
–Ana, este es mi hijo mayor, Gustavo Adolfo –dices–. Ayer cumplió dieciocho años.
–¡Felicitaciones, Gustavo Adolfo! –le digo, y sin más me acerco a tu hermoso muchacho y le estampo un beso en la mejilla. Luego te beso a ti y les franqueo la entrada a mi apartamento. ¡Cielos! Ver tus adoradas facciones en un rostro más joven me causa una emoción que no sé si podré disimular.
–Gracias, señora –me responde el joven, sonrojándose.
–Por favor, no me digas señora. Sé que tengo varios años más que tú, pero haces que parezcan siglos si me tratas de esa manera. Siéntate, por favor, ponte cómodo.
–Está bien, señora –repite con un cierto embarazo.
En esto sí que no se parece en lo absoluto a ti, siempre tan decidido y seguro de ti mismo. Pero es comprensible, es tan joven.
–Ana, llámala Ana. Es una vieja amiga mía y estoy seguro de que le gustará que la llames así –le explicas.
–Gustavo, qué poco caballero eres. Lo de “vieja amiga” es un modo de decir. Prefiero matizar con una frase del tipo “nos conocemos desde hace tiempo” o algo por el estilo.
–Cierto. Se ve que papá es más viejo que tú, Ana –comenta, sonriendo una vez más y diciendo mi nombre con vacilación–. Cualquiera puede ver que te lleva por lo menos veinte años.
–¡Igual a tu padre! –río, divertida–. Se nota que eres hijo suyo, Gustavo Adolfo, con esa labia que tienes. Pero no me lleva tantos años, apenas diez ¿o son quince? ¿veinte? –comento, mientras te escucho protestar y te veo amenazando a tu hijo con darle un coscorrón.
El muchacho me agrada. Me gusta. Es tan atractivo como tú. Ambos tienen la misma tez bronceada, grandes ojos marrones y sonrisa seductora. Definitivamente se parece mucho a ti cuando nos conocimos y comenzamos a frecuentarnos. ¿Cuánto hace de eso? ¿Quince años? ¡Cómo pasa el tiempo! En realidad, pensándomelo mejor, me gusta mucho ese jovencito.
Les ofrezco algo de beber, sirvo tres tragos y nos sentamos a hablar. Intercambiamos algunas frases de cortesía. Minutos después, llama tu teléfono celular. ¡Ese condenado aparato! Ves la pequeña pantalla, respondes y te apartas un poco para hablar sin interrupciones. Gustavo Adolfo y yo seguimos conversando. Es un chico inteligente e ingenioso. Basta que le hable de algo que le interesa para ver cómo sus ojos brillan y busca en su mente una buena respuesta, por lo general acertada.
–Debo salir un momento –nos explicas–. Me llamaron de la oficina, pues necesitan que atienda algo urgente.
–¡Ah, qué lástima! Con lo buena que estaba la conversación –se lamenta tu hijo–. Preferiría quedarme aquí, charlando con Ana, que ir a tu oficina. Ya me imagino lo que me dirán todos tus colegas sobre mi cumpleaños, las mujeres, la bebida y todo eso.
–Puedes quedarte y luego tú lo recoges –me apresuro a decirles–. Si así lo deseas y a ti no le molesta venir después.
–No, en lo absoluto –me respondes–. Por el contrario, te lo agradecería y mucho.
Todo va saliendo como lo habíamos planificado tú y yo hace varias semanas. Me contaste que tu hijo estaba por llegar a la mayoría de edad, confiándome tus preocupaciones de que no tuviera mucha experiencia con las mujeres o de que estuviera adquiriendo conocimientos totalmente equivocados. Sabía que si me lo estabas contando, era porque necesitabas de mi ayuda pero no encontrabas la forma de plantearlo. Por eso te sugerí que yo podía ocuparme de su educación sexual. En fin de cuentas, no haría otra cosa que devolverte las enseñanzas que tú comenzaste a darme cuando yo tenía más o menos la edad de tu hijo.
–Entonces, no se hable más. Gustavo Adolfo se queda aquí conmigo, tú te vas a la oficina y cuando hayas resuelto lo que debas atender, regresas por él. Así no tiene que soportar las bromas pesadas de tus compañeros de trabajo, quienes ya de por sí son bastante pesados.
–Me has salvado la vida, Ana. Eres mi heroína –agrega Gustavo Adolfo con tono divertido.
–Bien, los dejo. A ti en excelentes manos, muchacho, de eso estoy seguro. A ti no sé con certeza, Ana, porque este es hijo mío y no me fiaría mucho de sus buenas maneras –dices, encaminándote hacia la puerta–. Yo que tú mantendría las piernas bien cerradas, porque es capaz de saltarte encima.
–¡Papá, por favor! –exclama él, con las mejillas hechas dos brasas.
–Tú siempre tan delicado, Gustavo –te replico, acompañándote–. Vete ya y déjanos conversar con tranquilidad.
–Sí, me voy. Sé cuando estoy de más –dices, fiel a tu costumbre de tener siempre la última palabra.
Entre risas y bromas, cierro la puerta y le pregunto a Gustavo Adolfo si quiere otro trago. Me responde que sí, sirvo uno para él y otro para mí, regreso y me siento a su lado en el amplio sofá. Intento llevar la conversación hacia un tema más íntimo, preguntándole si tiene novia. El muchacho no es nada tonto, así que va directamente al grano:
–¿Desde cuándo son amantes tú y papá, Ana.
No veo ninguna razón para ocultarle la verdad, así que le respondo con la misma franqueza:
–Desde hace quince años, Gustavo Adolfo. Nos conocimos cuando yo tenía poco menos de dieciocho años y fue un verdadero flechazo. No era el primer hombre con quien estaba, pero sí el primero de quien me enamoré.
–¿Y desde entonces ha sido el único? –sigue preguntando, con esa mente sagaz y facilidad de expresión que lo caracterizan.
–No, no ha sido el único. En dos ocasiones terminamos y estuvimos alejados durante varios meses. Una de ellas duró casi dos años y tuve otra pareja. Aunque no dejé de amarlo y por eso volví con él.
La próxima pregunta sí que me deja de piedra:
–¿Y ahora te pidió que también seas mi amante?
Sé que cualquier cosa que suceda después dependerá por completo de la respuesta que le dé y no logro encontrar la forma adecuada de contestarle. No quiero herir la hombría incipiente de este atractivo muchacho, hijo del hombre que amo, ni traicionar la confianza que has depositado en mí. Opto por una solución que me dé tiempo para seguir pensando:
–No, Gustavo Adolfo, tu padre no me pidió que me convirtiera en tu amante –le respondo, haciendo acopio de toda la serenidad que puedo reunir–. Sólo me pidió que conversara contigo y averiguara si has tenido experiencia con las mujeres.
–¿De veras? –replicas, no muy convencido.
En vista de que me ha resultado bien hasta ahora, una vez más opto por la sinceridad:
–A decir verdad, fui yo quien le propuso que podía ocuparme de tu educación sexual.
–¿De veras? –repites, esta vez el tono de tu voz y la expresión de tu cara son diferentes–. Esta sí que es una sorpresa
–¿Y te gustaría? –pregunto dubitativa.
–Sí, me encantaría, Ana –me responde, sonriéndome de una manera que replica a la perfección tus magníficas sonrisas–. Si tú estás de acuerdo y si tú lo deseas.
Para demostrarle mi buena disposición, me acerco a él y lo beso en la boca. Noto que está ansioso por tocarme, me separo un poco para decirle:
–Comenzaremos con los besos. Deja que te bese yo, Gustavo Adolfo.
Le tapo los ojos con mis manos. Deseo que no se distraiga con lo que ve o con lo que espera que yo haga. Prefiero que se concentre en las sensaciones de su cuerpo, que sienta la cercanía del mío, que deje fluir el deseo que va naciendo entre los dos. Procedo a cubrirle todo el rostro con besos ligeros, como si una mariposa rozara los pétalos de una flor mientras vuela por un jardín.
Sigo besándolo y llego a su boca, allí me detengo. Durante un buen rato recorro con delicadeza sus labios con los míos, lamiendo y besando hasta que él abre los suyos. Succiono suave y lentamente su labio inferior para luego recorrerlo con la lengua y llegar a la comisura, la cual también succiono delicadamente. Acerco mi boca a su oído y le susurro con voz ronca:
–Imagina que estoy con mi boca en otra parte de tu cuerpo.
–Sí, sí –me dice–. Sigue así, Ana.
Ahora chupo el labio superior de la misma forma en que hice con el inferior. Alterno las succiones a uno y otro labio, tomándome mi tiempo para cada uno. Al escuchar sus gemidos, meto mi lengua en su boca al encontrar la suya comienzo a chuparla con suavidad y lentitud al principio, luego poco a poco aumento el ritmo.
Entonces retiro mis manos de sus ojos. Le toco la cara y el cuello, dirigiéndome hacia su pecho. Desabotono uno a uno los botones de su camisa mientras le voy acariciando el pecho, cada botón un beso, una lamida o un mordisco. El chico gime y se estremece bajo mi boca y mis manos. Repite mi nombre una y otra vez, pidiéndome que me ocupe de su sexo, el cual abulta bajo la tela del pantalón. Por única respuesta me pongo de pie, y le tomo la mano.
–Ven conmigo –le digo, y lo guío a mi recámara–. Dame un instante y quédate quietecito –le pido antes de encerrarme en el baño. En pocos segundos me quito la ropa y me pongo el camisón de satén que me regaló su padre. –¿En qué estábamos? –pregunto, acercándome a él, que no puede quitar sus ojos de mi escote.
Me arrodillo ante él, desato el cinturón, desabrocho el botón y bajo la cremallera. Beso la piel alrededor del slip para luego quitárselo, dejando su sexo erecto al descubierto. Lo tomo entre mis manos y acaricio el glande de manera similar a como besé y lamí su boca: lenta y suavemente. Poco a poco voy engulléndolo, hasta tenerlo todo en la boca. Comienzo a hacer de tal manera que se sienta en el paraíso. No quiero ser brusca. Lamo, chupo, presiono, aflojo, acaricio... Lo llevo hasta el límite y lo freno en el último instante.
Dejo de lamerlo. Lo engullo y me dedico a mover la cabeza de arriba a abajo, metiendo y sacando el sexo duro y palpitante de mi boca. Luego lamo y succiono de nuevo, mientras acaricio sus testículos y su pecho y él empuja las caderas, embistiendo mi boca con su sexo.
El chico no deja de repetir mi nombre entre gemidos de placer y peticiones de que siga:
–Ana, no te detengas. Ana, Ana... ¡Ana! –gime.
No tengo ninguna intención de parar; muy por el contrario, aumento tanto el ritmo como la fuerza de mis caricias.
En pocos minutos Gustavo Adolfo Jr. acaba en mi boca. Con gusto bebo todo su semen blanquecino y de sabor dulzón. Sé que para ambos ha sido una experiencia muy excitante. Yo estoy dispuesta a repetirla y quisiera saber si él siente el mismo deseo. Me levanto, lo beso en la boca y le pregunto al oído:
–¿Nos vemos mañana y continuamos?
3 comentarios:
Me encantó esta "Primera vez I" espero la II parte que será mas comprometedora...
Un beso
que pena de no haberte conocido cuando tenia 18 años,
me parece que has sido una buena maestra para el amor,
aprovecha la juventud del chico, si lo haces bien conseguirás siempre una erección cuando tu quieres,
prepara te bien para la nueva visita y ojo, con estos años uno se enamora locamente!!!
siempre tuyo
besitos para Anamar
Siempre he abogado por que las personas reciban la mejor educación posible.
En todas las facetas de la vida.
Saludos desde el Jardín.
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