
Dançando te admirei
Per seu sorriso me apaixonei
Nenè marque que en te encontrarei
Meu bem diga se você nao bem
Me habían invitado a una fiesta de disfraces para celebrar
Decidida a sobresalir, mandé a hacer una espectacular fantasía al estilo brasileño, digna del más exigente desfile en el Sambódromo de Río de Janeiro: un elaborado sostén en metalizado que dibujaba circunvoluciones sobre mis pechos, se prolongaba por mi vientre y terminaba en una tanga diminuta que apenas cubría mi pubis, y un penacho adornado con plumas y lentejuelas de mil colores. Me maquillé de una manera que complementara el fantástico atuendo y me encaramé encima de un alto par de sandalias de plataforma.
Pasé una noche maravillosa, divirtiéndome hasta más no poder. Los hombres se desvivían por atenderme e invitarme a bailar, mientras las mujeres se ponían verdes de la envidia. Quizás sea muy pretencioso de mi parte decirlo, pero mi disfraz fue un éxito rotundo y cuando a medianoche la anfitriona anunció que se procedería a escoger a
Al momento de proclamarme, un desconocido se ubicó detrás de mí. Lo vi por el rabillo del ojo y noté que era alguien vestido con un elegante esmoquin. Se colocó tan cerca que su cuerpo estaba prácticamente pegado al mío y su aliento me rozó la piel de la espalda, cuando me dijo en un susurro:
–¡Felicitaciones!
Junto con el hombre disfrazado de jeque que fue nombrado rey me subí a una pequeña tarima, no muy alta, pero sí lo suficiente como para poder divisar el salón donde estábamos y saludar a los concurrentes. Entonces pude observar con comodidad al desconocido que me había felicitado: Llevaba un antifaz de terciopelo, así como también una capa del mismo color y material y un par de guantes que, desde donde yo estaba, parecían de seda. La única nota de color en su atuendo eran los numerosos collares de cuentas dorados, verdes y morados, típicos del Mardi Gras del barrio francés de New Orleans. Y su acento me sonó a cajún.
Me pregunté quién podía ser y por qué no había hablado o bailado conmigo antes, si todos los hombres asistentes lo habían hecho. Alzó su copa e hizo ademán de brindar por mí. Le agradecí con un gesto de la cabeza, sonriéndole seductoramente. Él apuró su trago, se dio la vuelta y desapareció sin que yo pudiera ver hacia dónde se dirigía. Me quedé sorprendida e intrigada. Hubiese querido descender de la tarima para buscarlo, pero en ese momento nos pedían al Rey y
Caminé ansiosa entre las personas, agradeciendo los elogios y las felicitaciones, rechazando nuevas invitaciones a bailar o intentos por entablar conversación, saludando aquí y allá. Mi mente estaba fija en aquel enmascarado. ¿Quién sería?, me preguntaba una y otra vez. Había logrado picar mi curiosidad y, ya saben, ese capricho de que nos atraiga precisamente la persona no se ha interesado en una cuando todos los demás sí lo han hecho.
Por fin llegué a la barra y pedí un enorme vaso de agua con hielo. Necesitaba refrescarme, porque entre la emoción de ser escogida reina, el baile sobre la tarima y la búsqueda de aquel hombre que me intrigaba estaba muy acalorada. Tomé el vaso y me volteé a observar la fiesta desde aquella perspectiva, buscando todavía el antifaz y la capa de terciopelo negro.
Estaba a punto de darme por vencida, cuando lo descubrí sonriéndome ¡desde el otro lado del salón! Iba a fingir no haberlo visto, aparentando indiferencia, pero no podía dejar de mirarlo. Entonces lo vi salir por uno de los ventanales que daba a la terraza. Presurosa me dirigí hacia allí, pero cuando llegué sólo había parejas sentadas en los bancos, besándose y manoseándose, así grupos de jóvenes que contaban chistes y reían a carcajadas. Escuché los silbidos que me dedicaban, pero no les presté mayor atención porque noté que en la esquina más alejada de la terraza brillaba algo.
Me acerqué y descubrí uno de los collares que él llevaba. Lo agarré, tocando esa prenda que había estado alrededor de su cuello, acariciándolo con ganas de que fuese él a quien estaba tocando. ¿Con qué le gusta jugar al gato y al ratón?, me dije, siempre tan pagada de mí misma. Ya verá quién soy yo. Me quedé allí varios minutos, recostada en el barandal, estudiando cuál sería mi próximo paso. Hasta que decidí marcharme y dejar que fuese él quien viniera a mi encuentro. Cuando fui a darme la vuelta, sentí dos manos asirme por las caderas y aquella voz que me obsesionaba desde que la había escuchado minutos antes:
–Te deseo –me dijo sencillamente.
El corazón me dio un vuelco al percibir sus labios cálidos posarse sobre mi nuca y besarme de la manera en que me gusta: suave y con mucha lentitud, como una mariposa que aletea entre las flores. A continuación procedió a lamerme a lo largo de toda la columna, deteniéndose en cada vértebra y chupándola una a una. Aquella lengua de fuego iba despertando “la serpiente del deseo” que según el Tantra está alojada allí y despierta nuestros instintos animales.
Yo temblaba, estremeciéndome con cada nueva caricia, entregada por completo a él. No me importaba que estuviéramos al aire libre, en la terraza de la casa de unos amigos y que cualquiera pudiese vernos. En fin de cuentas aún estábamos celebrando Carnaval y todo estaba permitido. Realmente él había logrado despertar mi instinto animal con sus caricias y yo sólo pensaba en ser poseída por aquel hombre misterioso.
Tomó el collar de cuentas que yo todavía tenía en la mano y me susurró:
–Ahora te haré probar lo que nunca antes has experimentado.
Deslizó el collar entre mis piernas, lo agarró por ambos extremos y comenzó a moverlo hacia atrás y hacia delante muy lentamente, frotando mis labios mayores por encima del tanga.
–Sí, me gusta. Sí –acerté a decirle, entre suspiros, a la vez que apartaba el pequeño trozo de tela para sentir aquella caricia directamente sobre la piel.
–Claro que te gusta –me respondió, mientras seguía acariciándome la entrepierna, ahí, con el collar de cuentas. Agregando: –Desde que te vi supe que eres de esas hembras a quien le gusta probar cosas nuevas, vivir experiencias novedosas, entregarse sin importar a quien, donde o cuando…
–Sí, así es –le dije, intentando voltearme para besarlo.
–No, no –me reprendió con dulzura–. No intentes voltearte. Déjame hacer a mí, por favor.
–Sí – respondí. ¿Qué más podía decirle?
Me pidió que tomara el collar y que siguiera acariciándome como él había estado haciendo, así lo hice. Él procedió a quitarme el sostén de metal y a tomar mis pechos entre sus manos enguantadas. El contacto de la seda con mi piel era algo delicioso, que en realidad nunca antes había experimentado. La fuerza con la cual me acariciaba contrastaba con la suavidad de la tela, pero al mismo tiempo magnificaba la sensación, arrancándome nuevos suspiros.
Luego de algunos minutos volvió a agarrar el collar, ya empapado de los jugos que humectaban mi interior, me dio la vuelta y me colocó de frente a él. No se había quitado el antifaz de terciopelo y por los orificios sólo podía adivinar un par de ojos brillantes, de mirada muy penetrante y sexy. Ahora si me permitió besarlo en los labios, mientras con la mano abría mis otros labios y me acariciaba el clítoris con las cuentas del collar.
–¡Ah, qué sensación más exquisita! –le murmuré al oído.
–Quiero que grites, que te liberes, que me demuestres lo que eres –me dijo–. Una mujer que usa un disfraz como el que llevas tú debe ser capaz de expresarse de una manera más audaz.
–Pero… –empecé a protestar.
–Sin peros, por favor –me pidió de un modo tajante.
Continuó acariciándome con su jueguito del collar, haciendo pasar las cuentas sobre el clítoris y en torno a éste, presionándolo entre dos de ellas. Luego las movía todas sobre mi monte de Venus, logrando que yo gimiera excitada. Aquel hombre sabía utilizar aquel collar a la perfección y me estaba enloqueciendo. Deseaba ser penetrada, pero él se tomaba su tiempo.
Sentí como iba introduciendo varias cuentas en el interior anegado de mi vulva. Las giraba, haciéndome estremecer con la maestría de aquellos dedos. Yo le pedía que no parara:
–Sigue, sigue –le decía.
–Vamos, grita –me pedía él, cada vez más apremiante–. Quiero que grites y me pidas a gritos lo que quiero.
Me quedaba un ápice de vergüenza y por eso no me atrevía a alzar la voz. Temía que me escucharan las demás personas al otro extremo de la terraza. Hasta que llegó un momento en que no ya aguante más y le grité:
–¡Cógeme! ¡Quiero que me cojas!
–Sí, eso es –me respondía satisfecho–. Pídemelo como una hembra. Grítame tu deseo. Libera tu lujuria. Muéstrame quién eres.
–¡Ah! –bramé, mientras acababa pidiéndole más y más.
–Claro que te voy a dar más –me decía él.
Se abrió la bragueta y se bajó tanto el interior como los pantalones. Pude ver su miembro erecto, apuntando hacia mí y le volví a decir:
–¡Quiero que me cojas! ¡Ahora!
El desconocido se sentó en uno de los bancos cercanos, y me subió a horcajadas a sus piernas. Sacó las cuentas que me había metido en la vagina, las cuales ahora destilaban mis jugos, y empezó a metérmelas en el recto, en tanto contaba:
–Una, dos, tres, cuatro –siguió, hasta llegar a siete.
Me penetró de un solo golpe. Empecé a subir y a bajar, montada sobre aquella asta de bandera, que entraba y salía de mí enhiesta y orgullosa, semejante a una lanza que entraba y picaba muy profundo.
–Dime cuando estés por acabar –me ordenó con voz enronquecida.
Seguí subiendo y bajando, cada vez más rápido y más fuerte. Muy pronto sentí aproximarse otro orgasmo, entonces le dije:
–¡Ahora!
Mientras yo acababa, él lentamente fue retirando una a una las cuentas que había introducido en mi recto. En ese momento supe a qué se refería cuando me prometió placeres que nunca antes había probado. No sólo grité, sino que di alaridos de placer a la vez que me estremecía como una posesa y no podía parar de moverme. Veía un claro resplandor en torno nuestro y todo mi cuerpo lanzaba chispas. Entonces lo sentí estremecerse y acabar dentro de mí.
1 comentario:
Querida Anamar soy adicta a tu post así que aquí llegué invitada... te sigo... Escritos con el cuerpo.
Un beso.
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