jueves, 17 de mayo de 2007

La tempestad



Crece mi furia y ante mi furia crezco
y solo junto al mar espero el día.
Mi amante el mar, Reinaldo Arenas

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco…—cuento hasta diez y mi voz se pierde en el estampido. Cada vez los truenos se escuchan más cerca, con mayor fuerza. El mar está encrespado, las olas rugen al chocar contra la orilla y la noche sería oscuridad total si los fogonazos de las centellas no iluminaran todo el arco del cielo.

Estoy en la terraza del piso superior, acostada en mi hamaca, contemplando el violento espectáculo de la naturaleza. Aquí, en el norte de la isla, es frecuente ver este tipo de tormentas y las de este año han mostrado una inclemencia inusitada. Me entretengo bebiendo vino tinto y calculando la velocidad a la que se aproxima.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco…—logro contar hasta ocho entre el destello del rayo y un nuevo chasquido.

La ventolera azota las palmeras de la playa cercana, levantando pequeños remolinos de arena. Me estremezco, pero no es por el miedo. Estoy excitada. Los temporales despiertan en mí algo animal y tocan mis fibras más primitivas.
Cada relámpago se adentra en mi cuerpo, convirtiéndose en una ráfaga de diminutas descargas eléctricas que me erizan la piel. El eco de los truenos resuena en mi interior y recuerdo otra noche como ésta, en la que tú y yo estábamos juntos…
Pero esta noche no estás. Te has marchado, muy molesto conmigo, dando un fuerte portazo tras de ti y anunciándome que te ibas.

—Por mí puedes irte al mismísimo infierno —te grité y en ese momento sonó el primer trueno, como si hubiese querido ponerle punto final a nuestra acalorada discusión. La tormenta aún estaba muy lejos de la costa, pero se anunciaba con toda su fuerza.

Encendí una de las lámparas del exterior. Busqué una botella de vino tinto y la descorché. Necesitaba tomar algo para calmar los nervios tras las duras palabras que nos habíamos dicho. Me serví y tomé un largo trago. Apagué las luces de la cocina y la sala. Subí con la botella en una mano y la copa en la otra. Acerqué una mesa pequeña y coloqué en ella tanto la copa como la botella. Me eché en la hamaca, aún temblando de la rabia.

—Sí, es verdad. Puedes irte derechito al infierno. Al mismísimo infierno, como te dije —repito. Deseo tranquilizarme, aunque sé que es imposible.

Suena el teléfono. No necesito responder, ya que el contestador automático está conectado. Transcurren unos segundos y el mecanismo para dejar el mensaje se activa. Escucho tu voz:

—Ana, por favor responde. Sé que estás allí y me estás oyendo. No quiero discutir más, responde por favor. ¡Ana, amor mío! ¡Responde, Ana! Por favor, responde.

Me levanto, voy hacia nuestro cuarto y desconecto el teléfono. “¡Cállate!”, le grito al teléfono. No quiero escucharte. Esta noche no soporto siquiera el sonido de tu voz. En ese momento veo nuestro bolso de juguetes eróticos abandonado sobre la cama y sonrío con amargura.

Nuestra discusión empezó justamente por ese bolso. Me acusaste de haber estado usando nuestros juguetes e incluso insinuaste que los había utilizado con alguien más durante tu ausencia. Intenté decirte que sólo lo había revisado, porque deseaba ir a un sex shop y comprar algo para darte una sorpresa. Poco a poco el tono de nuestra discusión fue escalando y nos gritamos todo tipo de insultos.

—Ahora te daré la razón. ¿No es eso lo que te gusta? ¿Ser el dueño absoluto de la verdad? —me digo, feliz con la idea que se me ha ocurrido—. Pues tu adorado amor hará que estés en lo cierto, para que te sientas como el amo y señor al que tanto te gusta jugar.

Saco el bolso a la terraza y lo pongo al lado de la hamaca. Ha comenzado a llover. Los goterones golpean las ventanas y las ráfagas de viento hacen temblar los cristales. Siguen sucediéndose los relámpagos y los truenos.

Apuro el resto del vino y me sirvo otra copa. Me despojo de la ropa que llevo puesta. Quedo desnuda en medio de la terraza, envuelta por los intervalos de luz y oscuridad, azotada por los ramalazos de brisa fría que se cuelan por algunas ventanas abiertas, excitada por lo que estoy a punto de hacer.
Me arrodillo y abro el cierre del bolso. Saco una pinza, similar a las que se utilizan para colgar la ropa y ponerlas a secar, sólo que ésta está hecha de plata y refulge.

—Es preciosa —exclamo, admirada de su simple belleza y del enorme placer que sé me proporciona.

Abro sus mandíbulas y acerco la pinza a mi pezón izquierdo, ese que declaraste tuyo y que ahora está rígido, pulsante, vivo. Podría decir que él solo busca el contacto con la pinza. Cierro las mandíbulas de la pinza alrededor de mi pezón. La primera sensación es de dolor. Un dolor placentero; porque sí, sí me gusta.

Apenas cierro la pinza cae una centella y el resplandor me permite verte allí, frente a mí. Estás parado en el último peldaño de la escalera. Sonríes orgulloso de ti mismo, feliz de haberme atrapado.

—¿Otra vez sin mí? —preguntas prepotente.

—Estás equivocado. Crees que mis acciones de ahora corroboran tus acusaciones. Pero no es así —te respondo desafiante.

Haces como si no me escucharas. Te acercas y buscas en el bolso. Aumenta la intensidad de la lluvia. Extraes una pequeña correa con hebilla de metal. La doblas por la mitad y me la entregas.

—Sabes muy bien lo que debes hacer —me dices.

Agarras la copa de vino. Das la vuelta y te alejas. Mueves una de las butacas y te sientas frente a mí.

Sin dejar de verte, comienzo a acariciarme con ella el pecho, los senos, el espacio entre ambos, el pezón libre y el prisionero. Escupo sobre mi pecho izquierdo. Miro cómo la saliva escurre por la piel blanca y suave hasta el pezón aprisionado por la pinza. Me estremezco. El fogonazo de otro rayo nos ilumina y no tarda en sonar el estampido de un trueno. Meto la correa exactamente en medio de las mandíbulas de la pinza y acaricio ese trozo de carne duro, que sigue palpitando y donde parece haberse concentrado todo mi deseo. Un ramalazo de placer recorre mi columna vertebral.

Entonces descargo el primer golpe. Fuerte, sobre el pezón con la pinza. Gimo. Te veo a los ojos y me relamo los labios. Abro la boca. Me azoto dos, tres, cuatro, cinco veces más. El gozo inunda mi cuerpo y ocupa cada espacio de mi mente. Quisiera acabar, pero sé que todavía no me está permitido. Así que me resisto al orgasmo, hasta que tú me lo ordenes. Continúo golpeándome con la mirada fija en la tuya. Afuera la tormenta azota cada vez con mayor inclemencia.

Te levantas. Recorres los pasos que nos separan. Tomas la correa y me acaricias con ella. Rozas apenas los senos enrojecidos por los correazos, los pezones duros, el cuello erguido, la boca abierta, las aletas palpitantes de la nariz. Me levantas el mentón y clavas tus ojos en los míos. Otra centella rasga la oscuridad de la noche y notas que aún hay vestigios de rabia en mi interior. Me entregas la correa de nuevo, pero esta vez me pones la parte del doblez en la mano y dejas libre la hebilla.

—Continúa. Abajo.

No necesitas decirme nada más. La furia del temporal marca el carácter inapelable de tu orden.

Separo un poco más las piernas y reinicio los azotes. Uno, dos, tres cuatro, cinco… Dejo de contar. El fragor de los truenos ahoga el sonido de los latigazos. Me concentro en el placer que siento. Me gusta, cierto que me gusta el contacto del metal sobre mi vulva desnuda, expuesta al castigo que me estoy infligiendo. De nuevo siento aproximarse el orgasmo, pero lo rechazo. Sigo golpeando hasta que oigo tu voz, casi ahogada por el rumor de la borrasca:

—Detente.

Una vez más te levantas y te acercas a mí, que permanezco arrodillada en el piso, con las piernas separadas, temblando. Me quitas la correa de la mano, me das la tuya y me dices:

—Ponte de pie.

Dejas la correa al lado de mi cuerpo, de modo que al levantarme me roza el cuerpo. Quedamos frente a frente. Vuelves a mirarme a los ojos. Hurgando muy dentro de mí. Adivinando lo que siento. Rayos y truenos se suceden. Tocas mi vulva y me estremezco.

—¿Quién eres? —me preguntas.

—Soy tu esclava, mi amo.

—¿Quién soy?

—Mi amo y señor.

—¿Qué haces?

—Obedecerte, mi amo.

—Bien. Veamos cuán obediente eres, esclava.

Me quedo allí, parada, en silencio, con la cabeza gacha. Esperando tus órdenes. Temblando. Rogando que me permitas complacerte. La lluvia sigue cayendo, aunque el temporal ha perdido fuerza. Sin embargo, otra tempestad bulle en mi interior.

Te tomas todo tu tiempo. Te acercas a la mesita y te sirves otra copa de vino. Bebes un trago largo, paladeando el vino. Sólo se escucha el repiqueteo de las gotas y los truenos alejándose. Dejas la copa en la mesita y te aproximas a mí. Das dos vueltas a mi alrededor. Me acaricias con la correa, muy lenta y suavemente. Por fin hablas:

—Recoge el bolso y vamos al cuarto, esclava.

Sumisa te obedezco. Sé que pronto llegará la recompensa que tanto anhelo. Entonces mi tormenta interior se calmará, aunque sea por unas horas. Dejo el bolso en el piso y me paro frente a la cama. Tomas las cintas que cuelgan de sus postes y me atas por las muñecas.

Te agachas a mi lado y empiezas a escudriñar en el bolso, revolviendo su contenido. ¿Qué buscas? Quisiera saber que estás buscando, pero por más que intento no logro ver. Te levantas. Te acercas a mí. Me quitas la pinza que aún llevo en el pezón y lo muerdes. No puedo evitar sobresaltarme, gemir, estremecerme. Sigues mordiéndome por aquí y por allá, mientras yo continúo gimiendo y estremeciéndome. A un mismo tiempo rechazando y buscando el contacto con tus dientes despiadados.

—Tienes ganas de acabar, perra. Muéstrame cuántas ganas tienes.
Metes tu pierna entre las mías, apoyándola en el borde de la cama. Froto mi vulva ardiente una y otra vez contra ella, deseando el orgasmo pero sabiendo que aún no puedo disfrutarlo. No hasta que tú, mi amo y señor, me des permiso.
Aprovechas que me estoy refregando contra ti, para hablarme muy quedo al oído y decirme:

—Esta vez te azotaré yo y tú contarás. Te permito acabar a la cuenta de diez, esclava. No antes. Te castigaré si acabas antes, perra.

Entonces te separas de mí. Te miro a los ojos y te respondo:

—Sí, mi señor.

Oigo el restallido del látigo cuando corta el aire. Los instantes que tarda en golpear mi carne me parecen eternos. Me apresto a recibir el azote...

1 comentario:

george dijo...

Eres mi tormenta en mis sueños, eres mi fantasía en las noches,
eres carne muy viva,
quiero que me enseñas tu correa,
quiero tu flor prometida,
quiero ver la flor abierta,
eres mi querida poetisa...

soy todo tuyo