
¿Por qué buscamos incansables un perfume
cuando queremos que nos amen sin él?
El perfume, Patrick Süskind
Cada jueves, justo cuando el aroma de la entrega de la semana anterior está a punto de desvanecerse, llega a mi oficina un paquete primorosamente envuelto. Lo tomo entre mis manos y leo la tarjeta, de manera invariable la dedicatoria dice "Para que me recuerdes...".
¡Cómo si fuera necesario acordarme de ti!
Formas parte de mi existencia diaria, me acompañas hora tras hora, te tengo presente a cada instante. No es sólo tu visión a través de la webcam noche a noche, sino el sonido de tu voz al teléfono, tu olor en cada prenda íntima que me mandas, el sabor de tus efluvios que queda marcado en ellas, el tacto de algo que cubrió tu exquisita piel.
Con creciente curiosidad deshago el delicado envoltorio. Me pregunto qué me habrás enviado esta vez y repaso mentalmente qué te has puesto los siete días anteriores: El diminuto hilo dental verde que llevabas el jueves, un elegante conjunto de seda negra el viernes por la noche, la delicada baby doll del color de las lilas del sábado, la sencilla pero graciosa tanga de algodón rosado que te pusiste el domingo porque estabas especialmente juguetona, un coqueto corpiño agua marina para el lunes, el liguero blanco con lacitos rojos y medias a juego el día martes y el inesperado body de encaje rojo con que me sorprendiste anoche.
Las manos me tiemblan de la emoción. Se me dilatan las aletas de la nariz y se me llena la boca de saliva. Mi piel se eriza. Siento cómo me crece una erección.
¡Ah, es el body! Lo he estado recordando todo el día, estremeciéndome al rememorar tu cuerpo embutido en una prenda tan vulgarmente sexy. Al principio me impresionó tanto el color como el osado modelo y tú, observando mi cara de sorpresa, escribiste en el recuadro de mensajes: "Lo vi y no pude evitar comprarlo. Fue algo totalmente impulsivo". Inmediatamente te aclaré que había sido una excelente elección.
"Es sólo que nunca te había visto usando algo rojo y a la vez tan... ¿cómo llamarlo? ¿Atrevido?", te escribí, pensando cómo adjetivarlo. Pero tú, con tu desenvoltura natural, replicaste con algo que no era una pregunta ni tenía ningún viso de delicadeza: "Tan de puta".
Sonreí, no sé por qué todavía me ando con rodeos contigo. "Sí, efectivamente, tan de puta".
Te reíste a carcajadas y me explicaste que así te habías sentido al verlo. "Hizo aflorar toda la putería que tengo dentro de mí". Y a continuación pasaste a demostrar tus palabras con hechos, regalándome una velada de desenfreno.
Entierro la cara en esa deliciosa combinación de la mórbida tela y tu dulce perfume de mujer. Huelo con avidez, restregando las fosas nasales sobre la blonda que estuvo en contacto con tu piel, enloqueciendo con lo fresco de tu aroma y mis recuerdos. Cierro los ojos y aún veo tus manos acariciando tus pechos por encima del encaje, insinuando tus pezones erectos. Me toco por encima del pantalón para sentir mi miembro duro y caliente. Me abro la bragueta del pantalón y me bajo el interior, dispuesto a masturbarme aunque sea solo, porque estoy a punto de estallar y no puedo esperar por ti.
Justamente suena el teléfono. Parece que hubieras calculado el momento exacto de la entrega por servicio expreso y del aumento de mi excitación. "¿En tus manos?", me preguntas. "Y en mi nariz", te respondo, "aunque mucho más abajo también".
Oigo ese sonido de complacencia que sale de tu garganta. Es un sonido extraño, entre suspiro y gemido, que produce una oleada de pequeños escalofríos a lo largo de mi columna vertebral. En tanto tú dices: "Recuerda cómo me ceñía el cuerpo. Mis pechos desbordándose de las copas".
Pongo el teléfono en la modalidad de manos libres. "Sí, lo recuerdo", atino a decir. Tú continúas, sin darme tregua: "Era más lo que mostraba que lo que cubría. Revive el contraste del rojo encendido con la palidez de mi piel". Con una mano agarro el body y lo acerco a mi cara, con la otra me meneo sin cesar el falo endurecido, palpitante, ardiente. Sé que escuchas perfectamente mi respiración agitada y que no necesito decir ni siquiera una palabra. De eso te encargarás tú de ahora en adelante.
"Mira mis manos... bajando... bajando por mi abdomen... buscando mi cueva. Siente mis dedos... hurgando frenéticamente dentro de mí... entrando... entrando con todo y tela... mojándola... a medida que me voy humedeciendo", susurras, haciendo una pausa entre cada frase. Por tus gemidos y tu voz enronquecida, sé que también te estás masturbando. Los recuerdos de anoche y la certeza de ahora se suceden confusamente en mi mente, enloquecida por el deseo. Muevo mis manos arriba y abajo, a lo largo del asta dura y engrosada.
El estallido de tu orgasmo se confunde en el tiempo, en el espacio, en ti, en mí. ¿Es ahora o fue anoche? Te oigo gritar.
Abro la boca y lamo vorazmente la parte del body que cubría tu vulva. ¿Chupo tu interior o el encaje rojo? Reconozco tu sabor, me embriago en él, lo paladeo deleitado. Tu olor, tu sabor, tu presencia están concentrados en un pequeño trozo de tela. ¿Estás aquí o no estás? Desesperado quiero acabar y oigo tu invitación: "Ven, acabemos juntos".
No puedo más que complacerte.
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