
Anoche quise tocar el cielo
de lo profundo al más alto vuelo
“Escándalo en tus mejillas”, Yordano
Otra vez tienes insomnio. Cuando sale la luna llena se te hace difícil conciliar el sueño. La luz, filtrándose en la habitación, no te deja dormir. Te percibo –aunque esté despierto o dormido–, dando vueltas y más vueltas en la cama, como buscando ponerte a buen recaudo de esos rayos que parecen perseguirte.
¿Sabes? Al principio me preocupaba por ti. Pero ahora veo que no te desesperas, que te lo tomas con tranquilidad. Hasta creo conocer el ritual que has desarrollado para disfrutar de la falta de sueño.
En esas noches de luna llena, me limito a estarme quieto en la cama, percibiendo tu respiración, observándote cuando te mueves, siguiendo tus pasos cuanto caminas por el cuarto en penumbras. Me deleito en tu manera de transitar el insomnio.
Ahí está: te levantas. De pie frente a las puertas de vidrio que dan al balcón, estiras el cuerpo como una gata. Me da ternura, y aunque no lo adviertas, sonrío. Si hay quienes saludamos al Sol, ¿por qué no hacer lo mismo con la Luna?
Tu piel, pura seda, refulge con la luz cuando abres las puertas y te diriges al balcón, deslizándote hacia la barandilla y de allí oteas el horizonte. ¿Qué estás buscando? ¿Percibes algo? Hay noches en que te he visto olfatear el aire salitroso que debe picarte en la nariz. Un ligero respingo, un estremecimiento. La noche está fresca. Entonces...
Entonces comienzas a acariciarte. Te pasas la punta de los dedos por la cara, los ojos cerrados, quizás concentrándote en los detalles de tu rostro. Tus dedos siguen el perfil de la nariz, dibujas con ellos tus labios y te los llevas a la boca. Te estás humedeciendo los dedos, y te estoy viendo aunque no te des cuenta.
Ahora te recorres el cuello y bajas directamente a tus pechos. Los dedos húmedos trazan círculos alrededor de tus pezones, dos perlas oscuras y brillantes de saliva. Tal como se endurecen tus pezones, empiezo a crecer en mi entrepierna. Te sobas los pechos, echas la cabeza hacia atrás, el cabello cae en cascada, el silencio me trae tus suspiros de la mano de la brisa. Los percibo. Los disfruto.
Decidida, vas sin frenos a tu abdomen y te frotas, eso está claro, tu cuerpo habla más que tus palabras, sus gemidos me llegan en oleadas... Estás meneando las caderas, mujer, me estás enloqueciendo. Me incorporo suavemente, no quiero interrumpir la magia del momento. Es en ese momento cuando veo el reflejo de la luz en la ventana de un apartamento. Ése, el del edificio perpendicular al nuestro.
Quiero verlo.
Me deslizo de la cama y me levanto por tu lado. En puntillas, entro al baño. Quiero asomarme por la ventana y comprobar lo que ya sé. Es el vecino y allí estará, acechando amparado por las sombras, los ojos pegados a los binoculares. Si siente la mitad que yo, lo estás matando, dalo por cierto.
Vuelvo al cuarto y desde las puertas de vidrio, y en un susurro para no sobresaltarte, de llamo:
–Amor –digo. No te sorprende, no te das la vuelta, no te detienes y estoy seguro que me has percibido, has sentido que ahí estaba.
–Dime –respondes.
–¿Sabes que te están viendo? –pregunto por no dejar, ya que sé muy bien que lo sabes. Por eso no dejas de acariciarte y me lo certificas moviendo la cabeza.
–Siento tus ojos clavados en mí.
–No soy sólo yo –digo y, aunque no la veo, imagino tu sonrisa. Me acerco, te rodeo con mis brazos, me pego a tu cuerpo por detrás y te restriego mi dureza en las nalgas. Gimes otra vez. Es el deseo. Está aflorando. –A tu izquierda, un piso más arriba del nuestro –susurro en tu oído.
–Sí, lo veo.
No aguanto más, hechicera insomne, te doy la vuelta. Me hinco de rodillas frente a ti, busco tu sexo y me lo ofreces. Levantas una pierna y la apoyas en mi hombro, me entregas tu humedad y yo la quiero. Te abro los labios y ¿a qué esperar? Allá va mi lengua a lamer tu clítoris, seguida por mis dedos que se pierden en ese hueco que promete placeres. Los muevo. Me acaricias la cabeza, me revuelves el cabello. Tus dedos juegan con mis orejas y se deslizan a mi cuello.
Apremiante y apremiado, hago más rápido el movimiento de los dedos y dibujo círculos concéntricos en tu vulva hasta aprisionar ese botón entre los labios. Eso quieres, lo sé, aquí está. Te estremeces y tu garganta gorgotea, pronuncias mi nombre cuando el orgasmo te estalla y acabas. Y acabas.
Tu piel congestionada, tus ojos de fuego, tu vulva anegada; yo me incorporo, te beso en los labios y en la cara, deslizo mi lengua que sabe a sexo por tu cuello y voy a aprisionar tus pechos.
–¿Quieres entrar? –pregunto, pero imagino la respuesta.
–No. Aquí, a la luz de la luna.
Tus manos me aprisionan por debajo, mi hombría te pertenece ahora y con los dedos, inicias la caricia. Te separo las piernas y otra vez meto mis dedos en tu hueco y los muevo.
–¿Qué está haciendo nuestro mirón? –te intriga.
–Sigue viéndonos –miro hacia esa ventana, como al descuido–. Y se está masturbando –digo.
¿Eso te excita, eh? Tus caricias cada vez más perentorias. Tus manos arrecian el movimiento. Hago lo mismo. Meto y saco más rápido, más fuerte, más profundo y te estremeces otra vez, gimes, aprietas, siento tus jugos empapándome las manos. Es el momento. Saco mis dedos, y te doy la vuelta.
Quiero que nuestro mirón vecino te vea disfrutando y que te ponga como brasa ardiente poder verlo. Te apoyas en el barandal con rapidez y te penetro. Tu vagina está empapada, entro y salgo fácilmente. Le das el frente, y aunque yo también lo veo me murmuras que continúa masturbándose con una mano y con la otra sosteniendo los binoculares. No quiere perderse ni un detalle de nuestro encuentro, el muy bellaco.
Mi excitación aumenta con la suya, te la paso. Te agarro por los hombros y embisto bien profundo. Entro y salgo; salgo y entro hasta que lo siento, te estás viniendo, sí. Ya está... ahora. Te vienes en un orgasmo de esos que te arquean el cuerpo. Te retuerces, de contraes, gritas mi nombre en medio de la noche, mueves las caderas, estás desenfrenada. Ya, lo siento. Estoy por acabar, por darte mi ofrenda.
–Él también está a punto de acabar –me gruñes al oído.
–¿Cómo... lo... sabes? –agitado, te respondo.
–Míralo –dices, y guías mi cara.
Más que verlo lo adivino siguiendo nuestro ritmo con su mano, llegando con nosotros, viniéndose al mismo tiempo. Te embisto una y otra vez, más y más fuerte, hasta que mi semen tibio, espeso, te llena la vagina. Ahora soy yo quien aúlla tu nombre. Tú, suspiras. Estiras el cuerpo, te arqueas en ese final y te volteas. Me abrazas. Eres amorosa.
–Adoro cuando acabas así, llamándome –dices.
–A mí, me encanta hacerlo –digo, mis labios insistentes, con los besos.
Y así nos quedamos un rato. Abrazados, sin dejar de besarnos, acariciándonos los cuerpos, bañados por la claridad y oyendo el rumor de las olas.
¿Nuestro vecino habrá dejado de masturbarse? Posiblemente. Pero no creo que haya soltado los binoculares. No ha dejado de vernos ni siquiera un instante.
–¿Le hacemos ver que lo descubrimos? –te pregunto.
Con esa sonrisa tuya, pura picardía me respondes:
–No, ahora no. Mañana también hay luna llena.
4 comentarios:
Estupendo, que morbo tienen las ventanas indiscretas....
Vengo desde el blog de belita y oye,un autentico placer leerte.
Besos
Me vas a permitir decirte que ¡BRAVO! Me encantó tu manera de escribir, me encantó la musicalidad de tus palabras... y si no te parece mal... te pongo en mis favoritos.
Saludos!
A la Luz de la luna y a la vista del vecino (¿o vecinos?), los cuerpos plateados, aumentado el placer por la posible mirada de terceros, disimulando que no te das cuenta, jugando con un invisible que es visible, conozco este sentimiento que excita mucho, también se puede jugar en pleno luz solar...
Te equivocas, el vecino sabia exactamente que le estabais mirando, justamente eso le gustaba.
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Me gusta tu blog y tambien que aquí estamos mas entre nosotros y sin la competencia de "¿quien es la/el mejor?" del voyeur.
Mis besos para Anamar
Churra, es cierto, las ventanas tienen un morbo exquisito, sobre todo las indiscretas. Gracias por visitarme. También pasé por tu blog y me encantó.
Babèlia, ¡qué hermosos elogios! Te los agradezco. Estuve por tu blog y te dejé un comentario en el post sobre el día de San Jorge.
Mi querido George, ¡qué bueno que hayas aceptado mi invitación a pasearte por estos lares! Este relato surge de una historia maravillosa, a la luz de una Luna llena; pero coincido contigo en que también se puede jugar a plena luz del día.
Mis besos para quienes me visitan.
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