
A Aracne, Penélope
y todas las otras arañas
“Hola, mi amor. Hoy quisiera verte. Haces el amor rico y deseo repetir lo de la última vez”. Su primer mensaje aparece en la pantalla del teléfono celular, tras sus vanos intentos por comunicarse el día anterior. Anoche cada vez que el aparato sonaba, yo cortaba la llamada sabiendo que él estaba deseoso de tener relaciones conmigo y que al no poder encontrarme poco a poco se iría desesperando. Tengo muy bien calculado lo que voy a contestarle, así que procedo a escribir: “¡Hola! Esta noche para mí es noche de chicas, lo siento”.
A veces debo esperar hasta una semana para que responda mis mensajes, pero ahora en menos de cinco minutos el tono me avisa la llegada de su réplica: “Invítame, por favor. Te he dicho varias veces que quiero que hagamos un trío. Invítame”. Adivino su excitación y sonrío muy satisfecha de mí misma. En realidad la idea del trío con otra mujer había sido mía y el sólo pensarlo a él lo traía de cabeza. Cada vez que hablábamos me preguntaba “¿Y para cuándo es?”. Yo le decía que tuviera paciencia, que muy pronto lo haríamos. Una vez incluso llegó a decirme que yo era pura bulla y que no cumplía lo que prometía. Le dije que para su información ya había conseguido no una sino dos chicas y que me acostaba con ellas con bastante frecuencia.
Relamiéndome de gusto le contesto: “La amiga con quien me veré esta noche es lesbiana, no quiere hombres presentes”, lo cual es completamente cierto. María Angélica y yo nos habíamos conocido hace unos meses atrás. Ella era la masajista de una amiga, quien no se sentía muy a gusto con ella por su inclinación sexual. ¡En cambio a mí, siempre deseosa de tener nuevas experiencias, me pareció perfecto! Así que inmediatamente la conquisté y ahora nos vemos por lo menos una vez a la semana. Pienso en el ingenuo mensaje de él “Quisiera verlas a las dos haciéndose muchos cariñitos” y me hace gracia. Nuestros encuentros no son nada cariñosos.
María Angélica dista mucho de ser como su nombre podría indicar. Es una verdadera diabla para el sexo. Sus labios me hacen enloquecer. Tras desvestirnos, me acuesta casi al borde de su camilla de masajes, me abre las piernas y apoya los pies en el respaldo de su silla. Se sienta cómodamente e inicia su deliciosa labor de cunnilingus. Separa con sumo cuidado los labios mayores con los dedos y luego hace lo mismo con los labios menores. Sigue con unos lengüetazos rápidos y delicados sobre el clítoris, semejantes al vuelo juguetón de una mariposa en torno a una flor.
Toma mi clítoris con sus dientes y tira de él muy suavemente, causándome exquisitos espasmos de placer. Prosigue lamiendo con la avidez de un cachorro sediento a lo largo de mi raja. Poco a poco se va abriendo paso y su lengua penetra en el interior de mi vulva, ya totalmente mojado y caliente. Me hace llegar sólo con su lengua, en tanto me sostiene por las caderas. Bebe hasta la última gota y me dice: “¡Qué rico tu sabor a miel!”. Se levanta de la silla y va metiendo muy lentamente uno, dos, tres, cuatro, los cinco dedos de su potente mano derecha dentro de mi vagina, mientras con la izquierda agarra mis pechos.
Empuja, empuja decidida. Aferra, aferra con fuerza. Penetra, penetra hasta el fondo. Acabo de nuevo entre gritos y un estertor que me estremece de pies a cabeza. Vuelve a chuparme y esta vez acerca su boca a mis labios para besarme. Me incorporo y busco sus magníficas tetas. Beso una mientras acaricio la otra, beso la otra mientras acaricio la primera. Me encantan sus pechos grandes y pesados, rematados en pezones duros como rocas. Los lamo gustosamente, chupándolos aquí y allá. Muerdo sus pezones, tirando de ellos hasta que María Angélica grita de dolor. Sólo entonces mis dedos van en pos de su vulva y la encuentro bañada.
Me levanto de la camilla de masajes sin retirar mi mano de la caverna volcánica donde la metí. Te beso en la boca mientras introduzco un dedo más, arrancándote un gemido que da gusto oír. Te doy la vuelta y te pongo de espaldas a mí. No necesito pedirte que apoyes el torso sobre la camilla y me ofrezcas tu trasero. El soberbio espectáculo de tus manos abriéndote las nalgas y ofrendándome la rosa de tu ano me excita aún más. Me inclino y empiezo a lamer tu orificio palpitante. En tanto tú preparas el vibrador con el cual quieres que te encule. Meto mi lengua más adentro y me complace escuchar tus chillidos de placer.
Me pasas el vibrador y de un solo golpe te lo meto por completo. Lo enciendo, aprovechando para meterlo y sacarlo varias veces. Te estremeces y mueves las caderas diciendo “¡Cómo me gusta! Así, así”. Pides más y más te doy. Acerco la silla y te sientas en ella, dispuesta a cabalgar el vibrador. Me reclino sobre la camilla, dándote la espalda. Siento primero tu lengua y luego tus dedos de la misma forma que me los metiste en la vagina: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Sólo que ahora lo haces con más decisión, con más fuerza. Me empalas ferozmente, haciéndome conocer lo que es el fuego y el hielo, la inmensidad del cielo y los profundos abismos de la tierra, el placer y el dolor mezclados en gozo puro.
Subiéndote a la camilla, me invitas a beber los jugos que salen de tu vulva y seguir enculándote con el vibrador. Tu mano permanece en mi culo, mientras chupas vorazmente lo que has bautizado como tu panal. Ambas succionamos y empujamos resueltas, exigentes, conscientes de poseernos en la misma medida. Cada orgasmo es más fuerte que el otro, hasta que exhaustas nos dejamos caer al piso. Allí nos abrazamos, entrelazando nuestras piernas y besándonos con el resto de la pasión que aún nos queda. Me acomodo entre tus pechos y tú con una ternura desusada me acaricias el cabello.
En tanto recuerdo suena el teléfono, es él de nuevo. Contesto y oigo su voz: “Tus mensajes me gustaron mucho, mi amor”. Eso lo sé, quiero que me digas algo nuevo. Por lo que te respondo de mil amores: “¿Si? Me alegra que te gustaran. A mí me gustó enviártelos”. No te pregunto nada, dejaré que seas tú quien me cuente todo; así sabré hasta qué punto te tengo en mi red. Mi gratificación no tarda en llegar: “Y me porté mal, muy mal”, me dice. “¿Cómo mal, amor? ¿Por qué dices que te portaste mal?”, sabiendo exactamente a qué se refiere.
Vislumbrando que tenías una erección, te había enviando un mensaje ordenándote que te tocaras donde, como y con quien estuvieras, pensando en nosotras mientras lo hacías. “Bueno, que hice lo que me pediste”, me contestas modosito. Regocijada por conocerte a la perfección, no hablo sino que ronroneo: “¡Ah, entonces te portaste bien! Te mereces un premio…”. Tu respiración se agita. Perversa como soy, corto la comunicación. Ahora estoy segura de que la próxima vez que nos veamos tendré un esclavo totalmente rendido a mis pies y harás lo que te pida a cambio de participar en una de mis “sesiones de masaje” con Maria Angélica. Ten cuidado con lo que desees, podría hacerse realidad.
3 comentarios:
Delicioso leerte.... interesante es el morder la clitoris, siempre lo hago nunca se si son espasmos de placer que produce o el masoquismo del dolor...
Divino todo...
Anamar,
esto si me gustó ahora,
dos chicas amándose,
todo doble,
cuarenta dedos,
cuatro tetas,
dos redondos culos,
dos rajitas mojadas,
manos enteras que se meten,
cinco dedos,
dos cuerpos fascinantes,
una sinfonía de redondeces,
cuatro piernas,
muchas bocas y saliva,
labios que se besan,
labios que se abren para el beso,
zumos y líquidos para beber,
una escena excitante,
que me encanta y me excita,
"una fantasía mía"
beso tus labios
Almy, ¿qué decirte? ¿Que quizás sean espamos de dolor por el placer que produce el masoquismo? No sé, tal vez sea aventurarme más allá...
George, a mí me gustó lo que has escrito acá como comentario. Se vería muy bien en tu blog. Creo que es "una fantasía de muchos".
Besos, muchos
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