lunes, 23 de abril de 2007

Tal para cual


Para ti, navegante experto de mi entregado cuerpo,
porque tú y yo también somos tal para cual.

Hago girar la llave en la cerradura, abro la puerta y te presiento. Sé que estás. Te adivino por tu olor, aunque la sala esté a oscuras.

Sabía que estarías aquí. Me aseguré de que estuvieras. Para eso te llamé muy temprano en la mañana, te dije a qué hora llegaría y aproveché para describirte mi atuendo. Estaba consciente –era premeditado– de que con cada palabra irías saboreando el gusto del encuentro de esta noche: blusa blanca de finas rayas negras bien ceñida a mi talle. Falda negra, apenas un milímetro por encima de las rodillas, como un anticipo de mis piernas firmes y de mis nalgas insolentes. Zapatos negros de punta de tacones rectos y abiertos atrás, para que puedas ver el sonrosado de mis talones descubiertos. Debajo...

¡Ah, debajo llevo el conjunto que me regalaste hace unos días, con la promesa de que lo usaría sólo para tus ojos!

Cuando me vestí, se me anticipó la excitación y el día se hizo eterno, expectante como estaba, imaginando el momento en que descubras el diminuto bikini de encaje, apenas un hilo por detrás y los costados, y un pequeño triángulo que muestra más de lo que oculta. Haciendo juego, un sostén de media copa de encaje, para que desborden mis pechos, y se vislumbren mis pezones que no vacilan en erguirse, duros y ansiosos de miradas; tuyas, por supuesto. Y, como regalo extra, un par de medias blanca, con remates calados en los bordes.

Entro y enciendo la luz. Allí estás, Te veo, sentado en el sofá, esperándome. Acá estoy. Acá están tus “lujuriosos ojos verdes”, como los llamas. Ha llegado tu boca anhelante y te regala su más espléndida sonrisa. Las llaves quedan en el mueble alto junto a la puerta. El bolso, en algún lugar del piso. He llegado, aquí estoy, demos comienzo a nuestro juego preferido.

Con una mano y un sacudón, me suelto el cabello, como sé que te gusta. La cabeza hacia atrás y desarmo en cascada mi larga melena. ¿Es cierto que los tonos castaños sueltan destellos de fuegos fatuos, como sueles decirme?

Para borrar las tensiones del día y para que se resalte la forma de mis pechos, me froto el cuello con una mano y me maravilla comprobar que sigue dando resultado, porque siento que tu respiración se agita y puedo imaginarme tu pene, endureciéndose dentro del pantalón, irguiéndose a medida que se humedece. Sí, sí... sé que este gesto te enloquece, por eso lo hago. ¿O qué creías?

Dos pasos y un fru-fru de mi falda, y me detengo frente al sofá donde te muestras impasible, pero no me engañas. El brillo de tus ojos, el abultamiento en el pantalón, ese jugueteo de los dedos apenas perceptible me hablan de lo que te está pasando aunque –para provocarme–, no pronuncies palabra. Me inclino sobre la mesa del centro, donde espera el vaso de pure malt que me has servido. El tuyo, ya va por la mitad. Estoy sedienta de licor y anhelante de sensaciones. El trago que doy es largo; lo paladeo a medida que voy tragando y sintiendo el ardor en la garganta y el incendio en mi vulva.

Te doy la espalda, porque sé que te provoca y cuando flexiono apenas las piernas para llegar a la hebilla de los zapatos, te sigo mirando a los ojos, con ese desparpajo que te subyuga y que sólo logro frente a ti. Y cuando sonrío, mis labios liberan ese toque de perversión que te alucina. Niña mala. Niña pícara. Sé que te gusta.

Cuando me siento en el sillón frente a ti y cruzo las piernas, deliberadamente te dejo ver más de lo prudente sin quitarte la mirada de encima. Eres duro, me la sostienes, aunque disfraces esa veta de rudeza con un esbozo de sonrisa cómplice. Apuro otro trago de escocés, y me relamo asomando la lengua, recorriendo mis labios. No dejo de observarte, como si tus ojos fueran un espejo y pudiera verme reflejada en ellos y, a la vez, adivinar dónde quieres meterlos. Está bien, te abriré las piernas, te franquearé la entrada.

Un último trago antes de pararme y deslizar la cremallera de la falda, que se escurre hacia el suelo y queda hecha un bollo, junto al pudor, cuando levanto mi pierna izquierda y apoyo el pie en el brazo del sillón. Meneas la cabeza, sinvergüenza. Sabes que ese pequeño triángulo de encaje es exclusivo para ti. Hablamos poco, y nos conocemos mucho. Ambos sabemos qué nos gusta y no es cuestión de andarse con rodeos. El tiempo es oro. “Y ahora, tahúr, prepárate” –pienso–. “Que ahora viene lo mejor”.

Mojo un dedo en el vaso de whisky y jugueteo con el licor y los cubos de hielo. “¿Por dónde empiezo esta vez?”, te pregunto con la mirada.
“Por la boca”, me contesta el gesto de tu cabeza. ¡Bien, así sea! Me lo meto en la boca y lo chupo, como si en vez de mi dedo, fuera tu hombría. Me deleita el sabor y me alucina la imagen oculta de tu miembro cada vez más duro. No necesito verlo, tengo esa certeza.

Me lamo el dedo, pero lo que sientes es que te estoy lamiendo a ti. La lengua sube, baja, serpentea y se retrae. Y con cada movimiento, te agitas, hombre, te estoy viendo. A otra, podría engañarla esa impasibilidad que pareces tener, pero a mí no. Yo sé de tu cuerpo. Lo he recorrido, lo he explorado y luego de que fuera un territorio conquistado, lo he explotado hasta dejarte exhausto. El dedo, ahora, hace el camino para atrás, acaricia mis labios, mientras la lengua se esconde.

Quizás, necesite mojarlo otra vez en el licor, y no vacilo. Me eriza la piel el contacto de los cubos de hielo y ni siquiera necesito preguntar si te ocurre lo mismo. Tus ojos te delatan, porque se han adueñado de mis pechos, y saltan de uno al otro, indecisos sobre cuál tomar primero para hacerle una ofrenda de caricias. Ha llegado el momento de jugar pesado. Con la mano libre, me desabrocho los botones, y ahora leo aprobación en tu mirada. Te leo como un libro abierto, hombre. Aquí está, este el sostén que te gusta, el que me regalaste. ¿Suelto el broche? ¿No lo suelto? Sufre un poco de ansiedad mientras decido, que no te matará, por el contrario. Quiero que la impaciencia te derrita y me hago desear antes de soltar el broche por delante, y liberar mis senos de su prisión de encaje.

¡Oh! Hoy es el turno del izquierdo. ¿Eso quieres? Pues allá voy, con mi dedo obediente y húmedo de alcohol y hielo, a dibujarte líneas exquisitamente voluptuosas en las areolas y en mi erecto pezón izquierdo. Imagino a mi dedo como uno de los pinceles de Picasso mientras pintaba a una niña desnuda sintiéndose un Minotauro. Un pincel empapado y frío.

Cuando con cada mano me aprieto esos endurecidos botones, mis pechos laten y te apunto con ellos. ¡Vamos! Aquí los tienes. Deséalos un poco más. Ofréndame una de tus mejores miradas lujuriosas, de esas que me enloquecen.
Pero me la niegas. Es parte del juego. Te levantas y, como si tal cosa, te sirves otro tanto de licor en tu vaso, como si yo no estuviera allí y lo único importante fuera ese trago.

¿Quieres jugar pesado, eh truhán? Pues vamos, pongamos las cartas sobre la mesa, y apostemos en serio. Lo que queda en mi vaso es el fondo del whisky y los cubos derritiéndose. Meto mis dedos y los hago tintinear, un poco de estimulación auditiva no te vendrá mal, muchacho. Te conozco.

¿Ves? Ha dado resultado. Cuando vuelves a sentarte, no puedes evitar que tus ojos se vayan directo a mi raja. ¿Creías que ibas a poderme? Ahora soy yo la que sonríe, satisfecha. Y ahí va otra carta. Me despojo de la ropa interior, quedándome únicamente en medias y me dispongo a desquiciarte.

Me separo los labios y meto los dedos, que han jugado a marear cubos de hielo, en mi vulva caliente y húmeda. Porque estoy húmeda ¿lo presentías?
Me relamo de puro gusto para que sepas que estoy gozando con el frío de mis dedos que refrescan el ardor de mi interior. Los de la otra mano, cómplices de juego, abren un poco más los labios para que te regodees con la vista y, como estás absorto, me permito echarte una ojeada para comprobar lo que ya sé: tu pene está a reventar, querido compañero de juegos, deberías hacer algo porque quiere salir y no puede.

Ha llegado el momento del golpe de gracia. Desplazo mis caderas, hacia ti como si te desafiaran y empiezo con el lento movimiento del meneo, sin dejar mis dedos quietos. Adentro, y afuera. Mira, me estoy cogiendo a mí misma. ¿Lo ves? ¿Esto querías? Pues míralo bien, no te lo pierdas que estoy a un tris de acabar frente a tu rostro.

Más rápido, más fuerte, más profundo.

Más prolongado.

Cuando el orgasmo me estalla en el vientre y en la cabeza, me esfuerzo por mantener los ojos abiertos, para mirarte, porque no quiero perderme esa expresión tuya que me arroba y me vuelve primitiva.

Desde donde estás, puedes oler mi sexo. El apenas perceptible movimiento de las aletas de la nariz te delata. Bien. Eso quiero. Que me huelas, que me invites, que me saborees.

Aún temblando, doy dos pasos y me paro frente a ti, subo una pierna y la apoyo en el respaldo de tu lado. Puedes mirar mi vulva henchida, anda, hazlo que tendrás tu premio. Aquí lo tienes: vuelvo a separarme los labios y con los dedos ya no fríos junto mi humedad, y me los llevo otra vez a la boca, No te convido, aunque sé que quieres darles una lamida, porque hoy jugamos a otra cosa.

Y en eso estoy, lamiéndome los dedos, cuando te bajas la cremallera del pantalón. Ahora es tu turno de hacer y el mío de mirar.

3 comentarios:

El Profesor dijo...

Excelentes textos. Excepcional manera de narrar. Exquisito gusto para mostrar. Excepto tú, ¿quién otro sería capaz de hacer esto, Anamar?
Bienvenida.
Baci. Molte.

Simon Paterson

Anamar dijo...

¡Gracias por tu comentario y por darme la bienvenida, mi querido Simon! Tú también nos regalas exquisitos textos en el blog Espiando por la cerradura, donde tengo la fortuna de compartir contigo. Muchos besos para ti.

Amly dijo...

Divina como lo narras, lo he vivido..... al final ella se me acercó con su sexo caliente, hinchado y humedo a la cara y meneaba y arqueaba su clitoris hasta explotar de nuevo sobre mi nariz...mientras mis dedos trataban de mantenerla firme sobre mi...!
Adoro el olor a sexo caliente...!