me estás provocando con ese maravilloso culo que tienes —oí su voz excitada a mis espaldas y no pude más que reír, deseando que Gabriela lo hubiese escuchado. Por alguna razón quería que ella supiera en lo que andábamos.
—Aquí, en lo mismo —me contestó ella—. Te llamaba para preguntarte si...
No le presté mucha atención a lo que me decía porque en ese momento él me alzaba el kimono y comenzaba a mordisquearme las nalgas.
—¡Sí, sí! —exclamé en forma atropellada, sin siquiera reparar en lo que le estaba diciendo. La irritación se me había ido en un santiamén.
—Ummmmm. ¡Claro que sí! —me dijo él entre mordisco y mordisco. Mientras que al otro lado del teléfono, Gabriela me preguntó extrañada:
—¿Sí? ¿Cómo que sí, Aninha? ¿Escuchaste lo que te dije?
¡Qué momento para llamar!, pensé dentro de mí, aunque tampoco quería que colgara. Algo me impulsaba a seguir la conversación.
—Disculpa, Gaby. Es que... aún estoy adormilada y me distraje —le dije buscando las palabras, mientras alzaba el pie para acariciarlo. Al rozarle la entrepierna noté su erección y a propósito dejé escapar un gemido para que Gabriela lo oyera. De nuevo él soltó uno de sus joviales comentarios:
—¿Distraída? Me parece que estás concentrada. Reconcentrada, diría yo —seguía susurrando, mientras se quitaba el boxer y me despojaba del kimono. Sin tapar la bocina, le pedí que me diera un minuto. Por toda respuesta se dedicó a mordisquearme las nalgas con más fuerza y a tocarme los senos. No podía ni quería disimular mi respiración agitada.
—¿Adormilada? Me parece que estás despierta. Bastante despierta, por lo que escucho —fue la ocurrencia de Gabriela, acompañada de una carcajada desvergonzada.
Complacida de que ella se hubiera dado cuenta, le dije que efectivamente era así y movida por una súbita inspiración le pedí que no colgara el teléfono. Las caricias de él aumentaban en fuerza y velocidad. Me había separado las nalgas para dedicarse a lamerme el ano. Le conté a Gabriela lo que él estaba haciendo y lo mucho que me gustaba, preguntándole si quería jugar con nosotros. Él se detuvo tan solo un momento para lanzar una risita complacida y decir:
—¡Ah! Esto podría ser muy interesante.
¡Qué maravilloso es conocer tan bien a las amigas! Sabía que Gabriela aceptaría no sólo por su soledad actual, sino porque además le gustaba vivir experiencias emocionantes. Inmediatamente me contestó que sí y le pedí que hiciera sólo lo que yo le dijera. Esto sí sería una prueba tanto para ella como para mí y para él.
—Recuéstate y abre las piernas —le indiqué, escuchando sus movimientos y sintiendo como crecía su excitación, la de él y la mía. —Acaricia tus labios mayores, separándolos todo lo que puedas —proseguí.
Sentí los dedos de él en mi interior, abriéndose paso, haciéndome enloquecer. Aunque estaba muy excitada, seguía dándole indicaciones a Gabriela:
—Tócate el clítoris... Siente su dureza... Presiónalo... Hálalo...
Su respiración al otro lado de la línea se escuchaba tan agitada como la nuestra. Ahora él se había incorporado y estrujaba su verga entre mis nalgas.
—Acaríciate los labios menores... Muy despacio... Muy suavemente.
Sentí que él me tomaba por las caderas y me apoyaba la punta de su verga en el ano. Así se lo dije a Gabriela, contándole lo que sentía, como temblaba y me estremecía con el deseo que me penetrara por el estrecho canal.
—Déjame ir hasta allá, Ana, por favor—me pidió suspirando y gimiendo.
—¡No! —le respondí resuelta—. ¡Limítate a hacer lo que te digo! —ordené. —Ahora métete dos dedos en la vagina.
Entretanto él comenzaba a penetrarme muy despacio... muy suavemente... Los suspiros de placer de los tres se confundían en el aire y en el teléfono.
—Mételos y sácalos —seguí dándole instrucciones a Gabriela—. Rápido, cada vez más rápido y más fuerte.
La oía gemir y decir mi nombre una y otra vez. Él aumentó la fuerza de sus arremetidas, mientras yo movía las caderas para sentirlo aún más. Estaba sumamente excitado y así me lo hizo saber, diciéndome que le gustaba esta nueva experiencia de sodomizarme mientras yo masturbaba a una amiga por teléfono.
—Siento aproximarse el orgasmo, Aninha. Por favor, continúa —me pedía Gaby.
Al parecer todos estábamos por acabar. Aceleré mis movimientos, mientras con la mano libre me buscaba el clítoris y le decía a Gaby:
—Más profundo, mételos más adentro. Goza, amiga, goza.
Él me agarró con más fuerza por las caderas y lo sentí prepararse para la embestida final. Todos estallamos al unísono, fueron tres alaridos, tres gritos de placer que nos salió de las entrañas mismas. Me derrumbé en el sofá, con él sobre mi espalda y el teléfono pegado a la oreja.
—¿Gaby, quieres venir? —le pregunté respirando agitadamente, y con las piernas aún temblando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario